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09/10/2015 21:48 CEST | Actualizado 09/10/2015 21:49 CEST

Por qué son tan importantes los premios Nobel de Medicina, Física y Química 2015

¿A quién no le picaría la curiosidad por saber cómo le recordarán los demás después de muerto? Alfred Nobel tuvo esa rara oportunidad, y el resultado fue devastador. Tanto que a aquella curiosa anécdota se deben los premios que llevan su nombre, los más prestigiosos del mundo en sus respectivas especialidades.

La historia dice que en 1888 un diario francés recibió la noticia del fallecimiento de Ludvig Nobel, ingeniero y acaudalado petrolero. Los responsables del periódico confundieron al personaje con su hermano Alfred, también poseedor de una gran fortuna gracias sobre todo a su invento más popular, la dinamita. Así, el diario abrió la noticia con el titular El mercader de la muerte ha muerto, pasando a describir a Alfred Nobel como el hombre “que hizo su fortuna encontrando maneras de matar a más gente que nunca en el menor tiempo posible”.

Cuentan que aquella descripción conmocionó profundamente a Nobel, y que fue el detonante, bromas aparte, de su decisión de legar su inmensa fortuna a la creación de cinco premios anuales en Física, Química, Medicina o Fisiología, Literatura y Paz, “a aquellos que, durante el año precedente, hayan conferido los mayores beneficios a la humanidad”.

Llama la atención que Nobel eligiera la paz como una de las áreas para premiar, teniendo en cuenta que dedicó la mayor parte de su solitaria vida —nunca se casó ni tuvo hijos— a la creación y el comercio de explosivos y armas.

Algunas reseñas biográficas retratan a Nobel como un amante de la paz sumido en una contradicción, mientras que otras atribuyen a su relación con la pacifista Bertha von Suttner su creciente interés por esta materia. Su ayudante, amigo y albacea testamentario, Ragnar Sohlman, escribió: “Él creía que el acto de perfeccionar los medios de destrucción tendría más posibilidades de terminar con las guerras que todas las conferencias de paz”.

UN HOMBRE DE CIENCIAS Y LETRAS

De lo que no cabe duda es de la devoción de Nobel tanto por las Ciencias como por la Literatura. En este último campo, reunió una biblioteca con más de 1.500 volúmenes e incluso escribió poesía, novela y teatro. En cuanto a la ciencia, mantuvo con ella una vinculación de por vida, desde su educación como estudiante hasta las investigaciones químicas de las que nacieron sus 355 patentes, la mayoría de ellas relativas a explosivos y armas.

En 1896, cuando Nobel falleció en su villa de San Remo (Italia) a causa de una hemorragia cerebral, sus albaceas se aprestaron a hacer realidad su última voluntad: dedicar los 31 millones de coronas suecas de su herencia (actualizado a hoy, unos 235 millones de euros) a la institución de los cinco premios anuales que él había especificado en su testamento.

El testamento de Alfred Nobel

Una vez salvados los escollos legales y solucionadas las reclamaciones de algunos parientes, en 1900 nació la Fundación Nobel, que al año siguiente concedía sus primeros galardones.

Dejando aparte los premios de Literatura y Paz, desde 1901 hasta 2015 han pasado por la ceremonia anual de entrega de los Nobel los autores de los descubrimientos científicos más importantes del siglo XX y lo que llevamos del XXI, desde la radiactividad al bosón de Higgs, desde la neurona al GPS natural que llevamos implantado en el cerebro. En su edición de este año, los premios Nobel de Ciencia han distinguido los avances en la lucha contra las enfermedades parasitarias, el descubrimiento de la reparación del ADN y el conocimiento de una de las partículas más esquivas y enigmáticas de la física cuántica.

EL PROYECTO SECRETO DE MAO

En 1967, el líder chino Mao Tse-tung ordenó la creación del llamado Proyecto 523, un programa militar secreto destinado a obtener nuevos tratamientos contra la malaria para favorecer a su aliado Vietnam del Norte, en guerra contra su vecino del sur y Estados Unidos. En el transcurso de las batallas en la jungla, el régimen de Ho Chi Minh perdía más soldados a causa de la malaria que de las balas, y la cloroquina, empleada desde la Segunda Guerra Mundial, ya no era eficaz.

Mao puso a trabajar a más de 500 científicos de 60 instituciones, pero la búsqueda de compuestos sintéticos no halló ninguno eficaz; ni en China, ni en el programa similar emprendido por su enemigo americano. Entre ambos países llegaron a ensayarse sin éxito unas 240.000 sustancias. El gobierno de Mao decidió entonces probar suerte con los remedios naturales, encargando la tarea a la Academia de Medicina Tradicional China en Pekín, que asignó el trabajo a la investigadora Tu Youyou.

