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27/08/2018 07:03 CEST | Actualizado 27/08/2018 07:03 CEST

Historias que merecen ser contadas: Viajar, comer y amar

Antara Foto Agency / Reuters
Destrozos tras el terremoto de Lombok.

Aunque José David no lo sabe, él fue quien inspiró esta serie de "historias que merecen ser contadas" que escribo hace meses. Conocí su historia allá por 2014, cuando se estaba deshaciendo de todo lo que poseía para dar un giro completo a su vida, y desde entonces no he podido dejar de seguirle, de leer lo que comparte en Twitter de su día a día como quien devora un libro deseando llegar al final. La historia ahora ha dado un giro inesperado, pero estoy seguro de que tendrá un final feliz.

Aquí va la historia que muchos hemos soñado, y que sólo algunas personas hacen realidad.

José David, Ingeniero Informático de profesión, siempre supo que a los 35 años debía abandonar el mundo de la informática. Lo sabía incluso antes de terminar la carrera y de empezar a trabajar. Adora el mundo de la informática, pero la idea de hacer siempre lo mismo no le atraía en absoluto. Aun así la terminó.

Sus inicios profesionales en pequeñas compañías de desarrollo de software de gestión para hoteles supusieron un primer acercamiento a la "industria de la felicidad", y le permitió conocer de cerca el funcionamiento de los hoteles del segmento más alto. Luego evolucionó a analista de sistemas, donde trabajó para bancos, industria alimentaria o logística entre otros, con un gran desgaste personal que acabó por llevar a replantearse su futuro por primera vez.

Porque, amigos y amigas, esto va de valor, de muchos cojones, no nos engañemos

Decidió relajar un poco el ritmo de vida, y la opción del funcionariado parecía encajar en su planteamiento vital, así que comenzó su periplo de oposiciones hasta que, tras empalmar unas cuantas sustituciones y bajas por maternidad, consiguió su plaza fija en la Universitat Politécnica de Catalunya. Ocho años después, ya en 2013, la crisis financiera global le abrió la ventana a un nuevo horizonte, la posibilidad de pedir una excedencia y poder así seguir con su plan maestro, "aunque ya pasados unos años de los 35", reconoce, e iniciar el proceso de "liberación" que le llevaría un año completo.

"Es un proceso muy difícil cuando llevas toda la vida siguiendo la senda marcada, estudiar-conseguir un buen trabajo-comprar un piso-comprar un coche... en resumen, tener una vida considerada 'normal'. Deshacerse de todo lleva tiempo. Necesitas mentalizarte y dejar marchar todo lo material que te ata a tu vida actual. Y también ayudar a tu familia a mentalizarse. Tienes que entender que tú (en esta caso yo) iba a ser una gran pérdida para ellos. Una vez que aprendes a deshacerte de lo material, el sentimiento de libertad que vas teniendo es muy grande. Es una de las mejores cosas que he podido hacer nunca. Te sientes liberado".

Durante ese proceso se cruzó por mi timeline en Twitter (gracias, twitter), y pude seguir con detalle cómo organizó el mercadillo en su blog para deshacerse de todas sus pertenencias. Lo que me cautivó de su historia fue precisamente ese momento de "hostias, ¡que lo va a hacer!", porque de algún modo, yo lo vivía desde la admiración de quien quisiera hacer lo mismo pero no encuentra el valor suficiente. Porque, amigos y amigas, esto va de valor, de muchos cojones, no nos engañemos.

Así pues llegamos al 24 de septiembre de 2014, cuando sale de viaje sin fecha ni billete de vuelta. Dice haber aceptado la posibilidad de no querer regresar de forma definitiva. Mientras, sigo su periplo por Indonesia, Tailandia, Camboya, Vietnam o Singapur. Dos años y medio de viaje tranquilo, sin prisa. "Sí, para dos años y medio de viaje suena a poca cosa. Pero puedo decir que aprendí a vivir en todos los sitios a los que fui. Me quedaba semanas o meses en el mismo sitio. Conviví con los locales allá donde estuve y aprendí mucho, mucho de Asia. Hice el turista también, por supuesto. Nadie se escapa de eso por mucho que intentemos colgarnos la etiqueta de viajeros. Todos somos turistas".

