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La vivienda, el problema de todos: "Ni casa, ni familia, ni salud mental, ni barrios... Nadie puede aspirar a nada sin un hogar"

La vivienda, el problema de todos: "Ni casa, ni familia, ni salud mental, ni barrios... Nadie puede aspirar a nada sin un hogar"

La situación es dramática: el trabajo de generaciones se escapa por alquileres inasumibles, precios de inmuebles en constante crecimiento, entradas que imposibilitan cualquier proyecto de vida y la misión imposible de independizarse.

La vivienda, el problema de todos.
La vivienda, el problema de todos.ALDARA ZARRAOA

Un mes más apurando para poder llegar al final, hasta ese ansiado día de cobrar la nómina para poder respirar levemente como un nuevo objetivo conseguido. Una meta que se repite cada 30 días y cuyos malabares para poder alcanzarla son dignos de películas de terror, de aquellas donde la supervivencia parece escapar a la realidad. A veces renuncias a quedar con amigos, a comprar ciertos productos en el supermercado, no poner la calefacción o el aire acondicionado e incluso pedir ayuda a familiares o amigos los meses más sangrantes. Es la realidad constante de millones de personas que, cuando consiguen cobrar su sueldo, se les escapa en un abrir y cerrar de ojos por el sumidero de un porcentaje desorbitado destinado a pagar el alquiler. Y vuelta a empezar.

La vivienda se ha convertido en una tortura transversal que padecen todas las generaciones, ese problema que imposibilita poder dormir tranquilo y que produce vivir cada día con ansiedad. "La vivienda es un derecho vertebrador: si careces de él, todo lo demás pasa a un segundo plano porque es la base sobre la que construir un proyecto de vida", explicaba Carlos Castillo, abogado, perteneciente al Sindicato de Inquilinas y anteriormente a la PAH, a El HuffPost sobre la dramática situación. "Antes, quienes acudían a las asambleas o tenían problemas de vivienda eran sobre todo personas en situaciones de vulnerabilidad extrema, golpeadas por la crisis o incapaces de acceder al mercado laboral. Ahora, también afecta a sectores de clase media: parejas con dos salarios 'decentes' que no llegan a fin de mes, inquilinos atrapados en una espiral de alquileres que no dejan de subir y gente que no ve ninguna salida", destacaba.

Esa amplitud y transversalidad de afectados ha provocado que este sea el principal problema para los españoles según las últimas encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) y el tema que protagoniza cada una de las conversaciones entre amigos, familiares y compañeros de trabajo. 

De los creadores del sueño americano...

Cuando Adrián llegó desde Galicia a Madrid en 2017 todavía existía una idea bastante extendida: estudiar una carrera, encontrar trabajo y esforzarse debía servir, al menos, para construir una vida estable o, por lo menos, esa era la teoría. La capital aparecía entonces como el gran lugar de las oportunidades, el espacio donde miles de jóvenes de provincias aterrizaban cada septiembre convencidos de que, aunque el alquiler fuese caro, se estaba apostando por su futuro. Adrián tenía esa misma sensación cuando dejó atrás Galicia para empezar la universidad. Su primer año lo pasó en una residencia en Aranjuez y después llegaron los pisos compartidos, las habitaciones pequeñas y las mudanzas constantes. "Mi primer alquiler fueron 270 euros por una habitación", recuerda a El HuffPost. "Y ya entonces me parecía bastante dinero, quién lo iba a decir". Lo que no imaginaba es que, casi una década después, pagaría prácticamente el doble por habitaciones similares en barrios periféricos de Madrid.

Su historia se parece a la de miles de jóvenes que han visto cómo el acceso a la vivienda dejaba de ser un objetivo razonable para convertirse en una misión imposible. Adrián ha pasado por Aluche, Usera, Ventas o El Carmen. Siempre compartiendo piso. Siempre lejos del centro. Siempre ajustando cuentas a final de mes. "Antes una habitación normal rondaba los 300 euros; ahora encontrar algo decente por menos de 450 o 500 es una utopía", explica. Y recalca la palabra "decente" porque no habla de pisos de lujo ni de barrios exclusivos, sino de habitaciones habitables, sin humedades ni cosas raras: "Lo que viene a ser un zulo, vaya". "La sensación es que todo ha subido muchísimo y muy rápido. Y al final llega un momento en el que ya no sabes cuánto es un precio normal porque lo absurdo se convierte en costumbre".

