INTERNACIONAL

Donald Trump o cómo poner todo un país patas arriba en sólo 48 horas

29/01/2017 21:24 CET | Actualizado 29/01/2017 21:24 CET
EFE

Los Estados Unidos que recuerdan han muerto. Lo que ha costado siglos construir se ha desmoronado en apenas una semana, con unas últimas 48 horas en las que el ritmo de demolición de lo que ya existía ha sido brutal. El caos se ha instalado en la primera potencia del mundo. Y el que está detrás de este radical cambio es, nada menos, su propio presidente: Donald Trump. A base de órdenes ejecutivas, ha ido cumpliendo algunas de sus promesas electorales hasta lograr algo inusual en EEUU: que sus ciudadanos se echen a las calles, de forma masiva, para protestar. Y vaya que si lo ha conseguido.

La semana de Trump ya iba apuntando maneras: firmó la orden ejecutiva para construir el muro con México, amenazó al país vecino, retomó la polémica construcción de dos oleoductos, empezó con el desmoronamiento de la ley sanitaria de Barack Obama... Y el viernes firmó una nueva Orden Presidencial que levantaba otro muro. Esta vez contra los musulmanes en particular y contra la inmigración en general, que será sometida a un "un escrutinio extremo". Fue la gota que colmó el vaso: empezó el caos.

Lo que el presidente de EEUU ordenó el viernes es la prohibición de la entrada en EEUU de ciudadanos de siete países -Libia, Irán, Irak, Siria, Somalia, Sudán, y Yemen- durante 90 días y la cancelación de todos los visado de refugiado político. Además, se incluye un refuerzo de las medidas de control para la entrega de visados. Con las personas de origen sirio, también queda prohibida la aceptación de refugiados. En la orden se determina que refugiados de países como Cuba, Venezuela, o China quedan excluidos. Es más: EEUU no permitirá la entrada a ni un solo refugiado hasta dentro de 120 días.

¿El resultado? Según datos de la agencia AFP hay unas 200 personas retenidas por todo EEUU en riesgo de ser deportadas en aplicación de la orden ejecutiva. El Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos ha cifrado en 375 los pasajeros que se han visto afectados por el decreto. De ellos, 109 son personas en tránsito a Estados Unidos a las que se les ha denegado la entrada en el país. A otras 173 se les ha negado el embarque en sus vuelos a EEUU en los aeropuertos de origen. Se trata de padres que viajaban al país norteamericano para reunirse con sus familias, estudiantes en universidades estadounidenses o refugiados que huyen de la guerra.

Los negocios del país también se han visto afectados. La directiva de Trump podría afectar al menos a 187 empleados del gigante tecnológico Google -procedentes de los países incluidos en la orden-. Así, el CEO del grupo ha instado a los potenciales afectados a ponerse en contacto con el "equipo de seguridad mundial" en caso de que necesiten ayuda. No es el único que podría verse afectado: la industria tecnología en EEUU destaca por la presencia de foráneos, como prueba el hecho de que el CEO de Microsoft, Satya Nadella haya nacido en India. Su empresa también ha manifestado su descontento con el mandatario republicano, tal y como ha hecho el fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, quien rompió su silencio sobre el magnate el pasado viernes. “Tenemos que mantener este país seguro, pero tenemos que hacerlo centrándonos en las personas que son una amenaza. Llevar la ley más allá de las amenazas nos hace a todos los americanos menos seguros y mucho más pobres. Mientras que a muchísimos indocumentados los pone en un situación difícil, pues temen por su deportación”, escribió en su perfil de la red social.

Pese al caos, Trump ha tratado de cubrirse las espaldas porque en su orden ejecutiva no se habla de religión, pero está claramente dirigida a países en los que la población es entre el 95% y el 99% musulmana. Apunta, por tanto, a fuera de EEUU, pero ese enemigo del que dice querer defender al país está dentro. Todos los atentados masivos - y, también, los intentos de atentados - llevados a cabo por musulmanes radicales en EEUU han sido llevados a cabo por personas que no proceden de ninguno de los países que se han visto afectados por la prohibición de entrada de sus ciudadanos decretada por Donald Trump. Pero él la defiende e insiste en que no es una medida racista.

Los estadounidenses no piensan igual que su presidente. Entre gritos de “Déjenles entrar” y “No al muro, no al veto”, cientos de personas se echaron a las calles el sábado a modo de protesta en varios aeropuertos del país. A esas horas, la aplicación automática de ese decreto ya había provocado la detención de decenas de personas y había desatado una crisis tanto en el seno del EEUU como en los diferentes lugares desde donde viajaban. Los primeros manifestantes empezaron a congregarse al mediodía en el aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York. Allí, la protesta fue creciendo y sobre las ocho de la tarde la muchedumbre a las puertas de la Terminal 4 estaba formada por centenares de personas. La terminal acabó siendo desalojada y las fuerzas de seguridad prohibieron la entrada a cualquiera que no portara un billete de avión. Las protestas se extendieron a los aeropuertos de Chicago, San Francisco o Dallas.

