Iván, 84 años, el pintor que lleva 40 años aislado en una cabaña: "La gente está mal porque no sabe vivir su mal momento. Un mal momento tienes que vivirlo"
Vive en una cabaña remota de la Patagonia argentina, a la que solo se puede llegar tras recorrer casi 30 kilómetros en barca.
Iván tiene 84 años y lleva cuatro décadas viviendo en una cabaña aislada junto al lago Lácar, en pleno Parque Nacional Lanín, en la Patagonia argentina. Para llegar hasta él hay que cruzar casi 30 kilómetros de agua, soportar temperaturas bajo cero y adentrarse en un territorio de montañas, bosques y pumas donde la naturaleza sigue imponiendo sus propias reglas.
Allí vive con poco, pinta la fauna y la flora andinopatagónica y recibe la ayuda ocasional de su hijo y algunos amigos, que le acercan lo imprescindible. Sin embargo, él no considera que esté solo. Su manera de entender la vida parte precisamente de aceptar cada circunstancia sin clasificarla constantemente como buena o mala.
"La gente está mal porque no sabe vivir su mal momento", asegura durante una conversación con el creador de contenido Álvaro en su canal de YouTube hilux_aventura. "Un mal momento es un mal momento y tienes que vivirlo desde todo punto de vista. Y una vez que lo aceptaste, ya no es un mal momento. Es la situación. No es ni bueno ni malo. Es lo que estás viviendo".
Llegó para pintar la naturaleza y nunca se marchó
Iván nació en Hungría y llegó a Argentina siendo niño, después de que su familia emigrara tras la Segunda Guerra Mundial. Años más tarde se convirtió en ciudadano argentino y desarrolló una carrera como pintor e ilustrador.
Durante una etapa vivió en Buenos Aires, pero terminó sintiendo una contradicción difícil de sostener: pintaba la naturaleza rodeado de cemento. "Soy un pintor de la naturaleza que estaba pintando la naturaleza en medio del cemento de Buenos Aires", explica. Fueron unos amigos quienes le propusieron viajar al sur. Llegó a la Patagonia y ya no quiso marcharse.
La cabaña que acabaría convirtiéndose en su hogar había sido utilizada por un guardaparques durante la explotación forestal autorizada en la zona. Después permaneció abandonada durante unos 14 años. Iván solicitó permiso a Parques Nacionales para instalarse allí y dedicarse a pintar la flora y la fauna de la región. "Cuando dije: ‘Voy al Boquete’, me preguntaban dónde quedaba", recuerda sobre un lugar que entonces apenas conocían incluso muchos habitantes de la zona.
La construcción necesitaba importantes reparaciones. Durante tres meses recibió la ayuda de varios amigos para acondicionarla y, a finales de 1985, comenzó a vivir allí.
"Todo lo que te toca es positivo"
Con los años, la edad ha reducido su movilidad. Camina apoyándose en bastones y reconoce que vive "una situación de viejo", pero no contempla someterse a una operación de rodilla. "Tengo 84 años. ¿Para qué voy a cambiar la rodilla? Estoy muy bien así", afirma.
Su razonamiento no consiste en negar el dolor o las limitaciones, sino en vivirlas sin intentar escapar de ellas. "Todo lo que te toca es positivo. Las sensaciones más negativas las tienes que vivir. Vivir una sensación negativa es vivir la vida", sostiene.
Iván considera que muchas personas viven a través de experiencias ajenas, especialmente de los libros o de las ideas de otros, en lugar de aceptar lo que les está sucediendo. "Cada momento y cada paso que doy es mi vida", explica. "Lo que importa es la aceptación de lo que estás viviendo y vivir ese momento. Algunos escribiéndolo; yo, pintándolo".
"La soledad no existe"
Pese a haber pasado largas temporadas sin ver a nadie, rechaza que su vida pueda definirse por la soledad. "La soledad no existe. Me gusta estar conmigo", afirma.
Relaciona esa forma de pensar con una experiencia de su infancia. Cuando llegó a Argentina tenía diez años, apenas hablaba español y fue internado en un colegio de Buenos Aires. Lejos de su familia y sin poder comunicarse con facilidad, comenzó a jugar mentalmente consigo mismo para soportar la situación.
Por las noches imaginaba que el mundo que lo rodeaba no existía. Años después, siguió practicando ese ejercicio hasta llegar a imaginarse completamente solo frente a sí mismo. "Me encuentro conmigo en la nada. No existía el mundo, no existía el colegio, no existía nada", relata. Más tarde le explicaron que aquella experiencia tenía similitudes con prácticas del budismo zen, aunque asegura que llegó a ella mediante sus propios juegos infantiles.
El instante más duro de sus 40 años en el bosque
Iván recuerda especialmente el momento en que se quedó completamente solo por primera vez en la cabaña.
Tras varios meses de reparaciones, el último amigo que permanecía con él se marchó en una pequeña embarcación para arreglarla. Iván se quedó en la playa, acompañado únicamente por su perro, mientras veía cómo desaparecía. "Estoy acá, en el fondo de un lago donde no va nadie, a punto de empezar el invierno, y estoy yo y mi alma", recuerda.
No define aquel sentimiento como soledad, pero sí como una experiencia intensa y difícil de explicar. "Fue un momento increíble, muy fuerte. Nunca más lo volví a percibir", admite.
Pintar para devolver lo recibido
Iván ha vivido durante años de sus ilustraciones de la naturaleza. Ahora trabaja en un libro, un documental y una serie de vídeos educativos sobre la fauna y la flora andinopatagónica.
Su intención es que ese material llegue a los colegios y permita a los niños conocer las especies de la región a través del arte. Considera esta labor una forma de devolver los años que Parques Nacionales le permitió permanecer en la cabaña.
Entre sus ilustraciones aparecen aves, búhos, cóndores y pumas. Durante sus primeros años allí llegó a encontrarse con estos últimos a apenas ocho o diez metros, cuando los animales todavía no estaban acostumbrados a la presencia humana.
"A donde vaya, siempre estaré bien"
Cuando le preguntan si piensa permanecer en la cabaña hasta el final de su vida, responde con la misma naturalidad con la que habla de las dificultades. "Tener que ir, me voy a tener que ir al otro lado con un cajón", bromea. Después añade: "Si Dios quiere, puedo quedarme acá, pero es intrascendente. Si me tengo que ir o no me tengo que ir. A donde vaya, siempre estaré bien".
Tampoco ofrece una respuesta cerrada sobre lo que cree que ocurre después de la muerte. Para él, afirmar algo exige estar seguro, y reconoce que no lo está. "Cada uno debe tener su respuesta, divertirse con su respuesta y vivir con su respuesta, si es que hay alguna. Y buscar la respuesta", concluye.
Después de 40 años en uno de los rincones más remotos de la Patagonia, Iván no presume de haber encontrado una fórmula secreta. Su enseñanza es más sencilla: vivir lo que toca, aceptar que todo cambia y dejar de huir de los momentos que no resultan agradables.