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Clara Sarramián, 35 años, agricultora: "Si dejamos de producir aquí, perderemos la capacidad de decidir sobre nuestra alimentación"

Clara Sarramián, 35 años, agricultora: "Si dejamos de producir aquí, perderemos la capacidad de decidir sobre nuestra alimentación"

Dio un paso al frente tras la pandemia, al verse en una situación crítica. Sin embargo, y pese a no arrepentirse, sí que asegura que implica un gran sacrificio, y enumera algunos aspectos negativos de su nuevo oficio.

Mujer agricultura
Mujer agriculturaGetty Images

En plena pandemia, cuando buena parte del país estaba paralizado y el futuro laboral de muchos pendía de un hilo, Clara Sarramián tomó una decisión que marcaría su vida. Tenía 30 años, un empleo precario en un supermercado y una finca familiar a punto de desaparecer. Mientras otros buscaban estabilidad lejos del campo, ella optó por lo contrario: quedarse y probar suerte en la agricultura.

Cinco años después, su experiencia está lejos de esa imagen idealizada del mundo rural que a menudo se proyecta desde fuera. Su día a día combina esfuerzo físico, incertidumbre económica y una sensación constante de falta de control sobre su propio trabajo. Aun así, continúa. No por romanticismo, sino por convicción. "Si no te gusta, no duras", resume.

Su entrada en el sector no fue fruto de una vocación temprana, sino de una necesidad. El confinamiento la dejó sin ingresos y, al mismo tiempo, abrió una oportunidad: hacerse cargo de una explotación que sus padres estaban a punto de abandonar. "Me daba rabia que todo se perdiera", recuerda. Así, decidió dar el paso y empezar desde cero, apoyándose en lo que había visto durante años en casa.

Del intermediario al cliente directo

Los primeros pasos no fueron fáciles. Como muchos agricultores, comenzó vendiendo su producción a intermediarios, lo que pronto le reveló una de las principales debilidades del sector: la escasa capacidad de decisión sobre los precios. "Te exigen volumen y al final acabas aceptando lo que te ofrecen", explica. Para alguien que trabajaba sola, asumir esas condiciones resultaba inviable.

Con el tiempo, optó por cambiar de estrategia. Apostó por la venta directa, primero a pequeña escala y apoyándose en redes sociales. El boca a boca hizo el resto. Año a año fue consolidando una cartera de clientes hasta reducir casi por completo su dependencia de intermediarios. Hoy distribuye cestas de producto de temporada y trabaja con particulares, pequeños comercios y restauración.

Ese cambio le ha permitido ganar cierto margen, aunque no ha resuelto el problema de fondo: los costes no dejan de subir y los ingresos no siempre compensan el esfuerzo. "Todo es más caro —energía, combustible, insumos—, pero eso no se refleja en lo que cobras", señala.

Un trabajo sin pausa

La rutina en el campo está lejos de cualquier horario convencional. Las jornadas varían según la época del año, pero comparten un rasgo común: no tienen un final claro. En verano, el trabajo comienza antes de que salga el sol; en invierno, puede alargarse hasta bien entrada la noche. A las tareas agrícolas se suma la gestión de pedidos, la planificación o la atención a clientes.

Esa dedicación absoluta tiene un impacto directo en la vida personal. "No puedes desconectar", reconoce. Las vacaciones son prácticamente inexistentes y cualquier ausencia implica un problema logístico. La explotación depende de ella y no hay margen para pausas largas.

A esa exigencia se suma otro factor menos visible: el desgaste mental. La incertidumbre económica, la dependencia de factores externos —clima, mercado— y la sensación de falta de reconocimiento generan una presión constante. "Hay mucho trabajo detrás que la gente no ve", lamenta.

Ser mujer en el campo

Aunque la presencia femenina en la agricultura no es nueva, Sarramián considera que sigue siendo poco reconocida. "Las mujeres siempre han estado ahí, pero muchas veces en segundo plano", explica. En su caso, no ha percibido un rechazo directo en el entorno profesional, aunque sí dudas en su círculo más cercano cuando decidió emprender sola.

Más allá de su experiencia personal, insiste en la necesidad de dar visibilidad al papel de la mujer en el sector y romper con ciertos prejuicios que aún persisten. La falta de referentes y el peso de los estereotipos siguen condicionando, en su opinión, la incorporación de nuevas generaciones.

Un modelo en cuestión

La dificultad para hacer rentable una explotación es, para ella, el principal obstáculo que enfrenta el campo en la actualidad. "El agricultor es el único que no fija el precio de lo que produce", denuncia. Esa falta de control, unida al aumento de costes, deja a muchos profesionales en una situación límite.

De hecho, reconoce que, a día de hoy, su actividad no le resulta rentable. "No es que gane poco, es que estoy perdiendo dinero", afirma. Aun así, continúa, confiando en que las próximas campañas mejoren. Pero advierte: "Todo tiene un límite".

Este contexto explica, en parte, la falta de relevo generacional. Cada vez menos jóvenes están dispuestos a asumir un trabajo tan exigente y con tan pocas garantías. "Antes se podía vivir de esto, ahora es mucho más complicado", apunta.

Su visión del futuro no es especialmente optimista. Cree que, si no se producen cambios estructurales, la producción local seguirá debilitándose. Y eso, advierte, tiene consecuencias que van más allá del propio sector. "Si dejamos de producir aquí, perderemos la capacidad de decidir sobre nuestra alimentación", sostiene.

Una reflexión que conecta con el concepto de soberanía alimentaria y que, en su opinión, no siempre recibe la atención que merece. Depender de terceros para algo tan básico como la comida implica ceder control sobre precios y disponibilidad. "La gente no es consciente de lo que está en juego", concluye.

A nivel personal, no descarta replantearse su futuro si las condiciones no mejoran. Sigue formándose y vinculada al mundo agrario, pero tiene claro que la pasión, por sí sola, no basta. "Puedes asumir el esfuerzo, pero necesitas poder vivir de ello", sentencia.

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