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Un tributo a la memoria de Gil Carlos Rodríguez Iglesias (1946-2019)

Un tributo a la memoria de Gil Carlos Rodríguez Iglesias (1946-2019)

El euroentusiasmo era entonces el espíritu ampliamente predominante en el estado de ánimo de la sociedad española...

Gil Carlos Rodríguez Iglesias, por Juan Fernando López Aguilar
Gil Carlos Rodríguez Iglesias, por Juan Fernando López Aguilar

Para quienes no tengan frescos los episodios nacionales de la integración de España en la construcción europea —cumplidos 40 años desde la adhesión efectiva (1 de enero de 1986)—, bueno es recordarles que uno de los más brillantes lo escribió el eximio jurista español que fue Gil Carlos Rodríguez Iglesias (1946/2019), primer Juez propuesto por nuestro país al Tribunal de Justicia de la UE/TJUE, cuya Presidencia ostentó con todo merecimiento durante 9 años (1994/2003), dos mandatos consecutivos, por elección de sus pares.

El pasado 26 de mayo tuve el honor de participar en el Simposio Gil Carlos Rodríguez Iglesias, celebrado en el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales/CEPC en memoria de tan brillante referente del Derecho europeo. A lo largo de toda una jornada se sucedieron paneles del mayor interés acerca del estado presente y del futuro de la UE, animados no solo por especialistas de Derecho internacional sino también por constitucionalistas y publicistas de varias disciplinas, toda que no hay segmento del ordenamiento interno que no haya sido iluminado, sino invadido, por la normativa europea.

No sorprende que abundasen los profesores que nos formamos en Granada: no en vano Gil Carlos fue catedrático de esta Universidad, en la que quienes teníamos 20 años en los 80 del pasado siglo le admiramos desde su aterrizaje en el área de Derecho internacional, docencia en la que fue promovido, por el Gobierno de Felipe González, como miembro español del TJUE a partir de 1986.

El euroentusiasmo era entonces el espíritu ampliamente predominante en el estado de ánimo de la sociedad española, "reconciliada al fin con nuestro pasaporte", tal como lo expresó Felipe al explicar el completamiento de la adhesión a las (entonces) Comunidades Europeas/CCEE, culminación de una ambición intergeneracional, que ponía fin a un tiempo demasiado largo de aislamiento y exclusión respecto del entorno europeo con el que soñábamos homologarnos.

Interesantes fueron toda y cada una de las intervenciones en este Seminario en el CEPC en tributo a su memoria y su legado europeísta, cabe quizá sintetizar las lecciones desprendidas en, al menos, las dos siguientes:

a)- Sí, parece innegable que vivimos un tiempo de aceleración intensa del ritmo de la historia, uno de esos descritos por la metáfora gramsciana del "orden que agoniza sin que acabe de despuntar el nuevo", momento de incertidumbre en el que se agitan los monstruos de lo desconocido. Y es evidente que pujan, y cómo, en el tablero mundial superpotencias que impugnan el "orden basado en reglas" que es el Derecho internacional, ofendiéndolo con las embestidas de la ley de la fuerza bruta. Pero también ha de afirmarse que la UE sobresale en ese mundo turbulento como una referencia única de espacio sujeto a Derecho vinculado a valores distintivos, carente, quizá, de "Hard Power" (un aparato coercitivo, un Ejército, unas Fuerzas de Orden Público,…), pero influyente y capaz de liderar con su ejemplo pese a sus contradicciones y vulnerabilidades críticas. 

Habiendo cometido errores en su gestión de este último tiempo minado por desafíos hace poco inimaginables (la agresividad de Rusia, vecino inmediato de la UE, con su guerra de agresión contra Ucrania; la pérdida de fiabilidad de la "alianza" de EEUU…), sigue siendo verdad que sólo por su capacidad de atracción y sugestión puede explicarse que la UE siga teniendo una larga lista de espera de Estados que aspiran a la plena integración en su proyecto común (suman diez candidaturas), y que la única explicación plausible a la ofensiva que sufre por parte de superpotencias que se definen o posiciones como adversarias a la UE reside, precisamente, en que, aunque a la ciudadanía y a las Instituciones europeas nos cueste a menudo creerlo, somos mejores y más promisorios de lo que acertamos a ver.

b)- Una segunda conclusión puede resumirse como sigue: los europeos (particularmente los representantes y responsables públicos, pero también la comunidad intelectual de los especialistas, expertos, analistas, profesores,…) somos críticos respeto de nuestra botella siempre medio llena (los bloqueos impuestos por los vetos de los gobiernos disfuncionales, desleales o incumplidores de sus obligaciones con el Derecho europeo, la escasez de recursos bastantes para poder cumplir con nuestras alegadas ambiciones, las desigualdades entre Estados miembros/EEMM y dentro de los EEMM de la UE, nuestra incapacidad para hablar con una sola voz y que esta sea audible y respetable en una globalización cada vez más agitada por guerras y conflictos, nuestra gobernanza irreconocible para los patrones clásicos de la politología y hasta del Derecho internacional,….). 

Pero, asimismo coincidimos en que no hay mejor alternativa a la vista de nuestras necesidades que perseverar en la UE e incluso fortalecerla y perfeccionarla, en el sentido inexorable de una "Unión cada vez más estrecha" (art.1 TUE).

En otras palabras: pese a todas las tensiones que recorren las junturas de la UE (expuesta a la crítica exterior y la deslegitimación que le causa su práctica de los "dobles raseros", Double Standards, como expresa de forma paroxística el contraste entre su reacción en Ucrania y su falta de respuesta ante el genocidio en Gaza), no cabe retroceso ni desistimiento en la ruta de la integración europea: regresar a las casillas nacionales de salida condenaría a todos y cada uno de los EEMM de la UE a la inanidad, a la irrelevancia, a la impotencia ante los retos de la globalización, estadio definitivo de los asuntos humanos.

Esta es también la lección de nuestra experiencia patria de pertenencia a la UE, 40 años de impacto de la adhesión en España y en nuestro ordenamiento interno. Y esta es también la lección de vidas de servicio pleno a la causa del Derecho supranacional europeo, dimanante de fuentes propias, revestidas de primacía y efecto directo cuya última garantía de respeto corresponde al TJUE (art.19 TUE), como sin duda lo fue la de ese inolvidable profesor y jurista completo que fue Gil Carlos Rodríguez Iglesias.

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Licenciado en Derecho por la Universidad de Granada con premio extraordinario, Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid, becario de la Fundación Príncipe de Asturias en EE.UU, Máster en Derecho y Diplomacia por la Fletcher School of Law and Diplomacy (Tufts University, Boston, Massasachussetts), y Doctor en Derecho por la Universidad de Bolonia, con premio extraordinario. Desde 1993 ocupa la Cátedra de Derecho Constitucional en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Es, además, titular de la Cátedra Jean Monnet de Derecho e Integración Europea desde 1999 y autor de una docena de libros. En 2000 fue elegido diputado por la provincia de Las Palmas y reelegido en 2004 y 2008 como cabeza de lista a la cámara baja de España. Desde 2004 a febrero 2007 fue ministro de Justicia en el primer Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. En octubre de 2007 fue elegido Secretario general del PSC-PSOE, cargo que mantuvo hasta 2010. En el año 2009 encabezó la lista del PSOE para las elecciones europeas. Desde entonces hasta 2014 presidió la Delegación Socialista Española y ocupó la presidencia de la Comisión de Libertades Civiles, Justicia y Asuntos de Interior en el Parlamento Europeo. En 2010 fue nombrado vicepresidente del Partido Socialista Europeo (PSE).

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