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Si quieres trabajo, oculta tus títulos

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Al volver a Canadá en el otoño de 2011, después de recibir mi título de máster en el extranjero, tenía grandes esperanzas de empezar a trabajar. Hablaba bien alemán, poseía experiencia internacional, había estudiado en Canadá y Alemania y tenía mucha experiencia práctica, así que confiaba en poder entrar en algún sitio. El que fuera.

Aunque sopesé la posibilidad de continuar mi educación y hacer un doctorado, dado que las deudas que había acumulado como estudiante superaban los 50.000 dólares, la opción parecía poco realista. Eso no quiere decir que no lo intentara: presenté solicitudes en Europa, donde los estudiantes cobran mientras hacen el doctorado y no tienen que pagar una matrícula. Pero, con los problemas actuales de empleo en todas partes, y el escaso número de plazas en los programas de doctorado (en algunos casos, nada más que 10 alumnos por año), no lo conseguí. Además, la mayoría de mis colegas con un doctorado en letras me habían aconsejado que no perdiera el tiempo. Me habían dicho que, por más tiempo y energía que dedicase al posgrado, eso no me iba a proporcionar después mejores posibilidades de ser contratada.

Al acabar el máster, en vez de quedarme en Alemania, decidí volver a Toronto. Pensé que tendría más oportunidades en un lugar en el que conocía a más gente y estaba más familiarizada con el sistema, con el ambiente laboral, etcétera. Empecé por presentar mi candidatura a puestos de trabajo que exigían un título de máster. Sobre todo, solicité empleo en instituciones oficiales, universidades, organizaciones benéficas, hospitales... cualquier cosa que se ajustase a mi nivel de estudios y mi experiencia en la administración y la enseñanza. Recurrí a amigos bien situados, hice llamadas, me ofrecí como voluntaria, con la esperanza de establecer una red de contactos.

La competencia era abrumadora. Después de presentar las solicitudes, a veces recibía correos electrónicos que me pedían que, por favor, no volviera a escribirles hasta que ellos se pusieran en contacto conmigo. Dado que había más de 300 solicitudes para cada puesto, no podían responder a las preguntas de todo el mundo. Como es natural, enseguida comprendí que tenía que rebajar mis expectativas. Empecé a pedir puestos de prácticas no remuneradas en ONG y trabajos locales en la zona próxima a la casa de mi madre, en Whitby. Llamé a oficinas de empleo. Hablé con la gente del YMCA. Presenté solicitudes para trabajar de recepcionista en oficinas pequeñas, a media jornada, lo que fuera. Hasta presenté mi currículum en los Starbucks de Toronto y Durham, con la idea de que por lo menos me serviría para salir adelante mientras encontraba algo mejor. "¡Elimina tu historial académico del currículum!", me decían mis amigos. "¡Nunca te contratarán en ningún sitio si tienes un máster!" Sin embargo, aunque entendía la lógica de este argumento, no me sentía capaz de hacerlo.

Al cabo de siete meses, no me habían llamado para una sola entrevista.

Por fin me rendí y me fui de mi país. Volví a Alemania y, solo dos semanas después de empezar a buscar trabajo, conseguí empleo fijo en un jardín de infancia internacional. No gano mucho dinero, pero me permite pagar los plazos mensuales de mis préstamos de estudiante en Ontario. Tras la experiencia de mi regreso a Canadá, me siento muy engañada. Si estudias mucho, si te esfuerzas, triunfarás. No te preocupes por el dinero que tengas que pedir prestado, cuando tengas tu título, te compensará, y la deuda desaparecerá a toda velocidad. Eso es lo que nos decían al entrar en la universidad.

No cabe duda de que las cosas me habrían ido mejor si hubiera estudiado algo así como ingeniería, medicina, o tal vez empresariales. Algo necesario para que la sociedad siga funcionando. Pero yo estudié historia. Claro que nos habían dicho que la historia y las artes también formaban parte fundamental de una sociedad funcional. Hoy da la impresión de que ya no es así. Al menos, no para quienes se encargan de hacer las contrataciones.

Buscar trabajo nunca es sencillo y es necesario tener empeño, además de persistencia. Pero, si existen otras personas que hayan tenido experiencias similares a la mía, y creo que hay muchas, estamos ante un montón de canadienses con la vida arruinada. Unos canadienses que nunca terminarán de pagar sus deudas, que nunca tendrán facilidad para crear una familia y que siempre se sentirán engañados por las promesas que les hicieron y su total incapacidad para ganarse la vida. Espero que se tome en serio esta situación y que se examinen de verdad los verdaderos motivos de que el paro juvenil haya alcanzado estos niveles. Me gustaría poder volver un día a mi país, pero, tal como están las cosas, no parece que vaya a ser posible a corto plazo.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Este artículo forma parte de una serie de las ediciones internacionales del Huffington Post en la que se compartirán historias personales de jóvenes desempleados que buscan trabajo en una de las peores crisis de empleo que se recuerdan. En Europa, según datos de la OCDE, "más de un tercio de los jóvenes de Italia, Portugal y la Eslovaquia están en paro, y más de la mitad en Grecia y España". El panorama no es mucho mejor para los jóvenes estadounidenses, donde el ratio de desempleo es del 7,7%; incluso en Canadá, que ha capeado mejor la crisis económica mundial que otro países, muchos jóvenes descubren que sus diplomas no valen mucho cuando se encuentran a cientos de aspirantes por un mismo puesto de trabajo.