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Irán: cuando cae el derecho, los humildes pierden

Irán: cuando cae el derecho, los humildes pierden

"La influencia exterior de la UE no se ha construido por ser una potencia militar sino sobre otro tipo de poder: la capacidad de generar reglas, estándares y consensos internacionales". 

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez
El presidente del Gobierno, Pedro SánchezEFE

Hace ya doscientos años, Carl von Clausewitz dejó escrito “La guerra no es la continuación de la política sino su desaparición por la fuerza bruta”. Pero esa frase, tantas veces citada, suele olvidarse de su reverso: cuando la guerra sustituye al derecho, las disputas solo pertenecen a los más fuertes y, casi siempre, a costa de los humildes.

La crisis abierta por la escalada militar entre Estados Unidos, Israel e Irán vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda pero decisiva: ¿qué nos queda hoy del orden internacional basado en reglas? El debate no trata sobre las simpatías por el régimen iraní, cuya deriva autoritaria y represiva, sus amenazas constantes a desarrollar programas de enriquecimiento de uranio y su voluntad de ser un agente desestabilizador regional nadie ignora en Europa, y mucho menos apoya; sino de algo mucho más profundo: la defensa de la convicción de que el derecho internacional existe, sobre todo, para proteger a los que no tienen poder de los que tienen la tentación de abusar de él.

El jurista Hans Kelsen, uno de los grandes arquitectos del pensamiento jurídico internacional del siglo XX, lo expresó con claridad: “El derecho es, en última instancia, la organización de la fuerza”. Sin reglas, la fuerza no desaparece; simplemente deja de tener límites. Al fin y al cabo, el derecho internacional no es más que la suma de voluntades políticas impulsadas desde las democracias liberales de poner reglas, compromisos jurídicos sustentados en principios y convicciones éticas. Por eso, cuando se rompen esas reglas, el debate no puede versar sobre los éxitos o fracasos desde el punto de vista geoestratégico sino, especialmente, sobre valores.

Eso somos especialmente los europeos: una comunidad política sustentada en principios y valores. Y así, la brújula estratégica de seguridad de la UE sigue apostando textualmente por “un orden mundial basado en normas con el multilateralismo como principio esencial, y articulado en torno a las Naciones Unidas”. Por eso, desde un punto de vista europeo, ninguna acción bélica que no lleve el amparo del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas puede ser respaldada. Simple.

Naciones Unidas, su Consejo de Seguridad, es la última instancia donde la fuerza debe justificarse ante la comunidad internacional. Puede bloquearse, puede funcionar mal, puede ser frustrante. Debe reformarse. Pero su alternativa no es un sistema más eficaz: su alternativa es el vacío. Y en el vacío mandan las armas, no la política.

Incluso el trío de las Azores -George W. Bush, Tony Blair y Jose María Aznar- sabían de su importancia e intentaron, sin éxito, aprobar la Resolución 1441 del Consejo de Seguridad de la ONU antes de iniciar la guerra de Irak en 2003. En aquellos debates no se pudo demostrar la existencia de armas de destrucción masiva por parte del régimen iraquí, la Resolución fue rechazada y la guerra fue declarada de manera ilegal. Pero ese hecho demostró la garantía de un orden internacional basado en reglas, cuando las mismas se cumplen por todos los actores. Cuántos horrores pasados debemos al error que cometieron los de las Azores…

En el caso de Irán, hoy, un Estado fundador (EE.UU.) y un Estado consecuencia de las propias Naciones Unidas (Israel), ni siquiera lo han intentado. Se ha actuado primero, se ha discutido después, convirtiendo la diplomacia en una conversación posterior a los misiles, a una sucesión de hechos consumados.

Por eso, no se pueden tolerar las recientes declaraciones de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, al sugerir que la Unión Europea ya no puede confiar en el orden internacional basado en reglas como eje de su acción exterior.

La influencia exterior de la UE no se ha construido por ser una potencia militar sino sobre otro tipo de poder: la capacidad de generar reglas, estándares y consensos internacionales. Renunciar a ese papel sería renunciar a una de las pocas ventajas estratégicas que Europa posee en el mundo contemporáneo. En otras palabras: Europa no debe convertirse en un actor más del cinismo global. Y mucho menos, como está sucediendo, formar parte de esta ruptura ética con nuestros principios que supone, al mismo tiempo, una ruptura de nuestra unidad política. Flaco favor a la historia comunitaria está suponiendo la presidencia de la alemana.

Y mientras tanto, en España, el Partido Popular vuelve a demostrar que no tiene más criterio en política internacional que estar a la contra del Gobierno, sin más reflexión ni más estrategia que la de confrontar por confrontar. La derivada de la discusión posterior y de los propios acontecimientos, incluso por países de la órbita ultraconservadora como Italia, convierten a los de Feijóo en un trampantojo político. Quizá por eso convendría recordar una máxima atribuida a Abraham Lincoln: “Es mejor permanecer en silencio cuando no eres capaz de mejorarlo.” A veces la prudencia también es una forma de patriotismo.

Al final, la cuestión de fondo es mucho más simple de lo que parece. No se trata de elegir entre Trump y los ayatolás. Se trata de decidir qué tipo de mundo queremos: uno basado en reglas que nos comprometan a todos o una selva dominada por unos pocos poderosos.

Por eso, España acierta al defender el multilateralismo. Por eso, Europa debe perseverar en esa defensa. Y por eso, conviene recordar que el orden internacional basado en reglas no es una reliquia del pasado. Es, todavía hoy, la única barrera que separa la política del caos.

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Sergio Gutiérrez es portavoz de Asuntos Exteriores del Grupo Parlamentario Socialista en el Congreso y diputado por Toledo.

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