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27/06/2012 10:13 CEST | Actualizado 26/08/2012 11:12 CEST

Hola, soy icono gay

Cuando apenas rozábamos los veinte años tuvimos que entender brutalmente la débil frontera entre ser joven y mártir, pionero y cadáver, estigma y tragedia, estadística y dolor.

Me encantan todas las frases de Carolina Herrera, casi tanto como sus vestidos o ella misma. Una vez en una entrevista para nuestra Vanity Fair me dijo que detestaba cuando la llamaban icono. "Los iconos están en las iglesias" me dijo, y de inmediato quise adaptar la frase como religión. No puedes pasarte la vida anhelando volverte un adorno de iglesia. Requiere un afán obsesivo que nunca es sano y una tendencia al martirio que tampoco es sana.

Por eso me aterra cuando leo adosado a mi nombre las palabras icono gay. ¡Hay que explicar cada una con demasiada retórica! Una de las peores cosas de ser gay es que siempre tienes que explicarlo, subrayarlo o matizarlo, y es agotador. Todos los gays hemos tenido que vivir ese momento melodramático de decirlo a los padres, cuando tus hermanos heterosexuales ni se lo plantean. Siempre recuerdo que en mi caso intenté una escenografía cuajada de cojines súper estampados y hasta pensé en encender unas velas, quizás para darle ya un aire icónico. Y mi papá fastidió todo escuchando mi "confesión" y sentenciando: "¡Si siempre lo hemos sabido!"

Creo que el orgullo va creciendo y envejeciendo junto a nosotros. Y es muy importante que jamás se deje convencer por la culpa. La sexualidad no es culpa. La corrupción sí y casi siempre queda impune. Recuerdo la primera vez que sentí esa sensación conjunta de provocación y alegría que me daba mi sexualidad. Una forma única de ser completamente diferente. Estaba en los ensayos de una agrupación teatral de Caracas. Mis amigos de entonces, Lesky, Andrés, Marco Antonio estaban repasando sus viajes a Nueva York, los discos de Blondie, la excitación que les generaba Klaus Nomi y dos discotecas de la Caracas de finales de los setenta. Y poder vivir todo eso les hacia sentirse elevados, distintos, radicales a su manera. Y entonces Lesky dijo: "Es maravilloso ser gay". Yo tendría 13 años y lo comprendí. Ser gay me permitía decir que vivir era maravilloso. Negar que fuera gay haría que la vida fuera menos maravillosa.

No fue para nada maravilloso atravesar la epidemia del SIDA pero si ha sido una lección de vida que permitió abrir los ojos hacia una sexualidad perseguida en infinidad de países y por casi todas las religiones conocidas. Los que sobrevivimos la epidemia deberíamos sentirnos como supervivientes y héroes de guerra. Cuando apenas rozábamos los veinte años tuvimos que entender brutalmente la débil frontera entre ser joven y mártir, pionero y cadáver, estigma y tragedia, estadística y dolor.

Los años del SIDA fueron los mas vitales para mi generación también porque coincidieron con nuestra juventud, y la desesperación y el horror generaron una atractiva onda romántica. Y una solidaridad trágica que nos hizo adultos. Ahora que podemos ser padres, no deberíamos olvidar esas cruentas lecciones para educar a los que nos sigan con más conocimientos, más ilustración sobre lo que significa asumir, defenderse, sostenerse y continuar.

Mi primer orgullo fue en 1994. Ya se escuchaban voces que lamentaban el empleo de la palabra orgullo. "Yo no necesito sentirme orgulloso de ser heterosexual", decían muchos amigos. No lo necesitan porque es lo aceptado, lo que no demanda explicación, la mayoría aplastante. Es abyecto que la heterosexualidad se manifieste contraria a este orgullo y de paso a través de una suerte de corriente chistosa, minimizadora. Pese a todos los logros conseguidos como minoría social --la ley de matrimonio entre personas del mismo sexo, la más importante--, no hemos conseguido que la imagen de la pareja de dos hombres o dos mujeres esté presente en nuestra sociedad. Presente en los anuncios, presente en las películas, en las series, en las historias de amor. Cuando lo está, la pareja gay es como una moda, igual de pasajera y superflua, anecdótica y siempre envuelta de risas, sarcasmos, como si en realidad fueran unos extraterrestres acoplados pero siempre pelín peligrosos. No encuentro justa la total desigualdad de exposición pública entre la pareja heterosexual y la homosexual. Continúa perturbándome las pocas veces que una pareja del mismo sexo anuncia un coche, una cadena de muebles, las rebajas de una firma de moda, una joyería. No existimos, no representamos jamás una historia de amor, una esperanza de vida, una historia de éxito.

En aquel año 94, "La Mani", en Madrid, iba de La Latina a través de la calle Carretas, que tenía un cine porno devenido en meca del amor pasajero, muchas veces armarizado, y terminaba con una "besada" en la Puerta del Sol. Era muy divertida, loca y gritona. "En los balcones también hay maricones" era una consigna que empleamos los veteranos. Siempre recuerdo a Leopoldo Alas, Chacho y yo tan jóvenes, con poco trabajo y unas ganas de hacerlo todo. La ausencia de Leopoldo me jode y hace pensar que lo único que ganamos fue hacernos mayores. Pero en realidad hemos asistido a un cambio. Un cambio gigante, en la forma de gestionar este orgullo, de convertirlo en una de las mejores fiestas de la Comunidad Autónoma, sin tener su respaldo garantizado ni absoluto. Pero es la fiesta de Madrid, la ciudad pareciera encontrar en la marcha una sensación de bienestar, de sentirse más urbanos por demostrar unas horas de tolerancia. Se ha vuelto un reclamo turístico y Chueca claramente una especie de Disneylandia.

A mis casi 47 años, sin haber conseguido entender aún lo que significa el orgullo patriótico y mucho menos el religioso, defiendo el orgullo gay aunque también acepte las críticas y las fisuras. Me molesta de su ruido que no haya conseguido esa igualdad ante la sociedad. De la misma forma comprendo la exaltación a los tópicos de culto al cuerpo y el travestismo. No representan ni de lejos todo a lo que pueda aspirar un adolescente homosexual que escuche que lo gay es maravilloso. Pero está bien verlo desfilar, sentir que lo diferente tiene una especie de embajadores. Representan mejor el espíritu del Orgullo las familias heterosexuales que llevan a sus hijos en cochecitos y saludan a los "bears" y a los "iconos" en las carrozas. No suelen salir en las fotografías que publican los medios, pero yo si los veo. Este sábado me gustaría bajarme de la carroza y decirles tranquilamente: "Hola, soy icono gay".