‘El alivio o la crueldad de los muertos’, humor valleinclanesco

‘El alivio o la crueldad de los muertos’, humor valleinclanesco

Un montaje en el que el nivel actoral es alto, muy alto.

'El alivio o La crueldad de los muertos'.Pablo Lorente / Cortesía de Teatros del Canal

Se estrena en los Teatros del Canal una obra con un título largo, poco atractivo y difícil de recordar. Se trata de El alivio o la crueldad de los muertos de Los Montoya y Rubén Ochandiano. La verdad es que con dicho título no parece que vaya a ser un espectáculo para muchas fiestas. Sin embargo, esta negrísima crítica social de nuestro tiempo recuerda al Buñuel socarrón y burlón. A aquel que mirado sin poner las cejas en alto o dejándose la alta cultura en casa produce mucha hilaridad.

Más que nada porque esta obra muestra lo ridículos que somos y seguimos siendo. A pesar de emojis, corazón, corazón, ecología, izquierda divina y divina izquierda, lexatín, y otras drogas. A pesar de tanto señor, señora, de buena educación y de tanto servicio.

La historia sucede en la casa de una pareja de artistas. Son de clase media alta, de esos pocos artistas que triunfan y pueden permitirse tener servicio. La mejor situación para darse al spleen o al hastío. Sin nada que hacer nada más que crear, ocuparse de lo cool y dejando la limpieza, las cosas básicas de la vida, a gentes sin nombre, sin casa, sin patria.

A esta pareja no se le ocurre otra cosa mejor que despedir a Jessica, la criada sudaca de la que no saben ni de donde procede y que, a pesar de ser interna, no saben ni donde viven, pues no la soportan. Hartos de negritas desean una blanquita que hable inglés y les permita practica el idioma. Algo que dicen sin convicción, do you know what I mean?

Decisión que toman el día que ella celebrara su cumpleaños y los dos reciben a los amigos en casa. Lo hacen con la esperanza de que “Jessi, cariño”, pues así se dirigen a ella habitualmente, trabaje hasta final del mes, que ya se lo tienen pagado.

  'El alivio o La crueldad de los muertos'.Pablo Lorente / Cortesía de Teatros del Canal

Y “Jessi, cariño” intenta ser servicial, dar el servicio debido al pago. A sus señores y a los amigos que llegan casa. Entre los que se encuentran una pareja formada por una votante y simpatizante de Unidas Podemos, vestida divina de la muerte a lo Agatha de la Prada, y un actor catalán guaperas que se llama Albert, que con ese nombre y su procedencia no hace falta decir a quien vota ¿o sí? Llegan con su bebe en un capazo vintage y su peculiar forma de llorar beeeeh. Los tres se añaden a Tom un actor acondroplásico y no binario, muy amigo de la anfitriona y enamorado hasta las trancas del marido/novio de esta.

Una reunión llena de naderías. Donde las voces nasales de sus protagonistas, perteneciente a gente educada y con posibles, de gente concienciada, respetuosa con el medio ambiente, alternan con otras voces. También suyas. Quizás más reales, más verdaderas, con las que no pueden dejar de decir lo que piensan cómo lo piensan.

Ante una criada que ve cómo la ultrajan y le birlan el relato. Eso que llaman el storytelling en las tertulias políticas. Mientras los señores siguen tendencias. Someten su supuesta racionalidad al estado de los chacras y los consejos de los numerólogos.

Y, en definitiva, se tiran unas cuantas puyas por aquí y por allí y se aburren. Un aburrimiento que les pesa tanto que entran en pánico. Y por el que están dispuestos a jugar, aunque les vaya la amistad y el amor en ello. Aunque habría que preguntarse ¿qué amistad? ¿Qué amor? ¿Qué se juegan? ¿Qué hay en su juego?

Todos ellos son unos esperpentos. Figuras deformadas por el espejo del teatro, como lo es Max Estrella en el Callejón del Gato en Luces de Bohemia de Valle Inclán. Como el público, los propios actores y personajes son deformados por esos grandes espejos que ocupan el fondo del escenario. En los que se miran y se maquillan como puertas y como payasos. En donde se ve reflejado el patio de butacas, los que pagan las entradas más caras.

Payasos tristes. Payasos que dan miedo. Pero payasos, al fin y al cabo, que mueven a la risa porque se caen. Porque están continuamente cayendo en sus propias trampas dialécticas. En sus preguntas inapropiadas y respuestas a destiempo.

Un circo de trompeta melancólica, el que ha pensado Rubén Ochandiano y la productora Los Montoya, que sería difícil de mantener si no fuera porque el elenco. Un elenco en el que reina Tomás Pozzi, el uruguayo bajito de la serie Gym Tonic, como el enano acondroplásico binario. Si bien sigue fascinando en escena con este registro, no sorprenderá a quien lo viera en Querido capricho de Tomás Cabané, como dice el crítico Kritilo, o, mucho antes, en el papel de la Señora de Las criadas que montó Pablo Messiez. Fascinación que consigue en un montaje en el que el nivel actoral es alto, muy alto.

  'El alivio o La crueldad de los muertos'.Pablo Lorente / Cortesía de Teatros del Canal

Tal vez, la duda que queda al ver esta obra es si podría convertirse en un clásico. Una duda que se debe a que se trata de un texto muy pegado a la realidad. En el que las referencias son muy concretas al hoy y al aquí. A las pandemias. A la matanza de focas. A los partidos políticos que vete a saber si existirán dentro de unos años en esta sociedad líquida y volátil. A la tecnología que de seguir a esta velocidad, ni se puede imaginar que pasará con los teléfonos inteligentes, los emojis y las apps.

Una preocupación absurda. El teatro es presente. Siempre lo ha sido y lo será, a pesar de que se grabe, se documente. Todo espectáculo desaparecerá la última vez que se represente. Lo hará para siempre. Solo quedará deformado en la memoria de los que asistieron. Aprehendido por sus espectadores.

Como el espectáculo que dan estos personajes. Un espectáculo que tiene un espectador oculto en el servicio. Un servicio cuyo objetivo es sustituir al señor o la señora, de ahí que las críticas de esta obra la hayan relacionado en espíritu con El sirviente de Harold Pinter y Tartufo de Molière.

Cosa que la servidumbre acomete copiando formas y maneras de sus señores. Copiando no solo la superficie. El maquillaje. El disfraz. El himno y la bandera. Y la dignidad. Una dignidad que solo puede representar la mejor actriz del mundo que es WASP. White, anglo-saxon and protestant. Blanca, anglosajona y protestante. Menudo chiste. Humor negro. Humor buñuelesco o, como se trata de teatro, humor valleinclanesco.

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Como el dramaturgo Anton Chejov, me dedico al teatro y a la medicina. Al teatro porque hago crítica teatral para El HuffPost, la Revista Actores&Actrices, The Theater Times, de ópera, danza y música escénica para Sulponticello, Frontera D y en mi página de FB: El teatro, la crítica y el espectador. Además, hago entrevistas a mujeres del teatro para la revista Woman's Soul y participo en los ranking teatrales de la revista Godot y de Tragycom. Como médico me dedico a la Medicina del Trabajo y a la Prevención de Riesgos Laborales. Aunque como curioso, todo me interesa.