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Pablo Simón, politólogo, 41 años: "El derecho internacional se construyó para defender al débil del fuerte, pero ese mundo ha muerto"

Pablo Simón, politólogo, 41 años: "El derecho internacional se construyó para defender al débil del fuerte, pero ese mundo ha muerto"

Simón, frecuente colaborador de televisión y reputado politólogo explica en qué consiste el derecho internacional y por qué los principios que defiende y debería garantizar, se encuentran en entredicho.

El politólogo Pablo Simón durante una conferencia
El politólogo Pablo Simón durante una conferenciaEuropa Press via Getty Images

Existe una idea muy extendida —y profundamente equivocada— sobre el derecho internacional: "que nació para proteger a las democracias frente a las dictaduras, para imponer lo justo sobre lo injusto, para servir de árbitro moral del mundo, y en absoluto es así". Con esta frase, el politólogo Pablo Simón desmonta parte del 'mito' del derecho internacional y de cómo este principio ha marcado desde hace más de siete décadas el devenir del mundo.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el nuevo orden jurídico internacional no se diseñó como un tribunal ético global, sino como un dique de contención. Su objetivo fundamental era más pragmático: "proteger al débil frente al fuerte", afirma Simón. Además, también buscaba establecer reglas claras sobre cuándo se puede —y cuándo no— "utilizar la guerra". Era, ante todo, un sistema pensado para limitar el poder.

Durante décadas, con todas sus contradicciones, ese marco funcionó como referencia. No evitó conflictos, pero sí creó un lenguaje común: soberanía, integridad territorial, no injerencia, legítima defensa. Conceptos imperfectos, pero útiles para reducir la arbitrariedad. Hoy, sin embargo, ese mundo parece resquebrajarse.

El retorno de las esferas de influencia

Sin embargo, lo que estamos viendo en la actualidad es algo más que una crisis puntual. Es la erosión práctica de ese orden. La lógica ya no gira en torno a normas compartidas, sino a esferas de influencia y equilibrios de poder. Y esta idea la expone muy bien Simón.

"Estados Unidos, con Donald Trump al frente, lo que está entendiendo es que tiene que construir una esfera de seguridad de un lado en América en su conjunto, interviniendo de manera directa, y del otro lado favoreciendo en Oriente Medio a su hermano pequeño, al Estado de Israel", algo que se ha repetido a lo largo de las últimas décadas sistemáticamente, aunque quizá nunca a este nivel.

En ese marco, la pregunta sobre qué régimen político prevalecerá en un país concreto pasa a un segundo plano. Si lo que queda es una democracia o una dictadura resulta secundario frente a los intereses estratégicos: control económico, estabilidad bajo parámetros propios, debilitamiento de adversarios.

Intereses antes que principios

Conviene subrayarlo: el debate no consiste en defender al régimen iraní. Se trata de una teocracia autoritaria, con un historial represivo evidente. Que ese sistema desaparezca podría abrir la puerta a un escenario mejor para su población. Pero el problema no es la simpatía o antipatía hacia un gobierno concreto. El problema es el precedente.

El politólogo asegura que si la intervención se justifica únicamente en términos de poder —en garantizar que Israel sea la potencia indisputada en la zona, en eliminar un enemigo estratégico más, en ampliar la capacidad de influencia— entonces el principio rector deja de ser el derecho y pasa a ser la fuerza.

Y cuando la fuerza sustituye a la norma, el mensaje que se envía al resto del mundo es claro: lo determinante no es quién tiene razón, sino quién tiene capacidad.

Un precedente difícil de revertir

El derecho internacional nunca fue un sistema perfecto ni neutral. Las grandes potencias siempre han ejercido un peso desproporcionado. Sin embargo, incluso en ese contexto desigual, existía una narrativa jurídica que obligaba a justificar las acciones bajo determinados parámetros.

La erosión actual va más allá. Si se consolida la idea de que el orden mundial se estructura únicamente en torno a bloques de poder, el resultado es una realidad más inestable. Otros actores —regionales o globales— pueden sentirse legitimados para actuar bajo la misma lógica.

El riesgo no es solo el conflicto inmediato, sino la normalización de la "ley del más fuerte" como principio rector. Cuando eso ocurre, el sistema deja de ofrecer protección real al débil. Y sin ese mínimo equilibrio, el derecho internacional pierde su razón de ser.

El mundo posterior a 1945 nació del trauma de una guerra devastadora y trató de limitar la arbitrariedad del poder. Si hoy esa arquitectura se diluye en favor de un juego abierto de esferas de influencia, lo que muere no es solo un conjunto de normas, sino la idea misma de que la fuerza puede —y debe— estar contenida por reglas.

La cuestión, en última instancia, no es quién gana una batalla concreta. Es qué tipo de mundo se consolida después.