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19/01/2020 11:15 CET | Actualizado 19/01/2020 11:15 CET

'Elisa y Marcela', risas y músicas muy saludables

Dos mujeres gallegas que se conocieron y enamoraron a finales del siglo XIX y que llegaron a casarse por la iglesia en 1901.

Escena de 'Elisa y Marcela'.

Se restrena en Madrid la obra Elisa y Marcela en el Teatro del Barrio donde estará hasta el domingo 26 de enero. Obra de la compañía A Panadaria que ya se pudo ver en la capital en el extinto Teatro de las Culturas. Montaje que viene precedido por un gran éxito de público en Galicia donde está llenando salas comerciales desde que se estrenó en 2016. Algo que consiguen las tres cómicas que la protagonizan a base de risas y canciones, para espectadores de hoy, con una historia de amor entre dos mujeres basada en hechos reales.

La historia es la de Elisa y Marcela. Dos mujeres gallegas que se conocieron y enamoraron a finales del siglo XIX y que llegaron a casarse por la iglesia en 1901. Para ello una de ellas, Elisa, tuvo que hacerse pasar por hombre y presentarse ante el cura como Mario. La historia es bien conocida, más desde que Isabel Coixet rodara una película para Netflix, y El País Semanal y otras importantes cabeceras periodísticas le dedicaran varios artículos. 

El acierto de este montaje es la sencillez del mismo. Una sala negra, una tela blanca, tres actrices bien pertrechadas de recursos interpretativos y con talentos, un texto, unas canciones y una dirección firme pero invisible. Y la sensación de que se han dado toda la libertad del mundo para contar y cantar. No les hace falta más.

Con todo lo anterior son capaces de llevar a los espectadores a la iglesia de San Xurso, a la escuela en la que estudiaron magisterio sus personajes protagonistas, a una pensión madrileña, a Oporto; o meterlos en una cárcel, en un tren, en una diligencia o en un barco a través del Atlántico. Igual que el reducido elenco se intercambian personajes para poder representarlos a todos, haciendo realidad escénica la fluidez entre géneros y sexos tan del actual tiempo líquido. 

Así consiguen producir una obra interesantemente divertida. Donde la reivindicación de un mundo de mayor diversidad sexual, más amplio de miras, entra en el corazón y en el imaginario del público por la risa y por la música. Una risa respetuosa con todos. Con sus personajes y con la audiencia. Pero, no por eso, se trata de un humor tibio o ñoño. Tampoco es bronco o áspero. Y aunque recurren a tópicos, saben cómo colocarlos para que remen a favor de la función. Como hacen con los acentos de ese purito habano o la mate argentina.

Tampoco obvian el rechazo social que sufrió este amor. Un rechazo que comenzó con la familia, que oliéndose la tostada, trató de separarlas. Y que continuó con los hombres del pueblo en el que vivían, esos ‘machos dispuestos a dar’ cuando se juntan en manada. Un rechazo y persecuciones sociales que la prensa alentó con titulares y contenidos que bien podrían haberse escrito ahora. 

Y, si bien es cierto que alguna que otra vez se dejan llevar por el juego cómico-musical que tienen entre manos, como ocurre en el número de ‘la andalusá’ que, quizás, resulta demasiado largo, la obra no decae sino que mantiene una velocidad de crucero. Esto se debe a que huyen en todo momento de proporcionar carcajadas rápidas y poco nutritivas. Evitan proporcionar carcajadas fast food.

Con todo lo anterior, esta compañía trata de oxigenar el cuerpo y el espíritu. De hacer que los asistentes, cuando salgan a la calle, se sientan mucho más libres y mucho mejor después de ver esta historia de lesbianismo perseguida. Algo que A Panadaria consigue, vamos que si consigue, con unas risas y una música que resultan cardiosaludables, pues dejan el corazón contento, y la cabeza llena de alegría.

 

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