BLOGS
12/07/2012 10:03 CEST | Actualizado 10/09/2012 11:12 CEST

El Códice robado

El verano pasado por estas fechas presentaba mi novela 'La huella del hereje'. La trama policíaca de la novela iba sobre el robo de un famoso códice de la Catedral de Santiago.

El verano pasado por estas fechas presentaba mi novela La huella del hereje en Santiago de Compostela, sin muchas gaitas, porque nadie es profeta en su tierra. Lo de profeta va con segundas. Apenas dos semanas después de la presentación del libro se conocía la misteriosa desaparición del Códice Calixtino del archivo de la catedral.

Para los que no estén al tanto del asunto, les informo que la trama policíaca de la novela iba sobre el robo de un famoso códice de la Catedral de Santiago. Aunque diré en mi descargo que no pensé en El Codex Calixtinus, por considerar que un robo de ese calibre resultaría poco verosímil para el lector. Ya ven qué olfato... Por lo demás todo coincidía sospechosamente: una cámara oculta, una llave que sólo conocían dos o tres personas, una cerradura que no había sido forzada, un deán temeroso de las penas del infierno y una reliquia de contenido inflamable. Hasta el comisario encargado del caso se apellidaba Castro como el jefe encargado de la investigación del robo real. La vida a veces juega a parecerse a las novelas.

La noticia me pilló en Londres. La BBC dio la información definiendo a Compostela como la catedral de España. The Guardian y otros medios británicos hablaban del robo del siglo. Al principio pensé que se trataba de una broma. Luego la cosa se fue complicando a lo largo de una enloquecida jornada de niebla y lluvia, con bobbys de silbato y capelina como en las historias victorianas. Correos de amigos dándome la brasa para que devolviera el códice robado de una vez, el buzón de voz saturado de sms. Y para más INRI algún gracioso se había dedicado a hacer circular por internet la idea de que todo podía ser obra de una escritora desaprensiva para denunciar la falta de medidas de seguridad de nuestro patrimonio artístico. En fin...

Bromas aparte, El Codex calixtinus o Liber Iacobus, viene a ser para los bibliófilos, lo que el Pórtico de la Gloria, para los amantes del románico. La primera guía de viajes del mundo, la partida de nacimiento de Europa, para otros, y contiene piezas polifónicas únicas. Su autoría se atribuye a un monje cluniacense que en el año 1109 acompañó al Papa Calixto II en su peregrinación a Compostela. A partir de entonces con el cuento de la tumba del apóstol, se instauró el Año Santo Jacobeo. Y por esa puerta falsa fueron llegando millones de peregrinos que trajeron el arte románico, la poesía provenzal, la burguesía y el auge de las ciudades. O sea, la civilización. No hace falta ser un experto medievalista para hacerse una idea del valor de este manuscrito que pasó un año entero metido en una bolsa de basura en un garaje atiborrado de trastos a merced de polillas, gusanos y otros depredadores todavía más peligrosos. La mafia marsellesa ya le había puesto precio al libro.

Según el protocolo de conservación del patrimonio, el ejemplar debe permanecer en unas condiciones especiales de temperatura, luz y humedad y debe consultarse con guante blanco de algodón fino para no dañar el pergamino. No imagino precisamente a Manuel Fernández Castiñeiras como un ladrón de guante blanco. Un tipo que sale de la catedral a plena luz del día llevándose bajo el brazo el códice calixtino como quien se lleva el periódico, no va después por ahí, comprándose casas a toca teja ni jactándose de poseer antigüedades. Finalmente el electricista acabó delatándose a sí mismo. En una de las charlas los investigadores le dijeron:

- Manolo, a ver si los que tienen el códice lo van a quemar...

- No, tranquilos- respondió él muy seguro- que quemado no está.

Ya ven... Meto yo ese diálogo en una novela y el editor me manda a galeras.

De momento no vendría mal que alguien se planteara un plan sensato para proteger nuestro tesoro artístico. No se imaginan las turbulencias que ciertos libros pueden desencadenar. Ni el dinero, ni la política, ni el sexo mueven tantas pasiones como algunas ediciones antiguas. Aunque a veces la realidad -como señaló el Sindicato policial- se parezca más a un guión de Torrente.