De casa ecológica a estercolero: instaló un aislamiento de hierba y ahora su buhardilla huele a basura las 24 horas del día
Varias familias en los Países Bajos denuncian náuseas y mareos tras instalarlos. El fabricante atribuye el hedor a una partida con materiales defectuosos.

“Es un olor casi imposible de describir. Imagina que juntas basura podrida con estiércol de una granja que lleva años cerrada”. Gerry Biondina no exagera. Esta vecina de Haarlem, a un paso de Ámsterdam, vive un calvario desde que decidió apuntarse a la moda de la sostenibilidad. Lo que iba a ser una reforma ecológica para ahorrar en la factura de la luz, subvencionada por su ayuntamiento, ha terminado convirtiendo su buhardilla en una zona de exclusión. Han pasado meses desde que retiraron el material, pero el hedor sigue ahí, según relata el diario regional Noordhollands Dagblad.
La pesadilla de Biondina empezó cuando decidió acogerse a un programa municipal de ayudas para la mejora de eficiencia energética de las viviendas antiguas. Todo el proceso parecía garantizado por el ayuntamiento, que gestionaba las subvenciones a través de una plataforma externa. Le aprobaron el proyecto, reservaron más de 2.000 euros de presupuesto y enviaron a los operarios. Sin embargo, lo que debía ser una solución sostenible se convirtió rápidamente en un problema de salud pública.
"Una peste que no se iba con nada"
En cuanto terminaron de colocar los paneles de hierba, la vivienda se volvió impracticable. “Desde la calle ya olía mal”, recuerda la afectada. Los instaladores le aseguraron que el olor era temporal y que desaparecería al sellar la estructura, pero fue justo al revés. La peste se filtró por toda la casa y aparecieron los primeros síntomas: náuseas, mareos y una tos persistente. Pese a la evidencia, Biondina se ha encontrado con un muro burocrático a la hora de vincular oficialmente sus dolencias con el producto.
Tras semanas de quejas y mucha insistencia, la empresa volvió para retirar el material. “Si no llego a plantar cara, todavía tengo esa porquería en el techo”, afirma. Pero el alivio no llegó con la retirada: un mes después, la buhardilla sigue inutilizable y el olor se ha quedado impregnado en las paredes y la ropa.
El origen del desastre: un lote podrido
El caso de Biondina no es el único, lo que apunta a un fallo sistémico en esa partida. Mientras la empresa instaladora intenta minimizar el impacto hablando de "casos puntuales", el fabricante ha tenido que dar explicaciones. El problema, al parecer, fue un fallo en la cadena de producción: un lote de paneles de hierba se humedeció más de la cuenta durante el proceso, lo que provocó que el material orgánico fermentara. Básicamente, instalaron un producto que ya se estaba pudriendo.
Aunque la fábrica insiste en que el olor no es tóxico y que los niveles cumplen la legalidad, otros informes independientes en viviendas afectadas han detectado una alta concentración de compuestos orgánicos volátiles en el aire.
Lo más grave para la afectada es que, además de tener la casa destrozada, el dinero de la subvención está en el aire. La organización que gestionaba las ayudas municipales está en una situación financiera crítica y ha dejado de responder a las reclamaciones. Biondina encara ahora el mes de febrero con la esperanza de que una nueva limpieza a fondo elimine el rastro del aislamiento defectuoso. Su objetivo sigue siendo el mismo, tener una casa eficiente, pero tiene clara la lección: “Quiero aislar la casa, pero con un producto que sea realmente fiable”.
