Perdió el olfato y lo recuperó oliendo romero cada mañana en el Ampurdán, como hacía su abuelo destilador: "Al cabo de meses, la vida volvió"
Puede parecer una circunstancia menor pero según varios estudios, alrededor del 80% de lo que entendemos como sabor depende en realidad de la nariz.
Hay sentidos que creemos secundarios hasta que desaparecen. Entonces todo cambia. El perfumista y creador escénico Ernesto Collado lo comprobó cuando dejó de oler el mundo y empezó a oler algo que no existía.
Durante su paso por el programa El Lápiz de memoria, Collado hiló canciones, teatro y memoria para contar una historia que termina siendo una defensa apasionada del sentido más olvidado: el olfato.
Libertad, intuición y tablas
Formado en el Institut del Teatre, Collado construyó su trayectoria moviéndose entre la creación propia y trabajos para televisión y cine. Esa dualidad, lejos de diluir su identidad artística, le dio margen para arriesgar. La estabilidad económica —explica— le permitió ser más radical en escena, asumir proyectos que no buscaban agradar sino explorar.
Entre sus experiencias más intensas recuerda la interpretación de Federico García Lorca en el Teatro de la Abadía, bajo la dirección de José Luis Gómez. Describe aquella etapa como un estado de trance creativo, una conexión total con el texto y el cuerpo.
No aceptó después una propuesta profesional relevante. No por miedo, sino por intuición. Esa brújula interna —dice— le ha guiado siempre. También la música ha sido una referencia estética. El concierto filmado Stop Making Sense de Talking Heads le enseñó que un escenario puede construirse desde la desnudez, sumando capas con sentido.
Cuando el cerebro inventa olores
El punto de quiebre llegó en 2015. Collado empezó a sufrir fantosmia, una alteración neurológica que provoca la percepción de olores inexistentes.
Durante más de dos años convivió con un hedor persistente, imaginario pero real en su experiencia. No había tumor ni enfermedad degenerativa. Solo un cerebro enviando señales equivocadas.
La consecuencia fue devastadora
Sin olfato —o con un olfato distorsionado— la relación con el entorno se desdibuja. La comida pierde matices, los vínculos se alteran y la memoria se resiente.
No es exagerado: alrededor del 80% de lo que entendemos como sabor depende en realidad de la nariz. Además, el olfato está conectado directamente con el sistema límbico, la zona cerebral asociada a emoción y recuerdo. No reconocer el aroma de tus hijos o de tu pareja no es un detalle menor; es una grieta en la identidad.
Volver al origen: romero al amanecer
La recuperación no fue inmediata ni milagrosa. Fue un entrenamiento. Instalado en el Ampurdán, Collado empezó cada mañana un ritual sencillo: oler plantas aromáticas asociadas a recuerdos positivos. Entre ellas, el romero que destilaba su abuelo, el perfumista industrial José Collado Herrero.
El método, conocido como entrenamiento olfativo, consiste en estimular de forma repetida y consciente la memoria aromática. Mes tras mes, algo cambió. Los olores comenzaron a regresar, primero tímidos, luego más nítidos. “Fue como despertar”, resume. La vida, dice, volvió con ellos.
De esa experiencia nació Bravanariz, su proyecto olfativo, y el libro Ensuma, donde reivindica el olfato como herramienta de conocimiento. En una sociedad dominada por pantallas y estímulos visuales, detenerse a oler implica otra velocidad. Exige presencia, atención, intimidad.
Oler no es consumir imágenes. Es entrar en contacto químico con el entorno. Para Collado, recuperar el olfato no fue solo sanar un síntoma, sino redescubrir una forma de estar en el mundo.
La huella invisible
Su biografía incluye escenas tan dispares como la infancia entre caballos —“encima de un caballo estaba en casa”— o la experiencia juvenil como botones en un torneo vinculado al entonces príncipe Carlos de Inglaterra. Pero si algo atraviesa su relato es la idea de rastro: igual que los aromas, la vida deja señales invisibles que permanecen.
La conversación se cerró con Rock of Gibraltar, dedicada a su pareja y a sus cuatro hijos. Un guiño musical para recordar que, aunque no siempre se vean, hay vínculos que se perciben. A veces basta con un poco de romero al amanecer para volver a sentirlos.