'Constelaciones' y 'Tres noches en Ítaca' o un borrón lo comete cualquiera
Peris-Mencheta y Alberto Conejero han vuelto a los escenarios con resultados lejos de lo que se espera de ellos.
Había mucha expectación con Constelaciones, de Nick Payne, dirigida por Peris-Mencheta en el Centro Dramático Nacional, y con Tres noches en Ítaca, de Alberto Conejero, en Nave 10 Matadero. El primero porque se esperaba que consiguiera dar un vuelo distinto a la obra. Del segundo por la calidad literaria y poética de sus textos dramáticos. Sin embargo, algo no ha ido bien esta vez, y quedan lejos de las expectativas que habían generado.
De las dos se puede decir que Tres noches en Ítaca sale algo mejor parada por la inteligencia de María Goricelaya, la directora. Consciente de que Conejero le ha entregado un melodrama con notas de comedia, con algo de reivindicación social feminista y de la escuela pública, no le duele en prendas lanzarse al mismo. Lo que es un acierto. Y si no llevase la firma de Conejero podría ser un telefilme o una película indie de cierto prestigio con buenas actrices en un entorno idílico.
La historia trata la reunión de tres hermanas en un pequeño pueblecito de una isla griega. Su madre ha muerto y las convocan de urgencia para el entierro y el funeral. Una madre que, a sus cincuenta, harta de un marido que le ponía los cuernos siempre que tenía ocasión y a la que solo la quería como su chacha, huyó a esa islita donde se construyó una nueva vida.
Por supuesto, las hijas se sintieron abandonadas, pues poco sabían o se daban cuenta de la relación que había entre sus padres. Más cuando la huida coincidió el diagnostico de una enfermedad grave de este. Y crecieron a su suerte. Una como científica de prestigio, siguiendo los pasos y deseos del padre. Otra como ama de casa que ayuda en la gestión administrativa de la empresa de guantes de su marido. Y otra como actriz, con un problema de adicciones.
La reunión da para mucho, claro está. Pero, sobre todo, para el reproche y para descubrir de verdad quienes eran papá y mamá. También para posicionarse con respecto a dichas figuras y con respecto a sus hermanas. Y, por supuesto, para contarse sus vidas, más bien ahondar en ellas.
Y, si no es un dramón al uso, es por esa hermana ama de casa de la fábrica de guantes que harta de la vida aburrida que lleva al lado de un marido más aburrido aún, decide darse a la vida mediterráneamente griega y un gusto para el cuerpo. Ese tipo de personaje simpático que alegra con sus ocurrencias y peripecias la función, y que Amaia Lizarralde convierte en una delicia por saber combinar esa mezcla de diversión y pragmatismo, al estilo de por ejemplo Susan Sarandon, reciente premio Goya Internacional, en la que se mueve como pez en el agua.
Todo ello puesto en una aparatosa escenografía dividida en dos mitades. Una llena de velas de barco y la otra con una casa elevada lo que obliga a las actrices a saltar cada vez que entran y salen de ella. Y en un lateral unas cabras. Un escenario que parece temer el horror vacui, cuando hay tres actrices en escena que con solo decir su texto serían capaces de crear toda la isla en la imaginación del espectador. Porque a Amaia se le unen Marta Nieto y Cecilia Freire. ¿O no ocurre eso cuando cuentan el funeral de la madre?
Constelaciones también peca de un exceso escenográfico. En esa afición que le han cogido en el Teatro Valle Inclán en ocupar el patio de butacas y poner gradas, hay un exceso de espacio para lo que va a ser un escenario circular que dará vueltas delante de otro escenario en el que tocará una banda. Disposición que hace que se vea mejor en las butacas de frente que en las laterales, y que hubiera sido mejor para el público dejarla en la configuración habitual de esta sala.
La historia es sencilla y se basa en la teoría cuántica del gato de Schrödinger, según la cual un gato podría estar vivo y muerto a la vez, porque depende de la probabilidad. En este caso, una pareja podría estar viva o no, porque depende de la probabilidad de que se conozcan, de que no tengan otras parejas y de que quieran tenerla.
Todas esas opciones dan lugar a repetición de escenas con pocas variaciones. Las suficientes para que la posibilidad de que se produzca el encuentro y se mantenga en el tiempo se dé o no. Una polifonía de probabilidades que al final acaba construyendo una trágica historia de amor del tipo de Love Story. Es decir, trágica porque uno de ellos, probabilísticamente hablando, le tocará una enfermedad grave y al otro le tocará cuidarle.
Aquí el problema es que la producción es demasiado grande para la historia tan pequeña que se cuenta. Seis actores, de los que cada noche se elegirán dos al azar para representar la función, lo que es un problema si la pareja elegida no es capaz de crear química entre ellos. A los que se añade dos maestros de ceremonia que cambian en función del día, y que dirigen una pequeña banda formada por los actores que no han salido elegidos para representar la obra. Una banda que tocarán una banda sonora también elegida al azar al principio.
El caso es que a medida que pasa la función se pierde interés en lo que va a pasando en escena. Ya da igual que sigan o no, que se quieran o no, ni siquiera te llega la emoción de la desgracia terminal que sufre uno de ellos. Tan solo se espera que se acabe la función. Aplaudir como agradecimiento por el esfuerzo e irse.
Podría parecer que el problema está en el texto. Incluso a la salida se podían escuchar comentarios al respecto. Pero no es así. Es un texto dramático lleno de posibilidades para poner en escena y es de suponer que a un director como Peris-Mencheta y al Centro Dramático Nacional fue justo eso lo que les hizo pensar que era un buen proyecto, por el que merecía la pena apostar. Pero cualquiera comete un borrón y con más posibilidad cuando asume riesgos, como ocurre en esta función.
¿Invalidan estos resultados escénicos a estos dos profesionales del teatro? No deberían hacerlo, sobre todo, por el currículo que tienen. Lo que sí debería servir es para recordar que nadie tiene el don de la infalibilidad, ni siquiera la crítica ni el público, que pueden no haber visto lo que ellos han querido mostrar. Incluso, que viendo las reacciones de los espectadores y de los críticos las producciones cambiasen. Es lo bueno del teatro, que está vivo y abierto al cambio.