La historia que relata esta novela sucede diez años después de la fundación de Marketinia. La crisis no parece remitir y los seres que un día protagonizaron spots televisivos y llenaron vallas de carretera, han cambiado por completo su forma de vivir. Y de morir.
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La crisis no se acababa nunca. Todos aquellos gurús de la economía mundial que habían vaticinado un final inmediato, tuvieron que buscarse excusas para justificar su tremendo error de cálculo. Ni luz al final del túnel, ni brotes verdes, ni nada de nada. Aquella desalentadora recesión parecía haberse instalado a vivir con la humanidad para siempre.

Ante tan desolador panorama, las empresas, los Estados y los organismos internacionales, que hasta entonces se habían limitado a tomar decisiones para salir del paso, tuvieron que sentarse de nuevo para empezar a plantearse medidas, si no permanentes, por lo menos a un plazo más que largo.

Fueron cientos los temas que se pusieron encima de la mesa. Un sinfín de cuestiones sobre cuyo futuro habría que llegar a una determinación. Y entre todos ellos, apareció el asunto de las mascotas publicitarias.

Aquellos personajes, que hasta entonces habían constituido potentísimas herramientas de marketing, de repente dejaron de ser útiles. Y ante la alarmante falta de recursos económicos que aquejaba a la población, a los ciudadanos empezó a traerles al pairo si los artículos que compraban eran de una marca o de otra. Lo único que les importaba era pagar lo mínimo posible por ellos. Es más, se dieron cuenta de que muchos de los productos que en el pasado la publicidad les había hecho sentir como necesarios, en realidad no les hacían fata en absoluto. Y si las marcas ya no servían para nada, los logotipos que las representaban, también habrían perdido su razón de ser.

¿Pero qué se podía hacer con ellos? La decisión no era nada fácil. Se barajaron diferentes posibilidades. Aunque algunos, los más radicales, abogaban por una ejecución generalizada, esa opción fue rápidamente descartada. Sí, era innegable que las cosas no tenía buena pinta, pero ¿quién sabe? Tal vez en un futuro, las desbocadas aguas de la economía volvieran a su cauce, en cuyo caso, aquellos variopintos portavoces multicolores de las marcas podrían ser de nuevo necesarios. De modo que, finalmente, se decantaron por el exilio forzoso. Se dictaría una excedencia por tiempo indeterminado para todos los logotipos y mascotas publicitarias.

Para tenerles más o menos localizados, se decidió que todos ellos vivirían en la misma ciudad. Se escogió un pequeño núcleo urbano en una anodina región del interior. Una vez acondicionado su nuevo hogar, las criaturas de la publicidad fueron conducidas hasta allí en cientos de autobuses, fletados expresamente para la ocasión. A partir de ese momento, dependerían exclusivamente de ellas mismas. Tuvieron que rehacer sus vidas, encontrar nuevos trabajos, elegir a sus representantes políticos y votar sus propias leyes. Así nació Marketinia.

La historia que relata esta novela sucede diez años después de la fundación de Marketinia. La crisis no parece remitir y los seres que un día protagonizaron spots televisivos y llenaron vallas de carretera, han cambiado por completo su forma de vivir. Y de morir.

Era tan suave se publica por entregas: cada día un capítulo. Puedes consultar el resto aquí.