INTERNACIONAL

Un día con una familia siria exiliada en Líbano (FOTOS)

30/07/2015 15:43 CEST | Actualizado 30/07/2015 20:06 CEST
REUTERS

Junto al río Ibrahim, en la reserva natural de Jabal Mousa, un hombre sirio llamado Ahmad comprueba una pila de madera antes de quemarla para hacer carbón.

Su familia vive en dos tiendas de campaña hechas de postes de madera y lonas de plástico azul, con mantas distribuidas en el interior. Tienen una caminata de 3 horas a través del bosque hasta su vivienda, en la aldea de Yahshoush.

Ahmad ha vivido en el Líbano durante cinco años. Como un año después de su llegada, envió a su familia desde Idlib (Siria), donde la situación era ya insostenible. "Pensamos que sería más seguro venir aquí, que nos reuniéramos aquí", le pidió Salwa, su esposa.

Ahmad tomó a sus niños mayores, Aya y Zeineddine, en una visita a Siria, hace dos años. Los dos menores, Yousef, de cuatro años, y Salim, de un mes de edad, nacieron ya en el Líbano.

El suelo cercano a la casa de la familia está cubierto de polvo de carbón. Un pequeño fuego para cocinar calienta al lado de un tendedero. El saneamiento parece básico. Los niños parecen sucios y polvorientos, pero que muy pronto esa estampa cambia cuando salen del río, después de nadar. Allí pescan con una varilla hecha de un palo de bambú. Es casi el único alimento que tienen.

Ahmad trabaja en unos terrenos de propiedad privada que son parte de la reserva natural. El propietario le permite trabajar allí a cambio de una parte de sus beneficios de la venta de carbón vegetal. Después de cortar la madera y dejar que seque, Ahmad necesita dos días para apilar la madera en una estructura redonda con un agujero en el centro. El proceso de combustión lenta que crea carbón tarda unos días más.

Del carbón de leña obtiene cerca de un dólar por kilo, mientras el que el carbón más pequeño utilizado en pipas de agua, le reporta alrededor de tres. Ahmad transporta el producto terminado en burro, desde el río hasta la cima de la montaña, donde se vende. Es la vida mínima que le resta. La vida de refugiado.

  • ALIA HAJU / REUTERS
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