El mundo en la cabeza

El mundo en la cabeza

Gorbachov murió la semana pasada mientras todos nos afanábamos para evitar el atasco de la vuelta de vacaciones.

GorbachovCarlos Alejándrez "Otto"

Ya nos habíamos olvidado de él, aunque reconozco que últimamente se me venía a las mientes su cara de luna llena y satisfecha si me daba por pensar cómo habíamos llegado a otra guerra en Europa, cuestión que tampoco debiera extrañarnos después de unas cuantas décadas saltando de conflicto en conflicto (qué bonito el eufemismo que iguala la carnicería con una discusión de pareja) sin que apenas nos inmutaran porque no golpeaban en el centro de nuestra solidaridad y de nuestra empatía: la cartera.

Y es que todos nos volvemos pacifistas con la gasolina a dos euros y los tipos de interés en subida libre.

Y pienso que Mijail Gorbachov nunca habría permitido que las cosas llegaran a este extremo.

Murió la semana pasada mientras todos nos afanábamos para evitar el atasco de la vuelta de vacaciones; fue un rasguño de nostalgia en la penúltima tarde de agosto sobre el que goteó el whisky con el que me despedía del verano. Porque Gorbachov, más que las primeras películas de Almodóvar, los pelos encrespados o las canciones de los Pegamoides, fue nuestra juventud. No era una momia más (Andropov, Chernienko) puesta a secar al sol de la Plaza Roja, sino un tipo joven y regordete cuya calvicie dejaba bien a la vista una mancha demasiado parecida a un continente como para que no surgieran chistes de inmediato. En efecto, era un dirigente que llevaba el mundo en la cabeza. 

El auténtico hombre de la mancha, habría dicho un cómico de provincias.

Por las noticias me entero de que los rusos no le guardan un especial afecto, sino que lo acusan de ser el responsable de todos sus males por haber permitido la desaparición de la Unión Soviética, por haber debilitado a la gran potencia hasta ponerla a los pies del mundo, exhausta, empobrecida, risible. Al parecer, esos modernos caníbales llamados oligarcas, surgidos de despachos ocultos en el laberinto del Kremlin, que ya habían arrasado con el país y aprovecharon la ocasión para mostrarse con ostentación y soberbia, no tuvieron nada que ver. Ellos, quizás, fueron otras víctimas.

Me apena profundamente que un pueblo diga de sí mismo que no sabe vivir en libertad, que, como en los relatos de Chejov, necesita el látigo del kulak silbando sobre su cabeza para subsistir.

Porque a mí, que no soy analista político, historiador ni experto en geo-estrategia (esa nueva disciplina que quiere dar sentido a la codicia y la crueldad de quienes ya sabemos), Gorbachov me pareció siempre un tipo que se preguntó cómo sería vivir en un país que no estuviera entregado a la guerra total, que no se arruinara buscando la contrapartida a la última locura tecnológica del adversario (hoy sabemos que la tan temida “guerra de las galaxias” de Reagan tenía mucho de truco publicitario que vaya si funcionó) ni se desangrara en una invasión imposible de sostener y cuyo sentido, si alguna vez lo tuvo, se perdió entre atropellos a los derechos humanos y reclutas inmolados en vano. 

Reconozco que todo juicio de valor al respecto me viene grande. Al menos, nunca fui tan lerdo como para creer a pies juntillas lo que Rambo me contó.

Y se preguntó (Gorbachov, digo) cómo sería vivir en un país, y mandar sobre él, en el que el comercio y la discrepancia fueran posibles más allá de la burda clandestinidad que ya servía de reclamo turístico.

Quiero decir: resultaba evidente que el gasto militar había arruinado a la URSS y que la ortodoxia del Partido resultaba insostenible en un mundo en el que ya asomaba la patita el virus de la información global. Y Gorbachov pronunció aquellas dos palabrejas ante las que no cabía sino sonreír con esperanza y una pizca de cachondeo: glasnost, con su resonancia de cristal transparente, y perestroika, que sonaba a rumba, aunque designaba, en el fondo, una sinfonía íntima, valiente y rupturista.

 Como si Shostakóvich se hubiera sentado en un despacho, vamos.

Lástima que, en lugar de una orquesta, el bueno de Mijail contara con una caterva de solistas desafinados y salaces. 

A todos nos alegraron la vida las reformas que Gorbachov emprendió. De un plumazo, todas las películas de guerra, las novelas de 007 y los miedos nucleares de nuestros hermanos mayores habían envejecido y se encaminaban al asilo.

Incluso el gran Ibáñez (nunca me cansaré de leerlo ni de alabarlo) se permitió meter a Mortadelo y a Filemón en el lío y ponerlos al frente de la Pereztroika. Me quito, una vez más, el ushanka, maestro.

Fuimos unos pardillos. 

Ya nos tendría que haber mosqueado que el primer negocio occidental que abrió tienda en Moscú no fuera una editorial en busca de jóvenes genios sino una hamburguesería. Y no habría estado de más fruncir el ceño al contemplar la súbita irrupción de millonarios horteras y bocazas que abrillantaban con caviar la carrocería de sus Ferrari.

El mismo Mijail fue modelo para la campaña publicitaria de una pizzería yanki. Alegó, en su defensa, que la fundación que había puesto en marcha al retirarse de la política necesitaba fondos, pero sentí, lo recuerdo muy bien, la tristeza de una derrota asumida con resignación, como si las manchas de tinta se le hubieran convertido en kétchup.

Quien había cambiado el mundo quedaba para chistes guarnecidos con queso de plástico.

De lo que vino después, historia zarrapastrosa, no tuvo la culpa, creo yo, Gorbachov. A los buenos rusos que lo maldicen no les vendría mal fijarse en tantos patriotas que durante años han esbozado una sonrisa y han espetado a su interlocutor: es el mercado, amigo.

Tampoco está bien hacer sangre a costa de los paisanos de Zhivago. A ellos les quitaron la cartera mucho antes que a nosotros, que ya empezamos a vislumbrar lo que será pasar el invierno en pelotas. 

MOSTRAR BIOGRAFíA

He repetido hasta la extremaunción que soy cocinero porque mi primera palabra fue “ajo”. Menos afortunado, un primo mío dijo “teta”, y hoy trabaja en Pascual. En sesenta años al pie del fogón (Viridiana ya ha soplado cuarenta velas) he presenciado los grandes cambios, no siempre a mejor, de la hoy imparable cocina española. Incluso malician que he propiciado alguno. En otros campos, he perpetrado cuatro libros de los que no me arrepiento (el improbable lector lo hará por mí). Fatigué también a los caballos de carreras retransmitiendo éstas durante varios años por el galopante mundo. He desperdigado una reata de artículos de variado pelaje y escasa fortuna. También he prestado mi careto para media docena de cameos, de Berlanga a Almodóvar, hasta que comprendí que mi máxima aspiración como actor podría ser suplantar al hombre invisible. En mi lejano ayer quise ser jockey, pero la impertinente báscula me disuadió. Y por mi parte basta que, como sentenciaba un colega, “es incómodo escribir sobre uno mismo. Mejor sobre la mesa.”