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No se encarcela a un Arco Iris

05/10/2013 09:54 CEST | Actualizado 04/12/2013 11:12 CET

Casi al mismo tiempo que se hacía público en Estocolmo el quinto informe sobre Cambio Climático del Panel científico de Naciones Unidas (IPCC), un grupo de activistas de Greenpeace realizaban una protesta en aguas árticas para denunciar la explotación petrolífera. El cambio climático tiene como uno de sus efectos más visibles la reducción de la capa de hielo en el Ártico, y paradójicamente los países ribereños quieren aprovechar esa nueva situación para extraer el petróleo que puede haber allí abajo. El IPCC ha sido nuevamente muy claro: el calentamiento global está causado por la actividad humana, y si no tomamos medidas nos podemos encontrar con un escenario de 5º de aumento de las temperaturas en 2100.

Los líderes mundiales continúan siendo testigos pasivos de este desastre. Menos mal que al menos algunas personas se movilizan, y mantienen viva la llama de la lucha contra la destrucción.

Ya en la Cumbre de Copenhague de 2009, algunos activistas pagamos caro el intento de despertar la conciencia de unos líderes incapaces de mover un dedo para frenar el cambio climático. Por el gesto de sacar una pancarta en la cena de gala de los jefes de estado, cuatro activistas estuvimos 21 días en la cárcel. Meses después los jueces pusieron las cosas en su sitio, pero ya fue tarde para los que pagamos unas penas injustas por adelantado.

Los 30 tripulantes del buque Arctic Sunrise de Greenpeace se encuentran ahora injustamente en prisión por esa acción de protesta. El trato que están recibiendo es brutal y desproporcionado, encerrados como delincuentes por defender el bien común. Se enfrentan a cargos de piratería, que podrían acarrearles nada menos que entre 10 y 15 años de prisión. Los cargos son tan absurdos que, si hay Justicia, no deben tener nada que temer. Pero el castigo que están viviendo por adelantado es tan injusto como inexplicable.

Rusia defiende con represión su interés de explotar el petróleo del Ártico. Hay mucho dinero en juego y el Gobierno no quiere que nadie interfiera. Y lo hace en la cabeza de unas personas que, ejerciendo su derecho a la desobediencia civil, han cometido el grave delito de tratar de colgar una pancarta en una plataforma petrolífera de la empresa rusa Gazprom.

En realidad se trata de operaciones de castigo orquestadas para desmovilizar a la sociedad. ¿Quién se atreverá a mover un dedo contra las poderosas petroleras tras ver la cara de estupor de los jóvenes activistas de Greenpeace tras las rejas? Se trata de aplicar a la sociedad más movilizada una nueva dosis de esa Doctrina del Shock, de la que tan sabiamente nos habló Naomi Klein: el miedo como terapia de choque para eliminar la protesta social.

Es tan injusto el encierro de los chicos y chicas de Greenpeace en Rusia, que sólo puedo unirme al grito de libertad de millones de personas en todo el mundo #FreeTheArctic30. No se puede encarcelar el Arco Iris.