Tras más de dos años y medio y ya casi establecido en Jogjakarta, el cuerpo empieza a pedirle establecerse en algún sitio y empezar a pensar en el futuro. "Es cuando la idea de abrir un pequeño hotel toma forma. Para una economía muy sencilla de recursos muy limitados. Empecé a visitar posibles emplazamientos, contacté con profesionales y aprendí las leyes y procedimientos indonesios, estudié el sistema laboral del país y aprendí a hablar (a chapurrear mejor dicho) el indonesio. Es básico hablar el idioma del país si quieres abrir un negocio aquí. Aunque ello no sea garantía de nada."

Pero desgraciadamente no es éste el final feliz que ansiábamos...

Los que le seguimos por las redes sociales nos hemos reído un rato con las anécdotas que compartía sobre el día a día de la construcción del hotel, aunque en privado reconoce la parte más dura."Construir algo en Indonesia puede ser fácil o difícil. Todo depende de tu presupuesto. Yo no tenía más opción que elegir el camino difícil. Y aun y así, nunca me imaginé el calvario que sería la construcción del hotel. Seis contratistas diferentes, desorbitados costes extras, dificultades administrativas y muchas, muchas horas y berrinches para tirar adelante. Aprendes a adaptarte a lo más absurdo y surrealista que te puedas imaginar. Cosas que ahora hacen gracia, pero que te desesperan de manera incomprensible. Como que los obreros no entiendan que el agua de la lluvia no puede entrar primero en la habitación para luego hacerla salir hacia el desagüe de la terraza; o que la cuerda que cose el saco de cemento sirve para abrirlo y así poder reutilizar el saco para cargar otros materiales."

Y el día por fin llegó. Él tendría más nervios que yo, seguro, y eso que yo ya iba bien servido...

"Hace un par de meses todo iba a terminar, y parecía que exitosamente. Teníamos os de las tres habitaciones operativas y habíamos conseguido que los huéspedes se marcharan a sus casas felices y agradecidos por unos días fantásticos en el hotel. Tras dos años de construcción, por fin, estaba viendo la luz al final del túnel y, al fin (justo a tiempo) había logrado parar la sangría económica que me ha llevado hasta el filo de la bancarrota".

Pero desgraciadamente no es éste el final feliz que ansiábamos. "La vida me ha puesto a prueba una vez más. El 5 de agosto el terremoto de magnitud 7 se llevó por delante miles de viviendas y cientos de vidas en la vecina isla de Lombok. Y también se llevó por delante mi hotel, The Mandana Gili Air (que significa 'Felicidad'), que ha quedado herido de gravedad. Por suerte nadie sufrió daños físicos, pero el trauma y el vacío ha marcado nuestras vidas a todos nosotros. Ahora no sé aun si hay solución viable para salvar uno de los edificios. Aquí los arquitectos recomiendan demoler, pero más por razones prácticas y de provecho económico para ellos que reales. Así que me niego a escoger (por ahora) la opción de perderlo todo. Por la sencilla razón de que no puedo pagarlo. Es gracioso, en Indonesia creen que por el hecho de ser extranjero tu dinero es infinito. Que puedes reconstruirlo y seguir adelante sin más. Pero todos sabemos que eso no es así. El dinero se acaba. Y a mí se me acabó hace muchos meses."

Vista de la zona Chill Out del Mandana Gili Air Antes del terremoto.
The Mandana Gili Air después del Terremoto

Pero Pak David -así le llaman los locales- no renuncia a su sueño, y ha creado una campaña en GoFundMe para recaudar fondos y poder reconstruir su hotel, su vida y la de todos sus empleados (y por extensión de sus familias). "Nuestras vidas han cambiado y han quedado marcadas por más de 500 movimientos sísmicos en 2 semanas. La pequeña isla de Gili Air se quiere levantar cuanto antes. No será la misma, pero será más fuerte. Queremos recupera la normalidad (dentro de lo posible) para ayudar a mantener el trabajo de los cientos de personas de Lombok que trabajan aquí. Que tienen que reconstruir sus casas y ayudar a sus familiares y vecinos".

Admirado JD, algún día iré a verte, a darte un abrazo, a que me enseñes tu querida isla y a recordar entre risas este amargo capítulo de tu historia.

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