’Si esto es un hombre’, ¿es, entonces, un ser humano?

Fundamental para todos aquellos que crean en la libertad, la igualdad y la fraternidad de los seres humanos.
'Si esto es un hombre' en escena.
Álvaro Rodríguez Galán
'Si esto es un hombre' en escena.

Se sale chocado de ver Si esto es un hombre por su belleza radical. Por su aire de obra que sabe sobre lo que habla y cómo tratarlo en escena. Obra que ha tenido su estreno en Madrid en el Teatro del Barrio, y no podría haber tenido otro lugar mejor por su conciencia política, es decir, pública del teatro. Obra basada en el libro que escribió Primo Levi a su salida del campo de concentración de Auschwitz. Un libro capital, fundamental para todos aquellos que crean en la libertad, la igualdad y la fraternidad de los seres humanos. Como lo es esta obra.

Primo Levi vivió el traslado en esos trenes abarrotados que recorrían Europa en la Segunda Guerra Mundial. En los que ni siquiera había espacio para hacer las necesidades en la intimidad. Trenes con pocos víveres y menos agua. Trenes que se dirigían al verdadero corazón del continente. El campo de concentración de Auschwitz, donde se recibía con la frase ‘El trabajo os hará libres’, y su extensión, aún más macabra, de Birkenau.

Lugar donde a los ocupantes de esos trenes se les despojaba de todo. De la familia, pues se segregaba por edad: los niños y los viejos no eran fuerza de trabajo. Y por sexo, las mujeres tampoco eran fuerza de trabajo, aunque podían ser fuente de placer. Igual que se les quitaban las ropas y cualquier objeto de valor o no que llevasen encima. Hasta del pelo, pues eran esquilados como ovejas nada más llegar, sin paños calientes ni avisar.

Del que a Levi no le salvó su condición de italiano, pues era judío. Nacionalidad que tampoco le habría salvado si hubiera sido gitano, homosexual, discapacitado o de ideas contrarias al nazismo. Lo que encierra dos enseñanzas. Una para los nacionalistas, la nación protege poco o nada. Y la segunda, que el nazismo es una ideología excluyente. Que no tiene en cuenta que el ser humano es en esencia diverso, una diversidad que le ha permitido su adaptación y su supervivencia a lo largo del tiempo. Una diversidad que hay que preservar y defender.

El lager era el lugar en el que se concentraba toda la diversidad de aquella Europa con la que los nazis querían acabar. Como ahora hay fuerzas que quieren acabar con la sociedad global, diversa, multilingüe e interconectada. En donde se mezclaban idiomas —hasta diecinueve—, razas y nacionalidades, todas las que había en Europa. En el que la supervivencia dependía de la resistencia y la fuerza individual de cada uno. Las que permitían sobrevivir con un pedazo de pan gris y seco y una sopa al día. Las que permitían sobrevivir a las pesadas cargas que había que transportar sin sentido y a un conjunto de reglas y normas que no se entendían.

¿Para qué suena aquí y ahora una orquesta con tonadas populares y patrióticas? ¿Para qué formar en columnas de cinco? ¿Para qué hay que trasladar ese material de un punto a otro? ¿Para qué levantarse? ¿Para qué acostarse? ¿Para qué acudir al hospital? Donde el pragmatismo, la utilidad, había acabado con cualquier atisbo de poesía.

Todo esto permite a Carlos Álvarez-Ossorio dar un recital actoral convirtiendo el libro en un acto público y compartido. Le permite ser el testigo y contar lo sucedido a la audiencia. Contar cómo solo se sobrevivía siendo un verdadero animal. Esperando la muerte del otro para quitarle lo poco que tuviera, hasta su mendrugo.

Y en esta situación, ¿quiénes se salvaron? ¿los mejores o los peores? Sin duda, los peores. Ya que había que dejar atrás mucho de lo que nos hace humanos, la solidaridad, el agradecimiento, la empatía, para sobrevivir en el frío y sucio campo de concentración.

