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19/03/2013 18:37 CET | Actualizado 19/05/2013 11:12 CEST

Un jardín en la parte de atrás

Había una vez un colegio de una ciudad pequeña de provincias. El edificio estaba en el borde de la ciudad antigua y tenía dos puertas: una que comunicaba con el centro de la ciudad, por la que cada mañana entraban los hijos de los abogados, los médicos y los maestros, y otra trasera que daba a los barrios de los obreros.

Había una vez un colegio de una ciudad pequeña de provincias. El edificio estaba en el borde de la ciudad antigua y tenía dos puertas: una que comunicaba con el centro de la ciudad, por la que cada mañana entraban los hijos de los abogados, los médicos y los maestros, y otra trasera que daba a los barrios de los obreros. Sus hijos tenían que cruzar cada día una calle de cuatro carriles con un tráfico espantoso por un paso de cebra sin semáforos. Algunos acabaron allí sus cortas vidas.

En esa puerta trasera había un terreno triangular lleno de cardos y escombros que pertenecía al Ayuntamiento. Uno de los maestros, que habitualmente cuidaba el comedor, decidió dedicar ese tiempo que les quedaba libre a los niños que no iban a comer a casa, entre las clases de la mañana y la tarde, para enseñarles a cultivar un jardín. Recogieron los escombros, arrancaron los hierbajos, cavaron la tierra, la regaron y, finalmente, empezaron a plantar. Dedicaron una parte, la más externa, a poner plantas con flores: rosales, geranios, margaritas. Y en el interior, junto a la valla, los chavales aprendieron el milagro de la vida con las lentejas, las judías o los garbanzos que traían de casa y que rápido empezaban a germinar con sus altos tallos verdosos.

Así, los niños que cruzaban del otro lado, empezaron a presumir de jardín e incluso algunos padres del centro rodeaban el patio del colegio para ver aquellas lozanas margaritas y sentir la fragancia de las rosas.

Un día, el Ayuntamiento comunicó a la dirección del colegio que ese terreno era suyo y que tenía previsto acondicionarlo para poner un jardín. La dirección, sorprendida, le hizo saber que ya había un jardín, y que los niños estaban encantados. Pero el Ayuntamiento pensó que era peligroso, que estaba junto a la carretera, y que los niños no debían salir del recinto vallado del colegio.

A los dos meses, el jardín era de nuevo un estercolero lleno de hierbajos y, poco después, fue asfaltado. Una señora que miraba cada día desde su ventana a los muchachos trabajando con tanta ilusión, escribió varias cartas a los periódicos, y el Ayuntamiento, algo avergonzado, concedió el título de ciudadano ejemplar al maestro. Pero el jardín ya era solo un trozo más de asfalto gris en una ciudad llena de asfalto gris.

Recuerdo la tarde de mayo en la que el maestro hizo cerrar las persianas de la clase: "Es para que os concentréis mejor, como en el cine". Desde la calle llegaba el sonido de la excavadora que arrancaba las rosas y las plantas de tomates. Pero el maestro abrió un libro y comenzó a leerlo. Se llamaba Corazón.

Ese día supe que mi padre era un hombre especial y que el mundo era, en general, una mierda.