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04/03/2014 07:42 CET | Actualizado 03/05/2014 11:12 CEST

Tienes que ver 'Gravity'

Porque si por casualidad, por predisposición, sensibilidad o suerte consigues conectar con la película y empatizar con su protagonista te aseguro que vivirás una de las experiencias cinematográficas más alucinantes de tu vida. Porque si no consigues vivir la experiencia el precio de la entrada merece la pena aunque sólo sea por las impresionantes vistas de la tierra desde el espacio.

Siete Oscar no son nada. La película Gravity no se debería medir por premios, sino por presencia; en unos pocos años nadie recordará 12 años de esclavitud (que es sin duda una gran historia muy bien contada) pero Gravity sí que será recordada, porque no se trata de una película más; sino de una experiencia.

Tengo amigos inteligentes que dicen que no les gustó Gravity como Manuel Botello o Juan Santana, o que directamente no la han querido ir a ver como Carlos Raya o Pablo Matilla... a ellos, y a esos otros amigos suyos con nombres y apellidos que ustedes quieran convencer para que vayan a verla aprovechando su reestreno en salas tras los premios va dedicado este artículo: copien, peguen, maticen y complementen, y envíen a sus allegados, a sus seres queridos, a aquellos que todavía no hayan visto Gravity y se merezcan poder vivirla.

Tienes que ir a ver Gravity:

  • Porque si por casualidad, por predisposición, sensibilidad o suerte consigues conectar con la película y empatizar con su protagonista te aseguro que vivirás una de las experiencias cinematográficas más alucinantes de tu vida.
  • Porque si no consigues vivir la experiencia el precio de la entrada merece la pena aunque sólo sea por las impresionantes vistas de la tierra desde el espacio y por la fotografía de Lubezki que hace visualmente bello todo el metraje con encuadres imposibles y colores realistas.
  • Tienes que ir a verla al cine porque es una película antipiratería: no merece la pena ni bajársela ni verla en casa, es una película diseñada y que funciona sólo y exclusivamente con la enorme pantalla de una sala de cine y en 3D, y rodeado de desconocidos.
  • Porque si bien la trama es minimalista y sencilla, técnicamente es una obra maestra, una genialidad que pasará a la historia del cine.
  • Porque es entretenida y emocionante: un artefacto perfectamente diseñado y estructurado para el disfrute visual y emocional del espectador.
  • Porque al durar sólo noventa minutos el 3D no marea y además está totalmente justificado.
  • Por el plano secuencia de inicio que te hace meterte de lleno olvidándote de que se trata de una película. Por el genial uso del sonido en un ambiente en el que ¡no existe el sonido! Por la emocionante banda sonora que funciona a la vez como música extradiegética y efectos de sonido diegéticos.
  • Porque marca un antes y un después dentro de las películas del espacio realistas, haciendo lo mismo que hizo Salvar al soldado Ryan con el género bélico.
  • Porque... ¿nunca os ha pasado que despertáis de una pesadilla que habéis soñado de una manera muy vívida y lo habéis pasado fatal pero en cierta manera os ha encantado porque al fin y al cabo todo ha sido un sueño y parece que en realidad habéis vivido realmente todas esas aventuras y peripecias? Pues así es Gravity.

Estas son las razones, pero sí aun así no he conseguido convencerles me gustaría que por lo menos me entendieran:

"Tienes que ver Gravity"

Este mensaje me llegó el mismo viernes del estreno hace ya algunos meses. Me lo escribió un buen amigo desde Los Ángeles donde había asistido al preestreno. La verdad es que no sabía nada de la película y después de bichear un poco por Internet no me atrajo nada ni el tráiler ni la trama ni el reparto y así se lo dije.

"No me has entendido. No es una recomendación, es que si no la ves te arrepentirás toda la vida", me respondió.

Tan solo veinte personas en la sala. Se apagan las luces. Tráilers estúpidos utilizando el 3D para sobresaltar al público, algunos alzan las manos como si fueran a tocar a Bilbo. Me empiezo a arrepentir... y entonces: el vértigo.

Gravity empieza y la primera sensación que siento es vértigo; está muy alto. Sin querer, sin saber cómo, estaba ahí, en la película, viviéndola; y los noventa minutos restantes fueron la experiencia cinematográfica más alucinante de toda mi vida.

