“No eres Slytherin. Tienes 36 años”: cuando Hogwarts dejó de explicar el mundo
La saga que marcó a los millennials ya no conecta con una Generación Z criada en la precariedad, el desencanto político y la burla de la nostalgia.

Durante años, Harry Potter fue algo más que una historia juvenil: funcionó como un idioma común, como una brújula moral o como un carnet generacional para millones de millennials, que crecieron haciendo cola a medianoche frente a las librerías para hacerse los primeros con los libros, tatuándose el rayo de la cicatriz que el joven mago lucía en la frente y jurando lealtad eterna a Hogwarts. Hoy, ese hechizo se ha roto. Y no porque el universo mágico haya desaparecido (los libros siguen vendiendo, los videojuegos arrasan y hay un rodaje de una serie en marcha, sino porque los jóvenes ya no quieren vivir en él.
Ese es el diagnóstico que plantea un ensayo que ha publicado The New York Times y que pone el foco no tanto en J. K. Rowling o en sus polémicas, sino en algo más profundo: el divorcio cultural que existe entre los millennials y la conocida como la Generación Z. Un choque de valores, de expectativas y de manera de mirar la política y el mundo.
Los millennials crecieron creyendo que la realidad se parecía a Hogwarts. Había villanos reconocibles, instituciones imperfectas pero reformables y una convicción de fondo de que, con valentía y decencia, los buenos acababan ganando. Por eso convirtieron la saga en un manual moral. Llevaron pancartas con lemas como “Dumbledore’s Army” o “Hermione wouldn’t stand for this!” a manifestaciones, compararon a líderes políticos con Voldemort y leyeron los libros casi como textos sagrados.
La Generación Z observa todo eso con sorna. O directamente pasa página. La burla al “adulto Harry Potter” se ha convertido en un género propio en TikTok, donde se ridiculiza a quienes siguen definiéndose por su casa de Hogwarts pasados los treinta. El mensaje es claro: esa identidad ya no resulta aspiracional.
Incluso la industria lo ha asumido. Cuando Warner Bros. estrenó Animales fantásticos en 2016, solo el 18% del público en salas eran niños; la mayoría superaba los 25 años. “Hemos visto envejecer a nuestra audiencia”, reconoció un directivo del estudio. El éxito reciente de Hogwarts Legacy o los planes de HBO para relanzar la saga apuntan, sobre todo, a la nostalgia de quienes ya estaban dentro del universo.
Lo que ha envejecido no es la historia, sino la cosmovisión que propone. El ensayo del New York Times lo plantea sin rodeos: Harry Potter encarna un liberalismo noventero optimista, heredero de la posguerra, que confiaba en la tolerancia, la no violencia y las instituciones democráticas. Un mundo donde el mal se derrota desarmándolo, no eliminándolo. Donde siempre hay una autoridad moral que acaba imponiéndose.
La Generación Z se ha formado en un escenario muy distinto: crisis financiera, precariedad estructural, salarios estancados, polarización política y una sensación persistente de que el sistema no funciona. Muchos jóvenes ya no creen que baste con ser decente ni que las reglas estén hechas para protegerlos. Tampoco se reconocen en historias “sobre ganadores”. “Es un libro de vencedores”, apunta un joven citado en el ensayo. “Y nosotros no nos vemos así”.
Ese desencaje se nota también en la política. Valores que durante años se asociaron a los lectores de Harry Potter —confianza institucional, rechazo de la violencia, fe en la democracia liberal— pierden peso entre los más jóvenes, más escépticos y más radicalizados en ambos extremos ideológicos. En ese contexto, la épica de Hogwarts suena ingenua, incluso condescendiente.
A diferencia de otras grandes sagas como El Señor de los Anillos o Las Crónicas de Narnia, Harry Potter arrastra una carga generacional muy concreta. No es solo literatura fantástica: es la identidad emocional de una cohorte. Y por eso envejece peor.
El ensayo cierra con una imagen que lo resume todo: el Espejo de Oesed, el objeto mágico que muestra el deseo más profundo del corazón. Para los huérfanos, familia; para los ambiciosos, poder. Para los millennials, quizá, un mundo donde bastaba con creer para vencer. “Era hermoso”, concluye la autora. “Y también demasiado bueno para ser verdad”.
La Generación Z ya no se mira en ese espejo. Y no parece tener ninguna intención de volver a Hogwarts.
