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Alianzas de libertad

09/06/2013 10:21 CEST | Actualizado 08/08/2013 11:12 CEST

Hace ya tiempo que el proceso de construcción comunitario europeo, iniciado con la firma del Tratado de París de 1951, se ha convertido en un modelo de referencia para diversos proyectos de integración regional en todo el mundo. Pese a las horas de crisis que vive la UE, su vocación cohesiva, democrática y liberal -y la larga paz que ha mantenido desde hace casi 70 años- constituye un espejo en el que se mira todo acuerdo con vocación supranacional. Esta escala de comparación ha sido una constante en los sucesivos intentos de hacer de Iberoamérica un espacio sociopolítico y económico compartido. El sueño unitario, que se remonta a la Gran Colombia de principios del XIX, ha cobrado forma bajo diferentes cauces (CELAC, UNASUR, ALBA, etc.) de desigual fortuna. Cabe incluir al propio sistema de Cumbres Iberoamericanas, comenzado en el 91, como un intento de articular una agenda pública común con el concurso de España y Portugal.

De entre los numerosos pactos que en los últimos años se han puesto en marcha en esta línea, reviste una enorme importancia por su proyección de futuro -véase la reciente solicitud de incorporación como observador de EEUU- la denominada Alianza del Pacífico. Se trata de un proyecto construido con un gran sentido pragmático ya que aprovecha los tratados de libre comercio establecidos entre sus países fundadores (Chile, Colombia, México y Perú) y que además ha captado con lucidez el espíritu de los tiempos (el llamado Zeitgeist de los románticos alemanes). Dos detalles lo demuestran: su orientación hacia Asia-Pacífico y la rauda velocidad de crucero que ha tomado, sumando -desde la Declaración de Lima de abril de 2011- siete cumbres en menos de dos años. En puridad, la Alianza ha cumplido su primer año de existencia formal el 6 de junio, lo que hace más espectaculares los logros ya obtenidos: eliminación de visados, apertura de una convocatoria de becas de movilidad universitaria, creación de un mercado integrado que aglutina la bolsa de valores de Chile, Colombia y Perú (en espera de la incorporación en 2014 de la de México), coordinación de las agencias de promoción de exportaciones...

A este rendimiento, hay que añadir el apreciable peso cualitativo y cuantitativo de la Alianza, en tanto hablamos de un bloque que agrupa a 210 millones de habitantes y que condensa el 50% del comercio latinoamericano y más del 35% de su PIB, con apenas un 7% de paro y una tasa de crecimiento anual del 5%. Así las cosas, no puede extrañar la atención global que ha despertado, hasta el punto de que Costa Rica esté muy próxima a adherirse a ella, y ya lo hayan hecho, en condición de Estados observadores (con venia para participar en las reuniones presidenciales): Australia, Canadá, Ecuador, Guatemala, Honduras, Japón, Nueva Zelanda, Panamá, Paraguay, República Dominicana, El Salvador, Uruguay y, desde Europa, Francia, Portugal y España (el primero en unirse). Además de su fuste librecambista, su celo institucional -comprometido como la UE con las exigencias de los Estados de derecho- la hace especialmente atractiva de cara a la inversión empresarial, toda vez que las garantías en seguridad jurídica evitan los riesgos a los que, en cambio, se han visto expuestas algunas compañías extranjeras en el seno de Mercosur. Y tanto más cuanto que, según el Informe Doing Business 2012 del Banco Mundial, los países de la Alianza se encuentran entre los cinco primeros de Iberoamérica en facilidad para hacer negocios.

Vista desde España, la Alianza es también una oportunidad para recuperar presencia en el Pacífico -500 años después de su descubrimiento por Núñez de Balboa- acompañando en su aventura a nuestros socios americanos y dotándoles de una ascendencia europea, en la esperanza de que junto a la creación de un Área de Libre Comercio Transatlántico (TAFTA) y el Acuerdo Estratégico Trans-Pacífico de Asociación Económica (TPP) la historia del futuro se escriba en el idioma de la libertad.