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Besar el pan

La primera vez que vi a alguien besar el pan cuando caía un trozo al suelo o cuando había que tirarlo a la basura fue a una pareja que tuve, casi diez años mayor que yo. Su madre, que había conocido la posguerra, así se lo había enseñado. Ahora, en su nueva novela, se lo escucho de nuevo a Almudena Grandes.
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GTRES

La primera vez que vi a alguien besar el pan cuando caía un trozo al suelo o cuando, ya excesivamente duro, había que tirarlo a la basura, fue a una pareja que tuve hace muchos años, casi diez años mayor que yo. Su madre, que había conocido bien la posguerra, así se lo había enseñado a todos sus hijos.

Besar el pan. Qué extraño me parecía aquel gesto. Nunca lo había visto en mi casa, ni siquiera se lo había escuchado mencionar a los abuelos, que también supieron de buena mano lo que había sido la guerra y la interminable posguerra. Eso sí lo decían, todos ellos: interminable posguerra. Una de mis abuelas, la paterna, también decía que prefería morir antes que volver a pasar por todo aquello.

Y no era, precisamente, una mujer frágil. Todo lo contrario. Una mujer con carácter duro, frío, poco cariñoso. Pero decía eso: "Prefiero morir que volver a pasar por todo aquello". Ahora, con motivo de la publicación de su nueva novela, Los besos en el pan (Tusquets Editores), se lo escucho de nuevo a Almudena Grandes. Besar el pan cuando caía al suelo o cuando había que deshacerse de él. Besar el pan, sí, en aquella posguerra y, quizá, en estos tiempos (también interminables) de crisis.

La crisis. La que vive un barrio cualquiera de Madrid. Un barrio donde muchas tiendas de toda la vida se han ido cerrando, donde los propietarios de diferentes negocios se ven obligados a rebajar sus tarifas, donde sus habitantes ven reducidos drásticamente sus sueldos o son directamente expulsados de sus trabajos, sin miramientos ni consideración alguna.

Esa crisis que palpita por cualquier barrio de este país. Esa crisis que todos, en mayor o menor medida, conocemos, como los abuelos conocieron la guerra y la (interminable) posguerra. Eso es lo que cuenta Almudena Grandes en este nuevo trabajo, que me atrevería a señalar como una de sus novelas más acertadas. Por la capacidad -ante todo- de reflejar con la máxima contención ese mapa del mundo que tenemos ante nuestros ojos.

La crisis palpita por cualquier barrio de este país. Esa crisis que todos, en mayor o menor medida, conocemos, como los abuelos conocieron la guerra y la (interminable) posguerra. Eso es lo que cuenta Almudena Grandes en este nuevo trabajo

Esa crisis que, en forma de grandiosa tomadura de pelo, nos rodea. Y a la que asistimos, impotentes, desconcertados, furiosos, casi resignados, pensando que mañana tal vez las cosas vuelvan a su sitio, a aquel lugar que un día conocimos. Pobres ingenuos.

Historias que llevan a otras historias, cuentos que enlazan con otros cuentos (a veces terribles), hasta conseguir el latido de ese barrio de Madrid que podría ser cualquier barrio de este país, un tejido humano muy bien trazado que nos alcanza en su verdad y nos conmueve.

Jóvenes, personas de mediana edad y, sobre todo, abuelas y abuelos que conocieron aquellos lejanos tiempos y que son los que, en muchísimos casos, tiran del resto de la familia con su sentido práctico de la vida, su experiencia, su trabajo y su capacidad de darle la vuelta a las cosas, como antes ellas, las abuelas, delante de sus máquinas de coser, daban la vuelta a los abrigos para que durasen una temporada más.

Ese reflejo, el de los abuelos y las abuelas (ay, esa abuela que pone el árbol de Navidad tres meses antes de lo que corresponde para animar la casa y para animarse a sí misma), me parece extraordinario en esta novela. Y convierte lo que venía siendo una historia casi de terror, dadas las circunstancias (ausencia de dinero, de expectativas, de trabajo, de futuro), aunque sólo sea por unos momentos, en una historia dulce de la que poder tirar para seguir adelante, besando el pan o recordando a quienes lo hacían. Siempre adelante. Qué remedio.