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30/09/2013 07:27 CEST | Actualizado 29/11/2013 11:12 CET

La América desolada de Richard Yates

Es difícil encontrar una fotografía de Richard Yates en que no aparezca con la cabeza ligeramente agachada. La mirada de Yates tiene una mezcla de desolación y sarcasmo, de desamparo y sutil socarronería que le confieren un aire de hombre frágil y solitario. Los ojos vidriosos, saturados de alcohol.

Es difícil encontrar una fotografía de Richard Yates en que no aparezca con la cabeza ligeramente agachada. Tanto en las que sale de joven como las de sus últimos años, la mirada de Yates tiene una mezcla de desolación y sarcasmo, de desamparo y sutil socarronería que le confieren un terrible aire de hombre frágil y solitario. Hay fotos en que los ojos vidriosos, saturados de alcohol, delatan una afición desmesurada a la bebida, otras en que luce una barba cerradísima y blanca, de cejas puntiagudas y nariz prominente, y otras simplemente en que aparece mirando al suelo, con la vista perdida en algo lejano y remoto, más allá del suelo, enredada en sombríos pensamientos.

El escritor Richard Yates. Foto: Jill Krementz. Alfaguara.

La historia de la literatura americana está plagada de autores en cuyas biografías el alcohol tiene tanto peso como sus propias novelas. Hemingway, Faulkner, Fitzgerald, Hart Crane, Bukowski o Cheever son solo un puñado de ejemplos en los que el alcohol fue motivo de desgracias y colapsos. Richard Yates se dio a la bebida muy joven, probablemente motivado por una vida marcada por el divorcio de sus padres cuando él tenía tres años y una madre que tuvo que sacar adelante a sus dos hijos en la jungla de Manhattan, y que acabó siendo una histérica y una borracha. Richard Yates bebió y fumó hasta la muerte. No bebía por el día que era cuando solía escribir, sino que lo hacía por las noches, y bebía hasta perder la conciencia. En su último año de vida llevó una máscara de oxígeno que se quitaba bruscamente para poder echarse un cigarrillo y un buen trago de whisky.

El biógrafo Blake Bailey (biógrafo, por cierto, de John Cheever y de Philip Roth) explica que Yates se posicionó como un anti-intelectual y que más que un escritor de primera fila se consideraba a sí mismo como un artesano menor de la palabra. Tanto es así que cuenta que un desconocido se le acercó efusivamente para agradecerle que había descubierto que quería ser escritor gracias a sus libros, y Yates con un tono más bien abrupto y seco le espetó: "Y yo también quiero ser escritor".

Trabajó como periodista y publicista, hizo de ghost writer (de negro) para uno de los Kennedy escribiéndole discursos, pasó una temporada malviviendo en Europa y acabó dando clases de escritura para ganarse la vida en distintas universidades de los Estados Unidos. Vivió solo mucho tiempo en pequeñas habitaciones alquiladas, con una máquina de escribir, un frigorífico en el que no faltaba la cerveza, el café y el bourbon, y con las fotos de sus hijas decorando las paredes. Parece ser que carecía por completo de la necesidad de limpiar y esos cuartos, iluminados por débiles lámparas amarillas, estaban repletos de cucarachas y sucias sábanas guardadas en las alacenas.

Su vida sentimental fue una montaña rusa, padeció de neumonía y acabó visitando varios psiquiátricos. Una vez, en 1962, en una conferencia de escritores a la que le habían invitado en Vermont salió corriendo desnudo mientras gritaba que era el Mesías.

Richard Yates nació en 1926 y con apenas veinticinco años comenzó a escribir relatos que no paraba de enviar a la prestigiosa revista The New Yorker, que sistemáticamente le rechazaba uno tras otro. No fue hasta octubre de 1952 cuando conseguiría publicar su primer relato, en una publicación llamada The Atlantic. En 1961 publicó su primera novela, Revolutionary Road, que fue su verdadero debut y que le permitió quedar finalista del Premio Nacional de Literatura. Tuvo la mala suerte de que aquel año también se publicaron Franny y Zooey, de J. D. Salinger, y Trampa 22, de Joseph Heller, que acapararon toda la atención de los medios y del público.

Luego vinieron títulos como Once maneras de estar solos (1962) y Las hermanas Grimes (1976), donde despliega todo su universo narrativo, basado en contar las insignificancias del hombre medio norteamericano, sus desolaciones y traiciones, la soledad y el desencanto de una sociedad inmersa en la posguerra de la segunda guerra mundial, en la que el sueño americano es más un decepcionante bluf que una palmaria realidad. Sus personajes suelen ser discretos, planos, casi unidimensionales, y muy sufridores, porque las preocupaciones de sus vidas cotidianas machacan cualquier refinamiento espiritual o tendencia a la sensibilidad.

Bailey, el biógrafo, cuenta que la hija mayor de Yates tiene aún las cenizas de su padre en su casa de Brooklyn y que, cuando The New Yorker publicó en 2001 uno de sus relatos, casi nueve años después de su muerte, la hija zarandeó la pequeña urna y le dijo: "¡Bravo, papá!". Era su póstumo, menor y simbólico triunfo.