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Artur Ramon, historiador y anticuario: "Los coleccionistas invisibles son personas que no pertenecen al rebaño que sigue la apología de la ignorancia"

Artur Ramon, historiador y anticuario: "Los coleccionistas invisibles son personas que no pertenecen al rebaño que sigue la apología de la ignorancia"

Su intención es la de romper y desmentir algunos de los clichés o prejuicios más extendidos sobre este mundillo.

Exposición de cuadros
Exposición de cuadrosSemih Yolacan

El historiador del arte y anticuario Artur Ramon reflexiona sobre el sentido del coleccionismo en una reciente columna publicada en El País. En su texto reivindica una figura poco visible dentro del mundo del arte: la de quienes coleccionan por pasión y conocimiento, lejos del escaparate del lujo y del mercado. 

Para Ramon, esos "coleccionistas invisibles" representan una forma de resistencia cultural frente a una época que —según sostiene— tiende a despreciar el pasado y a glorificar la ignorancia.

La idea de que una colección refleja la identidad de quien la reúne no es nueva. El medievalista Jaime Barrachina lo expresó con una frase que Ramon recuerda en su artículo: "Una colección es un autorretrato hecho con obras de arte". Barrachina, conservador del Museo Castillo de Peralada, defendía que las piezas que alguien elige para convivir con ellas hablan tanto de su sensibilidad como de su biografía. En muchas casas, decía, los objetos dialogan entre sí y construyen un paisaje visual que revela la personalidad de quien vive allí.

Coleccionar como forma de vida

Para Artur Ramon, esa relación íntima entre persona y obra explica por qué una casa llena de arte puede convertirse en un auténtico refugio. No se trata necesariamente de lujo ni de inversión. De hecho, recuerda que el acceso al arte no siempre depende de grandes fortunas: con cantidades relativamente modestas se pueden adquirir grabados, dibujos u obras originales. Lo que realmente importa es la educación estética, la curiosidad y el deseo de rodearse de objetos con historia.

El coleccionismo, visto así, tiene algo de biográfico. Cada adquisición responde a una emoción, a un descubrimiento o a un momento vital. Por eso, cuando desaparece el coleccionista, muchas colecciones también pierden su sentido. 

Ramon recupera un célebre relato de Stefan Zweig, La colección invisible, para ilustrarlo: en el cuento, un anciano que había reunido durante años grabados de grandes maestros ignora que su familia los ha vendido para sobrevivir tras la guerra y los ha sustituido por copias. El drama del relato muestra hasta qué punto una colección puede convertirse en la prolongación de la propia vida.

Más allá del lujo y las ferias

El imaginario popular suele asociar el coleccionismo con grandes millonarios, ferias internacionales y obras valoradas en millones. Según Ramon, esa imagen existe —y es muy visible—, pero no define todo el fenómeno. 

En ese universo del arte espectacular aparecen casas donde un cuadro de Jean-Michel Basquiat recibe a los visitantes en el vestíbulo, un lienzo de Pablo Picasso preside el baño o una escultura de Jaume Plensa domina el jardín. Es el coleccionismo que suele aparecer en películas y revistas, ligado al glamour de las grandes subastas y al arte como símbolo de estatus.

Sin embargo, el autor subraya que esa es solo la superficie del mundo del arte. Bajo ella existe otra red mucho más discreta de aficionados que construyen colecciones con paciencia, conocimiento y sacrificio.

Los "coleccionistas invisibles"

Son ellos a quienes Artur Ramon dedica el centro de su reflexión. Los describe como personas alejadas de los focos: un médico que ahorra tras largas guardias para comprar el cuadro que le obsesiona; un funcionario que prefiere adquirir un arca gótica antes que gastar su dinero en viajes; o un joven que reúne sus primeros ahorros para adquirir un dibujo de Isidre Nonell.

No suelen aparecer en ferias internacionales ni en titulares, pero comparten algo fundamental: curiosidad intelectual y respeto por la historia. Son lectores, visitantes habituales de museos y personas que buscan en los objetos artísticos una conexión con el pasado.

En su columna de El País, Ramon los define con una frase que resume su posición: "Los coleccionistas invisibles son personas que no pertenecen al rebaño que sigue la apología de la ignorancia". Con ello critica lo que considera una tendencia contemporánea a despreciar el conocimiento histórico y a priorizar lo efímero sobre lo material.

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Para el historiador y anticuario, estos coleccionistas anónimos cumplen una función cultural silenciosa. Al conservar obras, libros y objetos que les apasionan, actúan —según su metáfora— como raíces que alimentan la memoria colectiva. Puede que no tengan el reconocimiento del gran mercado del arte, pero su papel es esencial: mantener vivo el vínculo entre el presente y el patrimonio del pasado.

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