"Encontrar una habitación por menos de 400 o 500 euros es una utopía"
Adrián

Lo que más le preocupa no es únicamente el alquiler, sino la manera en que este condiciona todo. "Al final no es sólo pagar el piso", cuenta. "Es la compra, el transporte, la luz, el ocio… Todo sube al mismo tiempo y te obliga a estar calculando constantemente y a mí dentro de lo que cabe nunca me ha faltado nada, pero te limitas". Se ha normalizado extra controlar salidas, reducir viajes o pensar dos veces cualquier gasto para poder llegar con algo de tranquilidad a final de mes. "Te das cuenta de que una parte enorme de tu sueldo desaparece solo en sobrevivir. Y eso influye muchísimo en cómo vives".

Esa sensación de vivir permanentemente contenida económicamente atraviesa también la historia de Adriana, que llegó a Madrid hace tres años desde El Espinar, en Segovia. "Yo vine porque necesitaba vivir aquí y porque por trabajo era mucho más cómodo", explica a este diario. Al principio compartía piso con otras dos personas y pagaba algo más de 300 euros por habitación. Hoy son cuatro compañeros y cada uno paga 400 euros largos, sin contar gastos. "En solo tres años ha cambiado muchísimo todo", afirma. "Y no es solo el alquiler. Es que todo en Madrid es carísimo".

Adriana habla de una rutina marcada por el control constante del dinero. "No es que no puedas vivir", aclara. "Es que si quieres ahorrar lo mínimo tienes que estar privándote continuamente". Se organiza una cantidad concreta al mes para ocio porque sabe que, de lo contrario, el dinero desaparece demasiado rápido. "Yo quiero tener un colchón para el día de mañana", explica. "Porque vivir aquí te hace sentir que todo puede complicarse en cualquier momento".

Comprar una vivienda ni siquiera forma ya parte de sus planes. Adrián tiene 27 años y reconoce que no se plantea adquirir una casa porque directamente lo siente fuera de cualquier horizonte posible. "Es algo tan lejano que ni se me pasa por la cabeza", dice. Adriana coincide: "En Madrid, vivir solo es imposible para una persona normal. O compartes piso o te vas a vivir con tu pareja y con suerte". Esa convivencia forzada no es un asunto menor o, como diría Rajoy, es un asunto mayor. Muchas parejas empiezan a vivir juntas antes de tiempo porque económicamente no existe otra salida. "Conozco muchísima gente que se ha ido a vivir con su pareja llevando poco tiempo porque era la única forma de salir de casa de sus padres o dejar de compartir piso con desconocidos", cuenta Adriana. "Y eso puede salir bien o mal, pero muchas veces no es una decisión libre, es pura necesidad y, si sale mal, igual no se pueden permitir ni separarse".

"Nuestros padres con nuestra edad ya estaban independizados, muchos tenían hijos o incluso una casa", reflexiona Adrián. "Nosotros estamos todavía compartiendo piso y pensando si podremos pagar el alquiler el año que viene". Para él, el gran problema es la sensación de que las reglas que les enseñaron han dejado de funcionar. "Siempre nos dijeron que estudiando y trabajando podríamos construir una vida estable. Pero luego llegas aquí y ves que algo ha fallado".

De Madrid, ¿al cielo? 

'SE VENDE' en una calle de Madrid.
  'SE VENDE' en una calle de Madrid.Europa Press via Getty Images

Sin embargo, tanto Adrián como Adriana insisten en que la crisis ya no pertenece solo a Madrid. De hecho, ambos observan cómo el problema empieza a extenderse también a sus lugares de origen. Adrián habla de Galicia y especialmente de Santiago de Compostela, donde amigos suyos le cuentan que encontrar alojamiento se ha vuelto cada vez más complicado. "Allí también se está notando muchísimo la subida", explica. "No llega al nivel de Madrid, pero ya empieza a ser muy difícil independizarse". Señala el turismo y la presión inmobiliaria como factores que están transformando ciudades que hace unos años todavía parecían relativamente accesibles.