Revisando recetas tradicionales, Tu dio con el Qing Hao, una especialidad preparada con la hierba Artemisia annua o ajenjo dulce y que se había empleado durante siglos contra las “fiebres intermitentes”, signo característico de la malaria. En 1972 la investigadora y su pequeño equipo lograron aislar el principio activo, al que llamaron Quing Hao Su o artemisinina. Para comprobar que no era tóxico en humanos, la propia investigadora fue la primera que tomó el compuesto. Dado que se trataba de un secreto militar, los resultados no se publicaron hasta 1979, pero incluso entonces lo hicieron en una revista médica china y sin los nombres de sus descubridores.

Así, el mérito de Tu permaneció oculto para el mundo. Hasta que en 2007 los especialistas en malaria de los Institutos Nacionales de la Salud de Estados Unidos Louis Miller y Xinzhuan Su emprendieron una investigación que logró identificar a la descubridora de la artemisinina, un fármaco que hoy es el tratamiento preferente contra la malaria y que ha salvado millones de vidas en todo el mundo. Después de recibir el prestigioso premio Lasker en 2011, este año Tu ha sido galardonada con una mitad del Premio Nobel de Fisiología o Medicina.

El otro 50% del premio se lo reparten el irlandés afincado en Estados Unidos William Campbell y el japonés Satoshi Ōmura. También en los años 70, ambos aislaron de una bacteria un compuesto llamado avermectina con actividad antiparasitaria contra enfermedades causadas por gusanos nematodos. Su versión mejorada, la ivermectina, se emplea hoy para tratar infecciones como la filariasis o la oncocercosis, conocida también como ceguera de los ríos.

PARTÍCULAS QUE NOS ATRAVIESAN A MILLONES

Cada segundo, 65.000 millones de partículas atraviesan cada centímetro cuadrado de nuestro cuerpo sin que percibamos tal bombardeo. De hecho, pasan tan inadvertidas que transcurrieron 26 años desde que se propuso su existencia hasta que se logró detectarlas; y para esto último, los físicos deben enterrar enormes redes de sensores en el fondo del mar o en profundas minas bajo tierra, lugares donde el ruido de fondo electromagnético sea mínimo para poder escuchar, o más bien ver, el débil repicar de los neutrinos.

Los neutrinos se propusieron en 1930 como una solución teórica para explicar una incongruencia observada en ciertas radiaciones. Debían ser partículas sin carga y con masa muy pequeña o nula, motivos por los cuales son tan difíciles de detectar, ya que rarísimamente interactúan con la materia normal. En 1956 se logró demostrar su existencia; más tarde se detectaron neutrinos procedentes del Sol y de fuentes cósmicas como las supernovas. Mientras, los científicos descubrían que existen neutrinos de diferentes tipos, o “sabores”.

La importancia de los neutrinos, tanto en la física de partículas como en la astronomía, ha atraído el interés de los investigadores durante el último medio siglo, y la Real Academia Sueca de las Ciencias ha premiado con especial atención estos trabajos; el de 2015 es el cuarto Nobel de Física que distingue los hallazgos sobre estas esquivas partículas.

Kajita y McDonald

Este año, el canadiense Arthur McDonald y el japonés Takaaki Kajita han merecido el premio por haber demostrado, entre finales de los 90 y comienzos de este siglo, que los neutrinos pueden oscilar entre distintos sabores mientras viajan por el espacio.

El hallazgo resolvió un viejo enigma: por qué los detectores pescaban menos neutrinos solares de lo que sería esperable. La respuesta era que las partículas se camuflan mutando a otros tipos que escapaban a los sensores. Con ello, y de paso, el descubrimiento de McDonald y Kajita probó que los neutrinos tienen masa, aunque sea extremadamente pequeña.

LOS VIGILANTES DEL ADN

Si el bombardeo incesante de neutrinos es, que sepamos, inocuo para nosotros, no puede decirse lo mismo de otro tipo de rayos solares: la radiación ultravioleta es tan perjudicial que puede llegar a provocarnos cáncer. Lo hace actuando directamente sobre nuestro ADN, y sus estragos serían aún mayores si no fuera por una maquinaria molecular que se encarga de reparar los daños en nuestro material genético.

El científico Tomas Lindhal en el Instituto Francis Crick de investigación biomédica en Londres

Entre los años 70 y 80, el sueco Tomas Lindahl, el turco Aziz Sancar y el estadounidense Paul Modrich descubrieron los mecanismos de la célula que se encargan de mantener nuestro ADN en buen estado y de reparar el deterioro provocado por agentes como la luz ultravioleta o las sustancias carcinogénicas presentes, por ejemplo, en el tabaco, además de corregir los errores casuales que se introducen en la secuencia cuando fabricamos una copia de nuestros genes antes de la división celular.

Los tres científicos han merecido el Nobel de Química 2015, un reconocimiento que llega con retraso pero que salda una deuda histórica con los autores de estos importantes hallazgos.

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