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20/05/2013 08:25 CEST | Actualizado 19/07/2013 11:12 CEST

Revisando la mítica de la masculinidad

Desde la misma manera que las mujeres han sido heterodesignadas por unas estructuras viriles que condicionaban su lugar en el mundo y sus oportunidades como ciudadanas, también nosotros hemos sido esclavos de la socialización en valores e imperativos que nos señalaban cómo ser "hombres de verdad".

Escribo estas líneas el día en que todos recuerdan el prototipo que en tantas películas representó Alfredo Landa. Se recuerda en todos los medios, entre la nostalgia y el reconocimiento que en otros momentos no tuvo, un tipo de cine que constituye sin duda un espejo de cómo eramos y por tanto también de lo mucho que hemos cambiado en apenas tres décadas. En esas películas de los 60 y los 70 Alfredo Landa interpretó como nadie el modelo de hombre que, más allá de los condicionantes políticos y sociales que en nuestro país lo alimentaron, ha sido el dominante durante siglos en el orden cultural que constituye el patriarcado. Y aunque han sido muchos y significativos los avances que en materia de igualdad de género nuestro país ha ido conquistado sobre todo en la última década, todavía hoy comprobamos cómo el patriarca se resiste a desaparecer e incluso cómo en ocasiones hasta parece reforzarse en un contexto propicio para que acabe triunfando la ley del más fuerte.

Hemos superado el landismo... pero no del todo. Es decir, el modelo de hombre que llevaban al extremo de la parodia ciertas películas españolas pervive si bien bajo una cobertura de avance igualitario y, por supuesto, con significativos movimientos de ruptura con la herencia de la que tanto cuesta desprenderse. Aunque yo fui educado en democracia, y afortunadamente apenas viví la penosa dictadura, también fui instruido en lo que John Stuart Mill denominó "la pedagogía del privilegio". Es decir, en la convicción de que mi papel en la sociedad respondía a una división tajante entre lo masculino y lo femenino, la cual a su vez determinaba los otros binarios que durante siglos han dado vida a un concepto tan controvertido como el de "género". Me refiero a las oposiciones jerárquicas que aún hoy continúan marcado el lugar de mujeres y hombres en la sociedades: público/privado, razón/emoción, cultura/naturaleza. Y así, desde la misma manera que las mujeres han sido heterodesignadas por unas estructuras viriles que condicionaban su lugar en el mundo y por tanto sus oportunidades como ciudadanas, también nosotros hemos sido esclavos de la socialización en determinados valores e imperativos que nos señalaban cómo ser "hombres de verdad". La diferencia sustancial entre unas y otros es que ellas han vivido históricamente subordinadas y nosotros hemos gozado del privilegio de los poderes.

De ahí que como no me canso de repetir en los últimos años, los avances en materia de igualdad no serán más significativos hasta que no nos tomemos en serio dos objetivos que deben correr en paralelo. De una parte, la implicación militante de los hombres en las batallas por la igualdad, desde el entendimiento de que, como bien decía Toni Morrison, la lucha del feminismo no es contra nosotros sino contra el patriarcado. De otra, la reflexión crítica sobre la masculinidad y, a partir de ella, la reconstrucción no sólo de nuestra subjetividad sino también de un pacto social hecho a imagen y semejanza de los que siempre hemos detentado el poder.

Sólo mediante esa doble estrategia, unida por supuesto a las que debemos seguir activando en beneficio de las mujeres que continúan siendo múltiplemente discriminadas, iremos acercándonos progresivamente al objetivo de una democracia paritaria. Una democracia que no sólo debemos entender en el sentido meramente cuantitativo, el cual haría referencia al reparto equilibrado de poderes y responsabilidades tanto en lo público como en lo privado, sino que al mismo tiempo habría que asumir en un sentido más cualitativo. Es decir, el que implica la revisión de unas reglas del juego, dominadas por los valores e intereses masculinos, incorporando a ellas los tiempos, los valores y las actitudes/aptitudes que durante siglos las mujeres han ejercitado desde su rol patriarcal de cuidadoras y sostenedoras de la vida. Todo un reto que ha de partir de la deconstrucción de la masculinidad concebida como imperativo categórico y de la revisión crítica de los dos elementos con los que el patriarcado la dotó de contenido: 1º) la conexión con el ejercicio del poder y la violencia; 2º) la negación de lo femenino. A partir de esta urgente labor, que nos obligará entre otras cosas a mirarnos en el espejo y descubrir también las heridas que arrastramos bajo nuestra coraza de héroes, habría que proceder a una sustantiva transformación de la ciudadanía, de los marcos jurídicos del ejercicio del poder y los derechos, así como a una revisión radical de ámbitos como la familia o a un más significativo avance en la efectiva garantía de las diversas maneras de entender la afectividad y la sexualidad.

La superación de la subjetividad masculina modelada por el patriarcado implica pues asumir que también nosotros tenemos género y que, por lo tanto, hay múltiples factores sociales y culturales que nos hacen hombres. Lo cual nos lleva a su vez a la conclusión de que el avance en la igualdad de derechos pasa necesariamente por la reconstrucción crítica de dicho modelo y de las clausulas de un contrato que durante siglos nos colocó en una posición privilegiada. Sólo desde la revisión del modelo heteronormativo, cuya expresión más castiza podrían ser los personajes que Landa interpretó en un cine que nos retrataba a la perfección, será posible seguir avanzando para que el XXI sea, al fin, el siglo en el que mujeres y hombres compartamos espacios y tiempos en condiciones de igualdad.

Octavio Salazar Benítez, Masculinidades y ciudadanía. Los hombres también tenemos género. Dykinson, Madrid, 2013. Puedes descargarte aquí las primeras páginas del libro.

Fotografía de la portada del libro: La lección de esgrima, de Fernando Bayona.

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