En El Espinar ocurre algo parecido. Adriana asegura que en los últimos años el pueblo ha cambiado radicalmente debido a la llegada de población expulsada de Madrid. "Muchísima gente que tenía allí segunda residencia se ha terminado mudando definitivamente", cuenta. "Y eso ha hecho que el alquiler suba una barbaridad". Habla de pisos que hace apenas unos años costaban 300 euros y ahora alcanzan fácilmente los 700. "Y estamos hablando de un pueblo de 10.000 habitantes", insiste. "Ya no hay vivienda ni para alquilar ni para comprar".

Por eso ha decidido volver. Después de tres años en Madrid, Adriana regresará a Segovia convencida de que la capital ya no le permite construir una vida con estabilidad. "La calidad de vida que puedo tener allí no la voy a tener nunca aquí", asegura. Habla de Madrid como una ciudad pensada cada vez más para turistas e inversores y cada vez menos para quienes trabajan y viven en ella. "Todo está hecho para consumir y gastar, para grandes empresas o fondos de inversión; desde luego no para los que trabajamos", dice.

No sólo es un problema de jóvenes, es de todos

El barrio madrileño de Carabanchel.
  El barrio madrileño de Carabanchel.Cover/Getty Images

Ese desplazamiento progresivo de la población hacia las afueras y pueblos conectados con las grandes ciudades es precisamente lo que lleva años observando César en Carabanchel. Tiene 55 años, su mujer 53 y dos hijos de 19 y 23 años. A diferencia de Adrián y Adriana, él sí llegó a pensar que había conseguido cierta estabilidad. En 2006 accedió junto a su familia a una vivienda pública destinada a personas con ingresos modestos y con opción a compra, fue aquel lote que se sacó durante la alcaldía de Ana Botella (PP). "Entramos aquí porque era la única manera de poder tener un hogar", recuerda. "Nosotros no podíamos acceder al mercado libre".

Durante años creyó que aquella vivienda representaba algo parecido a la seguridad. Pagaban alrededor de 500 euros mensuales y habían construido allí toda su vida. Sus hijos crecieron en el barrio, hicieron amigos y echaron raíces. "Nosotros hicimos el barrio", dice César. "Cuando llegamos esto estaba todavía en construcción". Pero en 2013 la promoción pública fue vendida al fondo buitre Blackstone y desde entonces todo cambió. "A partir de ahí empezaron las subidas abusivas", denuncia.

Hoy pagan más de 1.100 euros mensuales. El alquiler se ha duplicado y la amenaza de expulsión se ha convertido en una presencia constante. "Hace poco nos volvieron a vender a otro fondo y yo recibí una notificación para abandonar la vivienda", explica. "Después de veinte años viviendo aquí". Habla con una mezcla de incredulidad y agotamiento. "¿Cómo le explico yo a mis hijos que tenemos que irnos de la casa donde han crecido?". La historia de César es la otra cara de la moneda: la de quienes sí consiguieron acceder a una vivienda y aun así terminan siendo expulsados por la especulación. Él insiste en que no se trata solo de jóvenes precarios, sino de familias enteras atrapadas en un sistema que ha convertido la vivienda en un negocio financiero. "Blackstone compró los pisos por unos 63.000 euros y ahora los venden por casi 300.000", asegura. "Mientras tanto nosotros vivimos con miedo".

"Blackstone compró los pisos por unos 63.000 euros y ahora los venden por casi 300.000"
César

En Carabanchel ha visto cómo la situación del barrio también cambiaba con los años. "Cada vez hay más familias compartiendo pisos porque no pueden permitirse otra cosa. Sobre todo personas migrantes que tienen salarios precarios y que no les queda otra", cuenta. "Y mucha gente vive con la sensación de que cualquier subida más les obliga a marcharse". Habla también del impacto emocional de esa incertidumbre permanente. "Tú construyes una vida en un sitio pensando que es tu hogar y de repente descubres que depende de lo rentable que seas para un fondo de inversión lo es o no". Ahora, gracias a la prórroga aprobada por el Gobierno en ese lapsus de un mes podría hacer que aguantara dos años más. 

