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18/10/2012 08:15 CEST | Actualizado 17/12/2012 11:12 CET

Lo imposible es el principio del final

Llega la hora del final de 'Lo imposible' y me pregunto qué pasa con la población autóctona. Nada. Y esa falta de empatía con la realidad sí me hizo reflexionar al salir del cine: ¿Estará hecho adrede que los verdaderos pobladores no le importen ni al director ni al guionista?

La primera clase de guión a la que asistí en mi vida fue ya hace veinte años y recuerdo la pregunta que osé hacer: ¿Cómo se escribe el silencio en el cine? La respuesta no se dejó esperar. Un lacónico Manolo Matji apuntó: "Paréntesis, pausa, paréntesis", pero José Luis Borau salió al quite: "No, ella se refiere al otro silencio" y emitió una larga respuesta acerca de cómo articular el silencio en la pantalla, la mirada nostálgica, el pensamiento interno, el miedo amedrentado entre el labio y la garganta...

Hoy en día hay demasiado ruido en casi todas partes y ese ruido ni nos deja crear por nosotros mismos, ni nos permite tener pensamientos propios, ni apenas nos deja tomar decisiones demasiado personales. Nos movemos por el flujo de la moda, de la ola, de la masa. Y así, si de moda está la crítica voraz a la creación audiovisual pues a por ella, se tenga conocimiento o no de lo que se habla. "No solo entra lo que cabe en la palabra" nos dice el dramaturgo José Sanchis Sinisterra en un curso sobre "Cómo finalizar una obra" que está teniendo lugar en estos días. Y me da por pensar en películas como A Roma con Amor y Lo imposible.

¿Qué percepción tenemos de nosotros mismos como país? A esta reflexión me invitó la película de Woody Allen en la que se habla de la capacidad que tienen algunos países de convertir en anormales a personas normales. El ciudadano de acciones monótonas de clase media que del día a la noche es un icono de moda. Belén Esteban o los Grandes Hermanos, por ejemplo, con cientos de seguidores en su momento estelar. ¿Qué percepción tenemos de la actualidad y cómo nos verán los otros dentro de veinte años? Vivimos en una crisis que nos ahoga, pero ¿cómo se estudiará esto en los colegios dentro de veinte años? ¿Cómo vemos ahora la guerra fría? Por ejemplo. De una manera ciertamente cómica. Pero en su momento la vivimos de modo casi trágico. En occidente el diablo era la ya desaparecida Unión Soviética, y allí, en los países llamados del Este y que caían un poco más allá de famoso Muro de Berlín y la Tierra de Nadie, el diablo con patas en sus películas sobre la guerra fría eran los norteamericanos (ahora todo esto suena a la parte del cuento de hadas en que la bruja hace de las suyas). Muchas veces el sentido de lo que ocurre no es el sentido real de las cosas, dice Sanchis. ¿Cómo verán nuestros descendientes el tsunami al que se refiere Lo imposible?

La película Lo imposible hace que te plantees qué habría pasado si hubieras estado allí, en medio de aquel terrible tsunami. Lo peor no es morir. Lo peor es sobrevivir y encontrarte con el silencio después de la batalla de la Tierra contra el Hombre. (Me viene a la mente la película Paisaje después de la batallade Andrzej Wajda 1970). Y a mí, personalmente, me hubiera hecho falta más tiempo sobre esta reflexión. Más tiempo de reflexión en general en toda la película. Porque viéndola la sufres por sorpresiva y casi real y la lloras porque siendo occidentales empatizamos con los protagonistas occidentales. Pero llega la hora del final de la película y me pregunto qué pasa con la población autóctona. Nada. Y esa falta de empatía con la realidad sí me hizo reflexionar al salir del cine sobre el interrogante de ¿estará hecho adrede que los verdaderos pobladores no le importen ni al director ni al guionista? La riqueza nos hace egoístas, doy fe, y no por rica sino por habitante del primer mundo. En los días posteriores al tsunami nos conmovieron más, a través de los informativos, las historias de los blancos ricos que pasaban sus vacaciones y fueron sorprendidos por un mar en furia, que las historias de las familias autóctonas fragmentadas de cuajo, desposeídas en un pispás, ahogadas si cabe un poco más. En la película prima la realidad inmediata de lo ocurrido en el instante mismo de la furia marina, realizada ésta con gran maestría. Rodada casi con pelos y señales, rozando la perfección. Pero yo me quedo sin saber qué reflexión hicieron de los hechos los autores de la película cuyo final es una invitación al comentario socarrón de "quien tiene un seguro, tiene un tesoro".

Me reconforta pensar que todavía somos capaces de reflexionar sobre las películas que vemos sin insultos ni salidas de tono. Lo imposible y Tadeo Jones por fin hacen las delicias del público español que las arropa acudiendo a las salas (68,2 % de la taquilla). Respiremos. Vamos a seguir haciendo cine. Sí, lo creo. Y me propongo creerlo con más firmeza aún si cabe después de leer al cirujano católico Mario Alonso Puig, entrevistado en Webislam: "Lo que el corazón quiere la mente se lo muestra".

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