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Manifestaciones en el aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York

Y entonces, cuando parecía que todo sólo podía ir a peor, sucedió. Trump recibió su primer revés judicial. La noche del sábado la jueza del tribunal del Distrito Sur de Nueva York, en Brooklyn, Ann Donnelly, decidió que ninguna persona que entre en Estados Unidos con un visado en regla podrá ser deportada por la orden ejecutiva firmada este pasado viernes del presidente de Estados Unidos. La clave de esta sentencia es que el decreto afecta a ciudadanos ya poseedores de visado y está plagado de elementos de discutible legalidad.

“Nadie puede ser enviado de vuelta”, anunció el abogado Lee Gelernt a las puertas del tribunal en Brooklyn, tras esta primera victoria legal contra el decreto de Donald Trump. La corte es federal, por lo que la decisión de la magistrada cubre todo el país. En su resolución, la jueza señala que la expulsión "viola sus derechos", supone un "peligro inminente" de un "daño irreparable" para los refugiados y poseedores de visados y "viola la Constitución". La orden de Donnelly, sin embargo, no garantiza la estancia permanente y quedan muchas personas en un claro limbo legal.

La orden de suspensión de las deportaciones se aplica a las personas que ya están retenidas en los aeropuertos internacionales de EEUU, pero no está garantizada la entrada en el país de ciudadanos de los siete países que cubre el decreto pese a que dispongan de visado válido. Además, tal y como informa la agencia Reuters, a las aerolíneas que cubren la ruta transatlántica les están negando el embarque. Pese a la confusión y el revés judicial que recibió, el mandatario siguió a lo suyo, insistiendo que su sistema estaba "funcionando muy bien". "Se ve en los aeropuertos, se ve en todos sitios", recalcó.

La oposición a su orden no se ha dado sólo en el interior de su país. La decisión ha perjudicado a las siempre débiles relaciones con Irán, país que ha decidido contrarrestar prohibiendo a su vez la entrada a estadounidenses y ha generado el rechazo de países de la UE -Bélgica, Francia, Alemania, y Reino Unido se han manifestado públicamente como la medida- o Canadá. Pero para el presidente todo está bien.

TRUMP: "TODO ESTÁ BIEN"

De esta forma Trump termina la semana como la comenzó: viendo cómo cada orden que firma se traduce en protestas en la calle. Ya lo decía el editorial del sábado del diario The New York Times: "No parece que Trump quiera someterse al juicio tradicional de los cien primeros días, sino al de las cien primeras horas. Ningún presidente en tiempos modernos, quizá nunca, ha empezado con tal ráfaga de iniciativas en tantos frentes y en tan poco tiempo”, lamentaba el medio.

No parece que Trump quiera someterse al juicio tradicional de los cien primeros días, sino al de las cien primeras horas

Así es el nuevo presidente de EEUU, una persona que, en una semana en el cargo, ya ha demostrado que asume el riesgo de convertir en aceptables comportamientos e ideologías que hasta hace poco se situaban en los márgenes de lo aceptable. A Trump no le importa poner en jaque a un país que desde su fundación se ha presentado como una nación diferente, un modelo para la humanidad.

En las manifestaciones que se dan estos días en su contra no sólo hay ciudadanos anónimos. También hay reconocidos empresarios a nivel mundial, artistas, y, en definitiva, los llamados hijos de la inmigración que han ayudado al progreso de EEUU. Están ahí para recordarle a Trump algo sencillo y más que simbólico: que sin ellos el país no sería lo mismo. ¿Un ejemplo? si la orden firmada el viernes la hubiera firmado en 1952, el padre de Steve Jobs jamás hubiese podido entrar en Estados Unidos.

Trump insiste en que su orden no es un arma del racismo y que no promueve la discriminación por motivos religiosos, pero los muros que está construyendo van en contra del progreso de su propio país. Parece que para cumplir con su lema de campaña - “Hacer América grande otra vez”- no tiene límites.

LA SEMANA DE TRUMP

En su primera semana como presidente, Donald Trump ha firmado 15 órdenes ejecutivas y memorándums presidenciales, documentos legales comparables con decretos. Casi todos están diseñados para desmontar el legado de su antecesor, el demócrata Barack Obama.

Ha firmado un decreto que ordena comenzar a construir el muro con México, ha firmado la orden que da poderes a las fuerzas del orden para detener a los sin papeles y ha lanzado una batalla política y judicial contra las grandes ciudades que los acogen. También ha vetado la entrada de los musulmanes, ha retirado a su país del TPP -un tratado de libre comercio entre países de la cuenca del Pacífico que representan el 40% de la economía mundial- y ha recuperado la construcción de dos polémicos oleductos.

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