Era cuestión de tiempo que la tensión social que estamos sufriendo por la crisis económica y las fallidas recetas para acabar con ella terminara por cristalizar y esclerotizar el armazón político que se ha ido construyendo en España desde la muerte de Franco en 1976. Pero el riesgo de desintegración social es, con diferencia, la amenaza más grave a la que nos enfrentamos, y evitarla debería ser la prioridad número uno de nuestros políticos.