Apología del rencor en el desorden global
Resurgen pulsiones nacionalistas y reaccionarias, que incitan zafarranchos de pánico ante movimientos tectónicos como no habíamos conocido en nuestro tiempo vital
A propósito del desorden global y su decurso vertiginoso de sacudidas que anuncian cambios de era, se amontonan los estudios especializados y ensayos politológicos cuyo hilo conductor intenta dar cuenta de las corrientes de fondo que expliquen los seísmos geopolíticos que nos toca vivir.
Si hay un denominador común que pueda ser destacado en la conducta desarreglada de los actores globales, ese es, seguramente, el ascenso del resentimiento emocional —el rencor— como motor político. El predominio de las emociones negativas no solo sobre el razonamiento sino también sobre las emociones positivas (que también las hay: compasión, empatía, memoria de un comportamiento honorable del que alguna vez estuvimos orgullosos...) afecta a los gobernantes en lo que Andrea Rizzi ha explicado agudamente como "era de la revancha". Pero impacta, asimismo, en el estado mental y de ánimo de los gobernado.
Sin 75 millones de votos de resentimiento contra el declive de los EEUU y el empobrecimiento de sus clases trabajadoras en la era de la globalización, seducidos por el corrosivo mensaje de Trump: “I am your vengeance!” ("¡YO soy vuestra venganza!"), mensaje pronunciado en su incendiaria campaña de regreso (y "revancha") a la Casa Blanca, cargado de discurso de odio y desprecio por la ley ("no reconozco otra que la de mi moral", espeta el magnate, ebrio de poder sin límites ni contrapesos). Estas palabras suponen una brutal patada a lo que quedaba en pie del orden internacional basado en reglas y principios, una más dentro de las que infringe esta Presidencia de los EEUU desde el primer día de su mandato.
Sin una ciudadanía cada vez más entregada al mesianismo bíblico del "gran Israel" incompatible con ninguna otra identidad en esa porción de Oriente Medio que creen prometida por Dios, sin décadas de guerras sin fin ni perspectiva de asiento de una convivencia aceptada por su vecindad, parecería alucinante que una sociedad democrática como la israelí manifestase tan altos niveles de apoyo demoscópico a la agresión a Irán, largamente percibido como amenaza existencial con que no caben medias tintas.
Sin una población rusa demográficamente declinante, dispersa en un territorio inmenso sin acceso a fuentes propias de información contrastable, envejecida y nostálgica de la retórica imperial de la antigua URSS. Resentida por la pérdida de influencia y de respeto por terceros que el todopoderoso Kremlin calificó como "la mayor catástrofe geopolítica del s.XX", sería incomprensible la aplastante concentración de poder que personifica Putin en el país más extenso de la Tierra, señor de la Guerra, de todas las esferas e instituciones de su vida política, económica y social.
Sin una masa poblacional tan descomunal como la de China, en que el turbo-capitalismo de Partido único impuesto por el Partido Comunista de China (PPCh) en la República Popular China (RPCh), sacando de la pobreza a cientos de millones de trabajadores que han acrecido una ingente clase media, y sin el recuerdo profundo —de nuevo, emociones negativas— de un pasado aún reciente de prolongada humillación y penuria ante "Occidente" (desde las "guerras del Opio" y los "Unequal Treaties" que les obligaron a abrir sus puertos a Reino Unido y EEUU, hasta las "concesiones internacionales" que les privaron de soberanía sobre ciudades principales como Shanghái). Sería asimismo inexplicable la pujanza global del gigante asiático, imparable en su penetración en escenarios impensables —África, América Latina...— hace apenas unas décadas.
Esa es igualmente la dinámica histórica que subyace a las tensiones que experimenta la UE. Obligada a madurar deprisa, a abandonar forzosamente su zona de confort en la "edad de la inocencia" de los ahora llamados "dividendos de la paz", para abrazar su "RearmUE" como transición hacia su "autonomía estratégica" y su propia Defensa y Seguridad, a la vista del drástico giro de hostilidad y desprecio por quien ha sido durante décadas su aliado y su garantía ante cualquier amenaza en el marco de la OTAN.
Es cierto que hay corrientes europeístas, en quienes apostamos por inversiones conjuntas financiadas con eurobonos para posibilitar la integración estratégica de nuestras (desiguales) capacidades nacionales, así como su interoperabilidad, su movilización potencial bajo un mando unitario, y su ciberseguridad en escenarios mutantes.
Pero es también evidente que resurgen pulsiones nacionalistas y reaccionarias, que incitan zafarranchos de pánico ante movimientos tectónicos como no habíamos conocido en nuestro tiempo vital, de profundidad y proporciones aún inescrutables.
Con discursos trufados de falsedades históricas, mixtificaciones y simplificaciones de acontecimientos y fenómenos tan complejos como irreversibles (la “globalización”, demonizada como "Agenda 2030"; el calentamiento climático exorcizado como "fanatismo", la movilización feminista impugnada como "woke"), formaciones populistas de ultraderecha y reaccionarias incitan y alimentan el resentimiento y rencor de cuantos se sientan vulnerables ante la enormidad de la mundialización de la economía (y el comercio) y de la geopolítica.
Y apuntan así a cosechar votos, elección tras elección, entre una ciudadanía (de nuevo, responsabilidad individual y colectiva de "los gobernados" frente a los gobernantes) cada vez más expuesta a la explotación sin escrúpulos de emociones negativas en un medio dominado por las redes sociales y el modelo de negocio (algoritmos adictivos) de las grandes plataformas tecnológicas, en manos de tecno-oligarcas y sus políticas de extrema derecha.
La apología del rencor y del resentimiento recorre así, mar de fondo, este desorden geopolítico minado por el retorno de la guerra como herramienta de poder, puro y duro, y de su hegemonía sobre sus ambicionadas "esferas de influencia", sin pretextos ni argumentos que invoquen, siquiera como pretexto, una sola regla de lo que quede en pie del Derecho internacional. "¿Para qué?”, proclaman despectivamente quienes bombardean sin tregua ni plan a la vista para el día de mañana.