El internet que conocíamos
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El internet que conocíamos

"No tiene sentido limitar las medidas de protección a una edad concreta y mantener al resto de la sociedad bajo el dominio de bandoleros digitales, saqueadores de atención y promotores de la pérdida de autoestima individual y ruptura de la convivencia".

Ilustración con el propietario de Telegram, Pável Dúrov, y el mensaje que envió alertando del Gobierno de Pedro Sánchez, sumándose a los ataques de Elon Musk.Aurora Pascual / El HuffPost

El director de cine Nacho Vigalondo hablaba de la chiripa histórica de haber conocido casi por igual un mundo sin internet y otro que cuesta imaginar sin él. Formo parte de esa afortunada generación que sabe lo que era ese ruido metálico, lleno de pitidos, imprescindible para conectarte a internet. Un internet que iba a pedales, que bloqueaba la línea telefónica en casa y que estaba atado a una habitación y una mesa. En 2012, Oona Räisäsen, una programadora finlandesa, examinó esa sucesión de pitidos y concluyó que se trataba de una curiosa negociación entre módems. Y aunque sabemos que ese internet no es que se haya roto sino que directamente ya no existe, hoy seguimos en medio de otra nueva negociación -bien perfi lada en el podcast “Amigo Internet”, del Ciberlocutorio de Anna Pacheco y Andrea Gumes- sobre qué hacemos, quiénes somos y a dónde vamos con internet.

Pedro Sánchez anunció el pasado martes que España se va a unir a otros países europeos y prohibirá el acceso a redes sociales a menores de dieciséis años. Lo que parecía un nuevo globo sonda, una nueva declaración destinada a cazar titulares, puede haber desencadenado algo más grande: una declaración de guerra al tecnofeudalismo. Una posición aplaudida si se mantiene y desarrolla con un mínimo de seriedad. Sin embargo, si ese enfrentamiento se limita a capar a los más jóvenes el acceso a las redes e intercambiar unos cuantos zascas con Elon Musk en su propia red, más que una política de Estado parece la enésima performance de quien tiene el BOE en su mano pero prefiere tuitear.

Pero aún hay margen.

Es indudable que el anuncio ha resonado en la camarilla de CEOs ansiosos por ser invitados a la Isla de Epstein. Solo así se entiende el mensaje masivo de Pavel Durov a todos -o eso dicen, yo aún sigo esperando- los usuarios de Telegram en España advirtiéndonos sobre el carácter malvado y dictatorial de Pedro Sánchez. (Pobre Pável, ojalá alguien le hubiera advertido de que llevamos oyendo siete años la misma cantinela y no cuela). Esa airada reacción es una muestra más de la magnitud del problema, aunque no deja de ser paradójica la respuesta del gobierno. Una invitación de Óscar Puente a desinstalar dicha aplicación precisamente desde ¡¡twitter!!, una red social donde se fomenta la pornografía infantil, los deepfakes y la difusión de mensajes de odio que buscan influir en las elecciones para favorecer a las opciones de ultraderecha. Cualquier mal pensado diría que el ministro nos insta a desechar aquello que no le permite cosechar likes y titulares.

Si nos encontramos ante el salvaje oeste digital, como dijo Sánchez y yo comparto, no tiene sentido limitar las medidas de protección a una edad concreta y mantener al resto de la sociedad bajo el dominio de bandoleros digitales, saqueadores de atención y promotores de la pérdida de autoestima individual y ruptura de la convivencia. Hay que poner orden acá y allá. Sirva como inspiración el análisis y las propuestas, superando la habitación del pánico, que planteó el filósofo César Rendueles en la “Comisión de estudio sobre el uso de móviles entre los menores” de la Asamblea de Madrid. Pese a ser un parlamento que nos tiene acostumbrados a otro tipo de política, en este caso nos ofrece buenas coordenadas para comenzar este viaje. Una apasionante y acuciante travesía en la que vamos a necesitar esfuerzos coordinados, firmeza institucional y horizontes deseables que compensen las incomodidades iniciales.

Desde hace un par de siglos sabemos que la acumulación de poder y de riqueza es incompatible con la democracia. Hoy esa amenaza toma forma de algoritmos privados de difusión masiva sin control, pérdida de soberanía tecnológica y ausencia de privacidad digital. Por eso mismo tiene sentido plantar cara a los tecnofeudalistas sí, abordando el problema en su totalidad. Pero no nos engañemos, no va a ser sencillo ni cómodo. No lo van a poner fácil los poderosísimos intereses económicos de las grandes corporaciones, ni se va a desmontar de la noche a la mañana algo que ha penetrado tanto en nuestro día a día. Y sin embargo, es evidente, que merece la pena el esfuerzo, la imaginación y los cambios que requiere. No es solo el futuro de internet, son nuestras vidas y son demasiado valiosas como para dejarlas al vaivén de los algoritmos y de los intereses de quienes los manejan.

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Diputado de Más Madrid en la Asamblea

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