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Naufragio europeo: uno más

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Todavía a estas alturas, para la desazón de los europeístas que resistimos en pie ante la interminable glaciación, siguen sucediéndose las guerras en nuestras fronteras y las crisis que hielan el corazón del proyecto europeo: el euro, Grecia, el Brexit, los refugiados.

En respuesta a estos desgarros, no solo echamos de menos una Comisión Europea con capacidad de hacer propuestas y, sobre todo, de embridar a los Estados miembros (EE.MM) díscolos e incumplidores del Derecho humanitario y del propio acervo europeo; también haría falta urgentemente un Consejo que estuviera a la altura de las circunstancias -empezando por su presidente, el lamentable Donald Tusk-, y fuera capaz de encontrar una salida restableciendo la confianza mutua, hoy sumamente deteriorada entre los EE.MM.

La pasada reunión del Consejo Europeo de 7 de marzo no ignoró solo el desafío del referéndum en Reino Unido, sino también ese desastre humanitario que han dado en llamar "crisis de los refugiados".

Hace escasos días, tanto el Consejo como la Comisión señalaron que "sólo teníamos dos meses para resolver este problema". Ya han pasado tres semanas, una parte sustancial del tiempo de la cuenta atrás a la que tenemos que enfrentarnos. ¿Ha habido cambios? ¿Ha habido avances? ¿Se han aplicado las medidas antes adoptadas? La respuesta es no; siempre no; todavía no.

Cada vez que las sucesivas e inconclusivas Cumbres han abordado este tema, es como si se repitiera el Bolero de Ravel: siempre la misma sintonía, pero con un volumen cada vez más atronador y estruendoso.

Es imperioso tomar otro camino, otra estrategia, otras decisiones.

De modo que aquí estamos, de nuevo, en un episodio largo y entristecedor, un hundimiento de la UE que no es sobre los refugiados: es sobre una Europa malherida por la indiferencia. Indiferencia ante la multiplicación de niños que, como Aylan, no son meramente una imagen en los informativos, sino un ser humano, emblema y encarnadura de miles y miles de seres humanos que se ahogan en nuestras aguas y mueren ante nuestras playas, y ante el desmoronamiento de Schengen, hoy desaparecido en combate.

Y ante decisiones que marcan una hora de infamia en el Consejo, abandonado a la prolongación de la suspensión de la libre circulación de personas por dos años, o a la confiscación de bienes para financiar la estancia de personas que buscan refugio entre nosotros.

Y lo peor de todo, esta revelación que hemos conocido de Europol, por la que diez mil niños, nada menos que diez mil niños, han desaparecido en manos de redes de tráfico ilícito, abandonados en manos de alimañas.

De todo punto rechazable resulta el acuerdo adoptado el 7 de marzo para subcontratar la tarea de que "nos los quiten fuera de nuestra vista" a una Turquía a la que la UE promete hipócritamente lo que ni quiere ni puede cumplir: una "rápida adhesión" por unanimidad... imposible en esta UE.

Es imperioso, empero, tomar otro camino, otra estrategia, otras decisiones. Para que eso que Jacques Delors definió una vez como una bicicleta que, si no se pedalea, se cae, no se convierta en esta Europa en su hora más oscura, en la que se retrocede. En la desunión y en la insolidaridad. En un estado de alarma permanente. En la que se abandona a su suerte no solamente a su frontera más vulnerable, que es Grecia, sino a millones de seres humanos, cada día más desesperados ante el suicidio de Europa.