'Vida perfecta 2' o cómo Caperucita cambió el final del cuento

"Que haya cada vez más mujeres construyendo relatos permite que los hombres desarrollemos la empatía que nos sigue faltando con ellas".
Leticia Dolera en 'Vida perfecta'.
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Leticia Dolera en 'Vida perfecta'.

Cuando se plantea por qué es necesario que haya más mujeres creadoras, con visibilidad y reconocimiento de autoridad, no es solo por una cuestión de justicia numérica, que también, sino porque sin sus miradas seguiremos teniendo una fotografía parcial y sesgada de la realidad.

La que durante siglos hemos monopolizado los varones desde el entendimiento de que solo nosotros representamos lo universal y que, por tanto, la Humanidad se define según nuestros intereses, deseos y necesidades. Que haya cada vez más mujeres construyendo relatos permite romper con esa injusticia epistemológica y, al mismo tiempo, se convierte en una oportunidad magnífica para que los hombres, tan ensimismados y descuidados, empecemos a mirar lo que miran los mujeres, parafraseando a la gran Siri Hustvedt, y de esa manera, ojalá, comencemos a desarrollar la empatía que nos sigue faltando cuando con muchas dificultades vemos a las mujeres como personas.

De ahí la urgencia de que nosotros, tan acostumbrados a creernos los importantes, empecemos a escuchar a las mujeres, a ver sus películas, a hacer el esfuerzo de ponernos en su lugar. Es este el primer paso para poder construir esa sociedad de equivalentes por las que lleva siglos luchando el feminismo.

Afortunadamente, en los últimos años cada vez encontramos con más frecuencia esos relatos hechos por las mujeres que ponen el foco en realidades que hasta hace nada eran invisibles o secundarias. Una de esas realidades ha sido la maternidad, concebida desde los parámetros patriarcales del rol sumiso de las mujeres, de acuerdo con el paradigma de la virgen María, y desde el entendimiento de su papel central en la realización femenina y en la concreción de un rol social que la cultura machista ha ido consolidando por los siglos de los siglos.

Solo recientemente encontramos narraciones que cuestionan ese rol, que subrayan la carga física y emocional que supone la maternidad, que revelan los problemas personales y sociales que acarrea, o que incluso inciden en esa figura que el imaginario colectivo vendría a calificar despectiva y críticamente como una mala madre. En este sentido, me resultó demoledora la lectura de Madres arrepentidas de Oma Donath, como ha hecho que se me remuevan los cimientos películas como la reciente Ama, de la debutante Júlia de Paz Solvas.

La segunda temporada de la serie Vida perfecta, que ya en su primera tanda de episodios se atrevió a poner la mirada, con su tono de comedia que no esconde el drama, en situaciones entendidas como no relevantes por los ojos masculinos, tiene entre sus muchos méritos el de mostrarnos los claroscuros de la maternidad. Y no solo la enorme carga social que las madres siguen sufriendo, y que desembocan en un agrio y perverso sentimiento de culpa, sino también en cómo tener un hijo puede suponer tal terremoto emocional que en muchos casos desemboca en la situación crítica que vive el personaje de María.

Esta, interpretada por una Leticia Dolera cuyo rostro parece agrietado por la depresión, grita su desesperación, su ignorancia y su falta de recursos. En ella comprobamos cómo ser madre no es ese cuento de hadas que nos vende la publicidad, ni tampoco ese estadio de felicidad al que ahora se apuntan cómplices las “nuevas” masculinidades. Al contrario, la peripecia de María, empezando por el proceso de rechazo y (re)descubrimiento de su cuerpo, y pasando por el mandato de no defraudar las expectativas masculinas, nos enseña cómo el relato patriarcal, también en este caso, ha deshumanizado a las mujeres. Y cómo hemos avalado, en torno a esos estatus de servidumbre, un pacto social que ha prescindido de todo lo relativo al sostén de la vida.

Estos episodios de Vida perfecta consiguen ser incluso más brillantes que los primeros, porque sus creadores –la inteligencia de Dolera y de su cómplice Manuel Burque es de esas que trenzan tapices con hilos de muchos colores y texturas– han sabido contarnos, sin sentimentalismos ni estridencias, las incógnitas, pesares y luchas cotidianas de muchas mujeres que, con las edades de las protagonistas, sortean como pueden los precipicios que se encuentran en un mundo que tal vez no sea como lo soñaron.

A través de las tres amigas, de nuevo interpretadas por la misma Dolera y por unas estupendas Cecilia Freijeiro y Aixa Villagrán, recorremos muchos laberintos como el miedo al compromiso, pero también el miedo a la soledad, los amores líquidos en esta sociedad ídem, la importancia de la sororidad y de los vínculos afectivos elegidos, las familias múltiples o, como también se planteaba en la primera temporada, la diversidad como una realidad frente a la que seguimos instalados en la perversa tolerancia.

Junto a ellas, los hombres como seres en tránsito, en un rol mucho más secundario que en los primeros episodios, en una especie de nota al pie de página que confirma nuestra actual desorientación. Por más que en los personajes que interpretan Enric Auquer, el propio Burque o Font García encontremos trazas del hombre que deberíamos ser.

En una de las escenas más bellas, aunque también más discutibles de la serie, que toma como referencia el ya clásico Mujeres que corren con lobos de Clarissa Pinkola, María se atreve a salir al bosque y a enfrentarse al lobo. Le da así la vuelta al cuento de Caperucita y otros tantos cuentos que han tenido a las mujeres sujetas al miedo y la culpa.

Ese lobo, al que María se atreve a mirar a los ojos, es ella misma cincelada por otros, moldeada por la ley del agrado y por los mandatos de género que la han tenido postrada. En esos ojos claros del lobo feroz habitamos también nosotros, los protagonistas del cuento. Y en los ojos claros de Mary reside la fuerza que hace posible que mujeres como ella corran al fin autónomas. Aprendices, capitanas, brisa sin aire, nada de nadie.

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