Ketty (38), de trabajar 12 horas por 900 euros al mes en una guardería a ganar más de 3.000 euros al mes en Alemania: "Lo que me hace feliz no es ganar el cuádruple, sino que mis jefes me empujan a dar lo mejor"
El cambio de mentalidad es una de las cosas que más aprecia.
"Nunca me arrepentí". Ketty lo dice sin titubeos. Hace nueve años dejó Sicilia con una maleta, una niña de once meses y la sensación de que, si se quedaba, su vida profesional no despegaría jamás. Hoy coordina las cocinas de quince guarderías en la región del Ruhr, cerca de Düsseldorf, y supera los 3.000 euros mensuales. Pero insiste: el dinero no es lo que más valora.
En su tierra natal, en la provincia de Siracusa, acumuló contratos precarios tras estudiar administración hotelera. Fue camarera, cocinera, dependienta. Llegó a ser subgerente con contrato parcial en una gran cadena de ropa. Sobre el papel, media jornada; en la práctica, doce horas diarias por 900 euros al mes. Parte del sueldo, además, se pagaba fuera de nómina.
"Era desesperante", resume. Mandó cientos de currículums, incluso al norte de Italia. Solo obtuvo un "no". La alternativa empezó a tomar forma fuera del país. Antes había pensado en Inglaterra, pero fue Alemania la que acabó convirtiéndose en destino definitivo.
Su marido viajó primero. Tres meses después, ella se reunió con él. No había red de seguridad, pero sí una convicción: peor que quedarse bloqueada no podía ser.
Empezar de cero (y ascender)
Los comienzos no fueron idílicos. Ketty trabajó en reparto de paquetería y después en el comedor de una empresa durante cuatro años. Con la pandemia cambió a turnos nocturnos y llegó a encadenar dos empleos.
Una entrevista para fregar platos dio un giro inesperado: buscaban cocinera. Aceptó. En menos de un año la ascendieron. Hoy supervisa equipos y organiza el funcionamiento de varias cocinas escolares en las zonas del Ruhr y Düsseldorf. Su marido también encontró estabilidad en el sector logístico.
El alemán fue un obstáculo real. "Es complicado, me llevó años sentirme cómoda", reconoce. Pero nunca percibió el rechazo que temía. "Pensaba que serían fríos. En general, me encontré con respeto y comprensión".
En el trabajo detectó una diferencia clave respecto a su experiencia anterior:
- Evaluación basada en resultados, no en contactos
- Contratos claros y salarios íntegros
- Posibilidades reales de promoción interna
"En Sicilia, si no tenías conexiones, ni siquiera trabajabas", afirma. En Alemania, en cambio, sintió que su esfuerzo tenía recorrido.
Choques culturales y nuevas rutinas
La adaptación no fue solo laboral. También social. El primer impacto fue la indiferencia hacia la apariencia. "Aquí puedes salir en pijama y nadie te juzga", bromea. En su entorno de origen, cuenta, el qué dirán marcaba incluso las tareas más cotidianas.
Destaca además:
- La abundancia de parques y espacios públicos para niños
- Los domingos como jornada de descanso real, con comercios cerrados
- La autonomía que se fomenta desde pequeños: excursiones con pernocta sin contacto constante con los padres, trayectos al colegio en transporte público desde edades tempranas.
No todo es perfecto. Define el sistema alemán como "hiperburocrático" y la vida social como más distante. "Conoces a mucha gente, pero cada uno va a lo suyo", explica. El ritmo diario también es exigente y acelerado.
Aun así, no siente nostalgia constante por Italia. Regresa por la familia, no por deseo de volver definitivamente. Su mayor miedo desde que emigró siempre ha sido recibir una llamada con malas noticias de los suyos.
Más que salario
Ser mujer joven en el mercado laboral italiano tampoco fue sencillo. En entrevistas le preguntaban si estaba casada. Tras graduarse, sufrió acoso en algunos entornos laborales. "Aquí no me he sentido inadecuada. Ni como mujer ni como profesional", afirma.
Hoy gana cuatro veces más que entonces. Sin embargo, insiste en que el verdadero cambio no está en la cifra.
Lo que marca la diferencia, dice, es otra cosa:
- Superiores que la animan a mejorar
- Reconocimiento explícito del trabajo bien hecho
- Sensación de respaldo cuando surgen problemas
"Eso es lo que me hace feliz", subraya. Saber que puede dar lo mejor de sí misma sin que nadie le ponga techo.
Su historia no es solo la de una mejora salarial, sino la de una movilidad profesional que en su lugar de origen parecía imposible. Emigrar implicó distancia, esfuerzo y adaptación cultural. Pero también le permitió construir una trayectoria que, de haberse quedado, probablemente nunca habría existido.
Nueve años después, Ketty no habla de sacrificio, sino de decisión. Y de una certeza: a veces, cambiar de país no es solo mudarse de mapa, sino de expectativas.