Sus hijos representan además la continuidad generacional del problema. El mayor tiene 29 años y sigue sin poder emanciparse pese a trabajar. "Yo me fui de casa con 19 años", recuerda César. "Mi hijo tiene un buen sueldo y aun así no puede independizarse". Esa comparación aparece constantemente en las tres historias: padres que con menos recursos pudieron construir cierta estabilidad frente a hijos que, pese a estudiar y trabajar, sienten que viven en una precariedad permanente, en un castillo de cartón que en cualquier momento puede desmoronarse. Precariedad, alquileres desorbitados, la cesta de la compra cada vez más cara. ¿Se acuerdan del anuncio de Lidl de 2007 cuando se podía llenar el carro por 30 euros? Qué tiempos. 

Conclusiones de la desesperación 

Manifestación por la vivienda en Madrid.
  Manifestación por la vivienda en Madrid.Anadolu via Getty Images

"Lo peor es la sensación de que hagas lo que hagas nunca llegas", dice Adrián. "Da igual estudiar, trabajar o esforzarte porque el precio de la vivienda siempre corre más rápido que tú". Adriana comparte esa frustración. "Te prometieron que la vivienda era un derecho básico y ahora ves que ni siquiera puedes imaginar tener una casa". César, desde otra generación, lo resume de forma todavía más contundente: "La vivienda pública terminó siendo negocio para unos pocos mientras la gente normal se queda sin sitio donde vivir".

Los tres coinciden también en una idea política de fondo: sienten que las instituciones no están respondiendo a la magnitud del problema. Adrián reclama acuerdos reales que conviertan la vivienda en una cuestión de Estado. "Esto ya no afecta solo a una parte de la sociedad”, explica. “Es un problema transversal". Adriana señala directamente a los fondos de inversión y al modelo turístico de las ciudades. "No se puede gobernar solo para quienes tienen dinero", afirma. César, después de años de movilizaciones y asambleas, habla ya desde el cansancio. "Nos escuchan, nos dan buenas palabras, pero luego no cambia nada. No entiendo cómo se puede hacer política en contra de la mayoría de la sociedad, algunos —políticos, rentistas y empresarios— no tienen corazón".

Sin embargo, pese al pesimismo, ninguno de los tres habla desde la resignación absoluta. Adrián sigue convencido de que la vivienda debería ser "un pilar básico del Estado del bienestar". Adriana cree que cada vez más gente está tomando conciencia del problema porque "afecta ya a todo el mundo". Y César continúa participando en asambleas y movilizaciones vecinales porque siente que rendirse significaría aceptar que cualquiera puede perder su hogar de un día para otro. Las historias de Adrián, Adriana y César pertenecen a generaciones distintas y parten de situaciones muy diferentes, pero todas terminan confluyendo en el mismo punto: la sensación de que la vivienda se ha convertido en un mecanismo de expulsión. Ya no se trata únicamente de Madrid. La presión se extiende hacia Galicia, Segovia, Carabanchel y decenas de pueblos y ciudades donde los precios suben mientras las posibilidades de construir un hogar se reducen cada año. 

Y quizá esa sea la idea que mejor resume todas las conversaciones: la de una sociedad que trabaja, estudia, paga impuestos y aun así empieza a sentir que vivir con estabilidad se está convirtiendo en un lujo. Porque detrás de cada alquiler imposible no hay solo cifras, sino proyectos aplazados, familias atrapadas, jóvenes que no pueden emanciparse ni ser padres y personas que descubren, demasiado tarde, que incluso después de veinte años un hogar puede dejar de pertenecerles de un momento a otro.

Este domingo, al mediodía, hay una manifestación por la vivienda en Madrid que transcurrirá desde la estación de Atocha hasta Sevilla. "La vivienda nos cuesta la vida; bajemos los precios" es el lema. 

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Redactor de Política en El HuffPost. Graduado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, ha trabajado en elDiario.es, El Confidencial y Redacción Médica. Además de la actualidad política e informativa, ha cubierto efemérides como la DANA o la erupción del volcán de La Palma, realizado entrevistas a raperos o elaborado reportajes sociales, especialmente sobre migración y vivienda.

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