'La escopeta nacional', dispara(ta)ndo a la actualidad desde otra época
Llega al teatro la adaptación de la icónica película española La escopeta nacional manteniendo su espíritu de comedia satírica.
Si hace dos o tres temporadas comenzó la adaptación masiva de novelas al teatro, esta temporada que termina se ha dado el pistoletazo de salida a la adaptación de películas. La escopeta nacional, que se acaba de estrenar en el Teatro Español, se encuentra en esa tendencia, ya que procede de la icónica película de Azcona y Berlanga del mismo título.
Una obra que necesitaba un elenco largo y extenso de los que es difícil reunir si no es en un carísimo musical de la Gran Vía, y que este teatro público ha tenido a bien contratar. Al que ha añadido una pequeña banda a pie de escena para incorporar música en directo.
Con todo esto se monta una comedia con algún que otro inserto musical situada en los últimos años del franquismo. Con un dictador moribundo y un régimen de capa caída pero que sigue fiel a sus tradiciones y a las formas y maneras de relacionarse que se habían establecido durante el régimen. En ese mundo, un empresario catalán pretende hacer negoci en la capital con la venta de porteros y serenos semiautomáticos, los telefonillos que ahora se encuentra en todos los portales de las viviendas sean unifamiliares o no.
Siguiendo los consejos de los conseguidores y corruptores de aquella época, este empresario catalán financia una cacería en casa de un aristócrata en plena meseta. Lo que le permitiría entrar en contacto con el ministro del ramo y otros lobbistas de la época.
Como podían ser obispos, aristócratas, banqueros, ricos, señoras respetables y señoritas de dudosa reputación, meapilas y miembros de la farándula cercanos al régimen a pesar de su aparente espíritu transgresor. Gentes de la alta sociedad, de la política y de la cultura más pendiente de mantener el status-quo, en el que ellos se encuentran muy bien integrados y a salvo, que en hacer que el país se desarrolle, cambie, mejore la vida de todos sus ciudadanos y no solo de una parte.
Una sociedad en la que este catalán y su secretaria, también amante, se encuentran más perdidos que un elefante en una cacharrería. Lo que da lugar a situaciones cómicas y de enredo, llevadas al límite por el histrionismo de los personajes que le rodean, que parecen vivir en otro mundo. En una casa de locos, donde poco importan las cosas de comer, porque pase lo que pase las tienen aseguradas, ya se encarga el régimen de ello, no como el empresario catalán que se las tiene pelear y que sabe que la pela es la pela, conoce el valor del dinero en un sistema capitalista.
Para poder poner toda esta galería de personajes en pie hace falta una gran cantidad de actores y actrices. Esto hace difícil varias cosas. La primera, conseguir coherencia entre sus actuaciones, pues cada cual tiene su estilo, su forma de estar en el escenario, dependiendo de su formación y experiencia. Lo que no significa ni buena ni mala. La segunda, a parte de esa coherencia de estilo, conseguir que el elenco haga equipo para que aquello le funcione al espectador como un verdadero microcosmos, una pequeña sociedad.
Por eso, parece acertado el haber elegido a Juan Echanove para dirigirla, ya que ha sido cocinero antes que fraile. Es decir, que ha sido actor antes que director de escena, y conoce bien las necesidades de los interpretes para que hagan lo que tienen que hacer en escena.
¿Lo consigue? A medias. Sobre todo, en lo de limar las interpretaciones para que sean coherentes dentro de la especificidad y diversidad de cada uno y de los roles que interpretan. De tal manera que funcionan mejor las escenas con pocos personajes o cuando alguno toma el protagonismo que las corales.
Estas últimas parecen un poco confusas y, a veces, resultan excesivamente ruidosas y algo atropelladas. Se beneficiarían de una revisión llamando un poco a la calma recordando que la comedia tiene que ser más ágil que acelerada y permitir que las situaciones sucedan para que provoquen la risa en el público.
El mejor ejemplo de lo que se dice en el párrafo anterior son las escenas que tienen a solas Pere Ponce, el empresario catalán, y Marta Ribera, su secretaria. Los dos son capaces mantener esa distancia y el tempo que necesitan las escenas y la comedia. Lo hacen apropiándose de las maneras de las películas clásicas de Hollywood.
Se nota más cuando están solos que con el resto del elenco. Pero, incluso en las escenas corales, la forma en cómo interpretan a sus personajes y se relacionan con el resto, son capaces de poner autenticidad, verdad humana en el contexto de los personajes caricaturescos de esta comedia. Algo que Marta Ribera supera en el momentazo musical que tiene en la obra.
También resulta problemática la escenografía que se mueve entre el realismo, la caricatura, de nuevo, de un palacio y la eficacia, para que estén presentes todos los espacios y elementos necesarios en esta historia. Se podría volver a decir que dentro de sus tonos marronáceos se vuelve a jugar al histrionismo. Funciona, a veces, sobre todo cuando aplica el criterio de lo menos es más y eso que dentro de la necesidad del barroquismo de la obra la escenografía tiene el acierto de contenerse en la medida de lo posible.
¿Quiere decir esto que la obra no funciona? No, quiere decir que tiene posibilidades de mejora. Pero ya como está es una producción disfrutable desde la butaca. Una comedia cuyo adaptador, Bernardo Sánchez Salas, y el director han tenido el acierto de mantener el tono y las formas de la época en la que se hizo. Eso hace posible mostrar personajes que se parecen mucho a personas que siguen funcionando en la sociedad española actual, algunas con mucha visibilidad, evitando caer en la polarización en la que se mueve la sociedad.
Es decir, evitan que se piense que la obra se posiciona a un lado político u otro porque lo interesante es ver que, cincuenta años después de la muerte del dictador y de la certificación en falso de la defunción de la sociedad que lo mantenía en el poder, siguen estando presentes comportamientos y conductas que a este país le gusta pensar que están erradicadas.
Sin darse cuenta que no es una cuestión racional, sino emocional mediada por la educación sentimental que se sigue impartiendo en muchos centros educativos y vehiculando en muchos productos culturales, lo que hace que persistan. Y lo que, quizás, explique muchas más cosas de la sociedad española actual de las que está dispuesta a aceptar.