Jeremy, cirujano cardíaco, ignoró sus propios síntomas de infarto: "¿Quién iba a saberlo mejor que yo?"
Asegura que fue humillante, no porque desconociera los riesgos, sino porque los subestimó en sí mismo
Había operado cientos de corazones. Había explicado a pacientes cómo reconocer una angina, cómo distinguir una molestia pasajera de una señal de alarma. Y, sin embargo, cuando el dolor le atravesó el pecho en mitad de un bosque de Georgia, decidió convencerse de que solo era acidez.
Era diciembre de 2022. El doctor Jeremy London estaba de caza con su hijo adolescente, lejos de casa, cuando sintió una presión intensa en el tórax. Aquella mañana ya había notado algo extraño: sudor frío pese a las bajas temperaturas y un malestar que aparecía al moverse y remitía en reposo. Un patrón de manual.
Lo sabía. Precisamente ese es el tipo de síntoma que repite a diario a sus pacientes: dolor con el esfuerzo que mejora al detenerse equivale a angina hasta que se demuestre lo contrario. Pero el autoengaño es poderoso. "¿Quién iba a saberlo mejor que yo?", pensó. Y siguió adelante.
Horas después, el dolor lo obligó a arrodillarse. Ya no cabían excusas. En urgencias confirmaron lo que temía: una obstrucción del 99% en la arteria coronaria derecha. Un infarto en toda regla.
Tenía 59 años, entrenaba para triatlones, practicaba jiu-jitsu y cuidaba su alimentación —su esposa es nutricionista—. Desde fuera, era el retrato de la salud cardiovascular. Su caso desmontó esa imagen en cuestión de horas.
La trampa de "yo controlo"
El propio London reconoce ahora que su experiencia es un ejemplo de una debilidad muy humana: saber mucho no garantiza actuar mejor. En su caso, la confianza profesional jugó en contra.
Durante la recuperación, decidió analizar su estilo de vida con la misma frialdad clínica con la que revisa un historial médico. Y descubrió que su punto débil no era el ejercicio ni la dieta, sino algo menos visible: el descanso.
Tras décadas de guardias, cirugías interminables y noches interrumpidas, su relación con el sueño era caótica. Dormía poco y mal. El estrés crónico se había normalizado. "Lo más importante suele ser aquello en lo que eres peor", admite.
Empezó por ahí:
- Mejorar la higiene del sueño, con horarios más regulares
- Reducir la exposición a pantallas antes de acostarse
- Priorizar la recuperación tras jornadas exigentes
Al profundizar más, apareció otra sorpresa: una tendencia a la prediabetes detectada casi por casualidad con un monitor continuo de glucosa. A pesar de su apariencia atlética, su metabolismo no estaba funcionando de forma óptima.
Para corregirlo, introdujo cambios concretos:
- Caminatas cortas después de las comidas
- Más pausas activas durante el día
- Mayor presencia de fibra y proteína en cada ingesta
- Pequeños ajustes, pero sostenidos
Hidratación y métricas clave
Otro aspecto que empezó a tomarse en serio fue la hidratación. En quirófano, donde una operación puede alargarse durante horas, beber agua queda fácilmente relegado. Sin embargo, la deshidratación incrementa el estrés cardiovascular y afecta al rendimiento físico y mental.
Hoy procura comenzar el día con agua y mantener una botella cerca como recordatorio constante. No es un gesto espectacular, pero sí consistente.
Más allá de su caso personal, London insiste en que muchas personas desconocen un dato esencial: en Estados Unidos, la enfermedad cardiovascular sigue siendo la principal causa de muerte en adultos, por delante del cáncer. Y, aunque la genética o la edad influyen, hay indicadores básicos que conviene vigilar.
Entre ellos:
- Presión arterial: la hipertensión es el "asesino silencioso".
- Glucosa en sangre: refleja la salud metabólica
- Colesterol: niveles elevados de LDL favorecen obstrucciones
- Peso corporal: un exceso sostenido sobrecarga el sistema circulatorio
Conocer estos parámetros y compararlos con los rangos adecuados para cada edad permite actuar antes de que aparezca una emergencia
Humildad después del susto
El infarto fue, en sus palabras, una experiencia humillante. No porque desconociera los riesgos, sino porque los subestimó en sí mismo. Había visto a otros retrasar revisiones, ignorar síntomas o justificar el cansancio crónico. Nunca pensó que él haría lo mismo.
Ahora habla de ello abiertamente porque cree que la lección va más allá de la cardiología. Se trata de reconocer las propias incoherencias. De aceptar que la disciplina en un área —como el ejercicio— no compensa déficits en otras —como el descanso o la gestión del estrés—.
Su mensaje no es sofisticado, pero sí claro: los cambios que protegen el corazón suelen ser simples, aunque no necesariamente fáciles. Dormir mejor. Controlar el estrés. Moverse después de comer. Medir lo que importa. A veces, el mayor riesgo no es no saber. Es creer que, por saber, estamos a salvo.