Los muertos salen, llegan a las casas, se sientan, charlan sin charlar y regresan allá, lejos, tras saber que todo sigue ese orden impreciso en el que todos los vivos entienden que deben cruzar en algún momento de su lado. Y la fiesta, en este país con tanta imaginación y necesitado de vender su tanta vida, se desparrama por calles, montañas y cementerios. Es el Día de los Muertos en México.
La capital mostró su lado más multicultural durante el pasacalles del carnaval, en Tetuán; un carnaval único y diferente, con diversidad de personas y tradiciones. Predominó el color. Dominicanos, paraguayos y africanos mostraron vestimentas, danzas y música de sus países de origen. Los españoles llevaron disfraces más burlescos, más castizos.
Madrid estaba iluminado, pero podría ser Las Vegas o el año nuevo chino. En Sol, restos de carteles de la manifestación contra el maltrato ambiental; la gente comentando sus compras del Black Friday, una americanada que hemos adoptado. No olía a castañas asadas; no había luces de campanas; ya no oigo villancicos porque dicen que es mejor el karaoke oriental...