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Hugo Chávez, Maduro y los alquimistas rencorosos

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Foto: EFE

"¿Qué harían ustedes si les robaran cuatro veces el Banco de España?", preguntó Hugo Chávez a finales de febrero de 2000 a sus anfitriones en el Hotel Mencey de Santa Cruz de Tenerife. El ex golpista -¿alguna vez se es ex golpista, por cierto, si no hay arrepentimiento expreso, como un ex terrorista, si se sigue con las mismas convicciones?- miró al presidente del Gobierno de Canarias, Román Rodríguez, al jefe de Gabinete José María Noguerol y al encargado de relaciones exteriores Francisco Aznar, afirmando con el gesto que eso, la corrupción, fue lo que justificó su asonada militar. Al día siguiente, hubo reunión con todos los directores de medios de comunicación en el búnker de Presidencia, el edificio recubierto de piedra gris brillante, en la plaza del psiquiatra Rafael O'Sanahan que recuerda la arquitectura de las casamatas de hormigón para la defensa costera en la II Guerra Mundial. Yo ignoraba, aún, esta anécdota del caudillo bolivariano, y así, para abrir boca, le pregunté que cuál sería su reacción si en ese momento, cuando era presidente gracias las urnas, unos conmilitones intentaran derrocarle sacando los tanques a la calle. Tomar su propia medicina. José María Noguerol nos miraba a ambos, alternativamente, mientras Román Rodríguez ponía cara de susto. A mi lado, Francisco Pomares, director de La Opinión de Tenerife, tuvo que contener la carcajada. Chávez respondió rápido, tenía ensayada la respuesta: No es lo mismo, dijo, lo mío no fue un golpe clásico, fue un movimiento popular para regenerar el país. "Eso también es lo clásico", contesté a modo de repregunta.

Aquél movimiento popular que engatusó a los indignados con la corrupción y la miseria de los ranchitos había sido sospechado, en cierta manera, por un marino mercante canario, Rafael del Castillo, que un par de años antes advirtió a unos conocidos en una lujosa urbanización que si se agrandaba la brecha social sobre un mar de petróleo, podría provocar, si no se corregía, un levantamiento social solo con que apareciera un mesías. Esas diferencias terminan por estallar, aunque los burócratas del neoliberalismo se empeñen en ignorarlo cuando esquilman a la clase media, a cuyos componentes ven como huchas con piernas a las que hay que vaciar. Es esa población quien está pagando las consecuencias de la avaricia y la arrogancia de los poderosos escondidos tras las mutaciones de aquel "complejo industrial militar" sobre el que advirtió el presidente de EEUU y laureado general de la SGM Dwigt Eisenhower. Tras la derrota del golpista Chávez, que fue juzgado y condenado bajo la presidencia de Carlos Andrés Pérez, un senil y rencoroso Rafael Caldera, uno de los dos turnantes - con r-, le amnistió. Dejó expedito el camino al redentorismo chavista.

Las tropas y el caudillismo o la democracia autoritaria no son una alternativa. Por eso, la parte pablista de Podemos debe controlar algunos tics.

Ya presidente, y reelegido por aplastantes mayorías, convirtió la democracia en un sistema que empezó a tener semejanzas con la invención de la dictadura por encargo o encomienda temporal del Senado en la República de Roma.

Nada más ocupar Miraflores, uno de sus primeros viajes oficiales fue a Irán, para poner en marcha un proceso en la OPEP para subir el precio del petróleo, financiar sus planes sociales, establecer una red de países dependientes de sus bolívares... y poner en dificultades a los países industrializados. Así fichó a los Castro, a Evo Morales... y se fue haciendo un hueco de cabecera en los populismos latinoamericanos de chequera. La deriva fue de cacique bananero: en los 2000 hizo furor en Youtube una visita a una céntrica plaza caraqueña. Miraba autoritario los bellos edificios, y a los particulares los sentenciaba con una palabra que sonaba a disparo de pelotón de fusilamiento. En vez de ¡fuego!, decía ¡exprópiese!. En ese proceso contaba con consultores externos, bien pagados, alquimistas sociales iluminados, algunos, españoles de la Complutense, pero no sólo de ella, que se sentían hombres de Estado en la sombra asesorando a aquellos desnortados. Frustrados en su alma mater porque no lograban tocar el cielo con sus cantinelas perfumadas con bolas de naftalina marxista leninista, no solo contribuyeron a aumentar el delirio y el narcisismo de un golpista venido a más, sino que encima, de contagiarse del virus, contribuyeron a provocar la quiebra económica y el enfrentamiento social. Vinieron las expropiaciones a mansalva y sin indemnización, los emigrantes canarios vieron requisadas sus fincas, sus tiendas; su trabajo incansable los condujo a sentirse judíos en la Alemania nazi.

Tanto fue el cántaro a la fuente, tanto aumentó la miseria, la corrupción, la criminalidad, que al final la oposición democrática agrupada ganó las elecciones legislativas y empezó a utilizar los mecanismos para controlar al ejecutivo y destituir al presidente con los medios inventados por el chavismo. En España se hizo algo parecido: se desmontó el franquismo utilizando las leyes franquistas. La reacción de Maduro ha sido el bloqueo, los poderes especiales, una dictadura de facto, y sacar el ejército a hacer 'maniobras' ante un supuesto golpe de Estado.

"¿Qué harían ustedes si les robaran cuatro veces el Banco de España?". Pues se ha hecho lo que se tenía que hacer: que funcionen la prensa libre y los juzgados, y meter a los ladrones en la cárcel, y que hablen las urnas. Las tropas y el caudillismo o la democracia autoritaria no son una alternativa. Por eso, la parte pablista de Podemos debe controlar algunos tics.