Se encienden las luces de la sala. Miro a mi alrededor y veo cartones de palomitas rebosantes y refrescos a estrenar, personas sentadas, literal y figuradamente al borde del asiento o agarrados todavía al reposabrazos. Se les mueve todo el cuerpo al respirar. Ojos muy abiertos. Nos miramos. Nos sonreímos con la complicidad de haber pasado por algo juntos. Somos un grupo de desconocidos que acaban de compartir una de las experiencias más fascinantes, traumáticas, únicas y alucinantes de nuestra vida... ¡Sentados en una sala de cine acabamos de volver del espacio!

Vuelvo a casa dando un largo paseo sin entender qué me ha pasado. ¿Qué demonios acaba de ocurrir en esa sala? Estoy exhausto, agotado y aun así contento y lleno de energía. Muchas buenas narraciones me han hecho estremecer, pero a otro nivel, a un nivel, supongo, más intelectual. Desde luego nada parecido a esto. He visto mucho cine, he estudiado cine y he escrito cine y por eso no hay película que vea que no analice, que no lea a todos sus niveles, y por eso no hay película que logre realmente sorprenderme. No he llorado nunca en el cine. En otras palabras, soy ese tío que le puede buscar un pero a cualquier película o serie genial. Por eso no entiendo qué me está pasando.

En Twitter Gravity empieza a sonar. La gente sale del cine y siente la imperiosa necesidad de compartir con el mundo, de recomendar a conocidos y desconocidos que vivan la misma experiencia que ellos. No estoy solo y eso me tranquiliza; no me he vuelto loco ni he sufrido ninguna alucinación, es real y le pasa a más gente. Aun así estoy preocupado, todavía siento vértigo, el corazón me va a mil por hora y mis piernas tiemblan. Llamo a mi amigo (y doctor particular) Dimitri y le cuento lo que me pasa.

"Síndrome de Stendhal", concluye.

Y tiene razón. Estoy sufriendo los síntomas del Síndrome de Florencia, pero siento que hay algo más aparte del éxtasis producido por haber visto una obra de arte. Hay algo más: la he vivido, he estado en el espacio y he sufrido junto con la protagonista a un nivel de empatía absoluto... y me río... porque por fin, después de tantos años, he conseguido entender a mi abuela.

Recordar a mi abuela es oler a leche caliente con galletas, oír el chasquido y el vapor de una plancha repasando camisas y ver una televisión diminuta entreteniéndonos a los dos. Recuerdo la sensación de calma de la merienda siempre en silencio con todos mis sentidos puestos en la película que estuvieran echando, y recuerdo también lo único que me sacaba de la película: mi abuela. Recuerdo especialmente una tarde de julio de cuando yo tenía nueve años en la que estábamos viendo Tiburón (me acuerdo porque no pisé ni la arena de la playa en todo ese verano; ni en unos cuantos más). Recuerdo ver salir al tiburón del agua y a mi abuela pegando un respingo y tirando la plancha y asustándome todavía más.

Mi abuela, viviendo todas aquellas películas de mi infancia, gritando, quejándose, haciendo comentarios y gesticulando... eso era el cine para mí. Yo siempre me reía de ella porque creía que lo hacía a posta, para entretenerme, para hacerme reír o chincharme, pero no, ahora entiendo que ella lo estaba viviendo, y que no importaba que estuviera haciendo cualquier otra cosa o que cortaran para anuncios, ella podía estar realmente en ese barco amenazada por un tiburón, ir al baño durante los anuncios y volver a sentirse en peligro por el tiburón mientras seguía planchando.

No sé cómo lo conseguía, no sé si sería la edad, la sensibilidad o su inocencia, pero era algo fascinante que había olvidado hasta que viendo Gravity me sorprendí a mí mismo encogiendo las piernas un segundo. Y en ese momento estuve, sin saberlo, mucho más cerca de mi abuela que nunca, porque por primera vez en mi vida yo también pude vivir una película como ella.

Puede que por eso me sienta incapaz de analizar Gravity, porque para mí no es una película, es una experiencia. Y lo curioso es que no soy el único, fíjense en la vehemencia con la que defienden Gravity los afortunados que también la han vivido; se lo toman como algo realmente personal cuando alguien les dice que es mala (que son pocos y especialitos). ¿Y saben? En realidad no podemos criticarlos, tenemos que, sinceramente, sentirlo por ellos, por no haber tenido la inmensa suerte de experimentar la magia primigenia del cine y poder vivir una película, o en mi caso, poder ver una película de nuevo con los ojos de un niño merendando con su abuela.