También le sirve para mostrar que en estas situaciones existen los valientes. Aquellos, pocos, que saben encontrar la manera de saltarse la norma injusta o que simplemente se la saltan, corren el riesgo y admiten sus desagradables consecuencias.

Hombres buenos como Lorenzo. Un albañil de origen italiano que recorría Europa buscando trabajo y que acaba trabajando en el campo, pero que era un häftling, un preso, sino un paria como lo no habían sido antes muchos de los presos del campo. Persona que le proporciona ropa a Primo Levi.

Aunque más importante que el calor físico que proporciona la tela, serán los actos que facilitan la conversación, la mirada y los gestos, que tenían prohibido hacer hacia los presos. Los que hacen que el protagonista se sienta de nuevo un ser humano. Un ser que puede ser sujeto de compasión y amor, y que puede ser una persona agradecida.

Obra que también habla del campo como un lenguaje. Unas palabras que acaban teniendo un significado importante en la vida del escritor y de todos los que estaban encerrados allí. Un idioma, el alemán, que se impone al idioma propio y materno, el italiano, si se quiere sobrevivir. Palabras que marcan la vida en el campo y que han marcado el destino de Europa.

Un momento de la obra.
Álvaro Rodríguez Galán
Un momento de la obra.

Por tanto, se trata de un montaje que permite que el campo de concentración se sienta y se piense como las condiciones de vida, más bien de muerte, que tenían los häftling. Y que se reflexione sobre la banalidad del mal y con la ligereza que se usa la palabra nazi para adjetivar actitudes y posiciones políticas. Palabra que no debería usarse en vano y convertirla en moneda corriente perdiendo cualquier connotación.

Que todo este horror se pueda mirar y que lo que transmite pueda impresionar y estimular el sentimiento, que no la sensiblería, se debe al conocimiento teatral que rezuma el montaje. Desde la selección de textos hecha por Carlos Álvarez-Ossorio, quien no solo ha hecho la dramaturgia de la obra, sino que además la interpreta y la dirige. Talento al que se ha unido el de Violeta Martínez, que ilumina con tal sensibilidad el espacio escénico que permite ver toda la oscuridad de lo que ocurría.

Ambos tienen un conocimiento escénico que ejemplifica muy bien el momento que Carlos Álvarez-Ossorio se tira por encima de la cabeza una especie de ceniza. Una ceniza que remite a la que debido a los crematorios de Auschwitz-Birkenau debía cubrir el cielo del lugar en varios kilómetros a la redonda y se depositaba sobre las personas, las casas y el suelo.

Una ceniza que se pega al cuerpo del actor, del que se irá desprendiendo poco a poco a medida que este se mueve en escena. Polvo que se queda en suspensión alrededor del cuerpo delgado, desnutrido y desnudo que se convierte, gracias a la luz, en una ensoñación. En un fantasma que sigue amenazando a la humanidad. Y que, a pesar de su componente estético, pone de manifiesto que no es posible hacer un espectáculo de un hecho como el que se vivió en Europa y, posiblemente, se habrá vivido después en otras muchas regiones del planeta y se sigue viviendo ahora.

Sin embargo, sí es posible hacer una obra de teatro e incluso una obra de arte. Una obra radicalmente bella con el dolor, la fealdad, el sufrimiento, los orines, la mierda, la enfermedad y la mezquindad del campo. Bella por lo que logra transmitir. Y por la pregunta que lanza a un público que asiste en silencio y emocionado ante tanta abominación, tanto terror ejercido con impunidad por unos seres humanos.

La pregunta de ‘¿es el habitante del campo de concentración un hombre? ¿Y los que gestionan el campo?’ Y si lo son, ¿qué palabras, qué formas sirven para contarlo? Preguntas para las que el libro es una excelente respuesta, como también lo es esta obra de teatro. Una obra para todos los públicos, porque todos los públicos deberían verla para luego poder mirarse y preguntarse: si esto que he visto es un hombre, ¿es, entonces, un ser humano? ¿Soy yo un ser humano?

Teatros sorprendentes