Los sionistas me han denunciado
"La finalidad es evidente: evitar que haya discursos públicos que contradigan y cuestionen la verdad oficial de la hasbará".

“¿A quién vas a creer, a mí o tus propios ojos?”. Esta pregunta que podría ser el reclamo publicitario de la última IA generativa creadora de imágenes fue enunciada por Chico Marx en Sopa de Ganso produciendo el pasmo de la Sra. Dumon y la carcajada de los espectadores ante una escena de cama sin sentido. También podría ser el lema del aparato propagandístico israelí.
Si le preguntas al gobierno de Netanyahu y a sus defensores, la hasbará se trata de las explicaciones necesarias que debe desplegar Israel para defenderse de las narrativas hostiles. Si le preguntas a cualquier otra persona, la hasbará no es más que la mayor maquinaria de propaganda del mundo. Cuenta con decenas de tentáculos encargados de desinformar con el fin de orientar a la opinión pública internacional y congraciarla con los intereses israelíes.
Por ser honestos, no se puede adjudicar a Netanyahu la creación de este gigante de la manipulación. Aunque el actual dirigente israelí la perfeccionó y adaptó al entorno digital, sus orígenes intelectuales se encuentran en Theodor Herzl y la necesidad, afirmaba el fundador del sionismo, de realizar labores de persuasión entre las potencias mundiales para conseguir apoyo. Su sucesor, Nahum Sokolov, será quien ponga la primera piedra al poner en marcha en Londres una red de diplomacia y propaganda con el fin de ganar las simpatías del Imperio Británico. Será a partir de 1948 cuando la hasbará se institucionaliza y se convierte en una herramienta gubernamental. Hoy en día se trata de una enrevesada estructura institucional que depende directamente de la oficina del Primer Ministro y que cuenta con un presupuesto que supera los 700 millones de dólares.
El objetivo es claro: no dejar un espacio informativo, digital o político sin impregnar de propaganda sionista. Aunque la prioridad es corregir y moldear la imagen de Israel en Estados Unidos, donde pusieron en marcha el proyecto “Voices of Israel” con decenas de millones de presupuesto para los servicios de lobby, no le hacen ascos a nada. Contrataron un ejército de influencers -que ahora les han denunciado por no haber recibido el pago correspondiente- para que promovieran su narrativa sobre el genocidio en Gaza; intentaron comprar a miles de periodistas, diputados, académicos y líderes religiosos con viajes con todo incluido a Israel; han invertido 150 millones de dólares para manipular los chatbots de IA más populares para que ofrecieran respuestas populares sobre Israel y más de 50 millones de dólares sólo en los últimos seis meses en anuncios de Youtube…
La capacidad de la hasbará y sus satélites para influir en el debate público es innegable. Su eficacia también. Para muestra un botón. El bulo de los cuarenta bebés decapitados por Hammás en el kibutz de Kfar Aza el 7 de octubre de 2023 que aún muchos consideran cierto. No hizo falta ni una sola prueba, ninguna evidencia verificable. Bastó con que una periodista israelí fabricara la noticia con supuestas fuentes militares y que el entramado propagandístico se pusiera a trabajar. Igual ha ocurrido con la hambruna en Gaza pero en dirección inversa. En lugar de inventarse algo que no ocurrió, la maquinaria se puso a trabajar para negar lo que estaba acreditado por testimonios, agencias internacionales y entidades independientes.
Y aún con todo ese arsenal de desinformación por tierra, mar y aire, a veces no es suficiente. Y es cuando además de la zanahoria toca sacar el palo. Y es de lo que se encarga ACOM, un satélite de toda esta red, una organización afincada en España que se encarga de justificar los crímenes de Israel. Su historial es bien conocido: hacer pasar la persecución a la solidaridad palestina por lucha contra el antisemitismo. Ha llevado a los tribunales a varios activistas del movimiento BDS (Boicot, Desinversiones y Sanciones) y ayuntamientos por adherirse a sus reivindicaciones. Y estos días, cuando la credibilidad del proyecto sionista etnonacionalista está por los suelos, ha redoblado la ofensiva para intentar acallar las voces críticas con el régimen israelí y nos ha denunciado. A las periodistas Silvia Itxaurrondo, Raquel Ejerique y Antonio Maestre, a la comunicadora Inés Hernand, a la activista del BDS Nadwa Abu-Ghazaleh y a diputados de Más Madrid Edu Rubiño y un servidor. La finalidad es evidente: evitar que haya discursos públicos que contradigan y cuestionen la verdad oficial de la hasbará. Y no tienen problema en pisotear la libertad de prensa, la libertad de expresión y los derechos políticos.
Con esta denuncia, igual que con todas las anteriores, pretenden silenciar el apoyo a la causa palestina y disciplinar a quienes muestran su repulsa al genocidio la ocupación de territorios palestinos y las políticas de apartheid. Pero se equivocan si piensan que van a achantarnos por llevarnos a los tribunales. Lo llevan claro. Porque creo tan firmemente que el antisemtisimo es un delito que hay que perseguir como que el antisionismo es un deber de quienes estamos comprometidos con los derechos humanos.
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