BLOGS
08/07/2018 10:57 CEST | Actualizado 08/07/2018 10:57 CEST

'Ben-Hur' o el Festival de Mérida también tiene su 'Orgullo'

Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida - Jero Morales
Eva Isanta en Ben-Hur de Yllana

Uno se traslada al Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida esperando ver una tragedia griega (como el personaje de Eva Isanta en esta obra), lo mismo que uno va a ver un espectáculo de Yllana esperando ver una comedia. Por eso, la convocatoria que hace Jesús Cimarro para ver Ben-Hur basado en la novela de Lewis Wallace adaptada al teatro por Nancho Novo montado por Yllana como poco sorprende. Sin embargo, tiene su lógica. La lógica comercial de un espectáculo que debe viralizarse para llenar durante 5 noches 3.000 butacas, vender 15.000 entradas. Para eso necesita atraer no solo a los extremeños, sino a un público que esté más allá y dispuesto a soportar las malas comunicaciones que no se merecen ni el festival ni la comunidad autónoma. Rigores que en este caso les merecerá la pena a los que busquen espectáculo y diversión.

Tocan temas de género, reivindicando la igualdad a través del humor y con retranca

Les merecerá la pena porque Yllana ha sido capaz de convertir este péplum en una comedia, fiel a su estilo. Una comedia histriónica que no llega a La vida de Brian de los Monty Python, pero a la que se acerca en espíritu. Que, a pesar de los referentes cinematográficos de la obra, también han sido capaces de mantenerse fieles a los recursos teatrales e, incluso, innovar. Innovación que llega de la mano del teatromascope. Una suerte de proyecciones que les permiten, por ejemplo, dar toda la espectacularidad que se espera de la carrera de cuadrigas (de)mostrando que en teatro sí se puede.

No es en lo único en que esta compañía y su dramaturgo se muestran poderosos y potentes. O mejor dicho, atrevidos. Pues se tocan temas de género, reivindicando la igualdad a través del humor y con retranca. O se interactúa con el espectador intentando activarlo, pero sin insistir. Una invitación al juego, a la diversión, al cachondeo y, ¿por qué no?, al pitorreo, para contar la historia de Judea Ben-jur. Un jerosolimitano (traten de recordarlo y luego decirlo) que por rebelarse frente a los romanos fue, primero, condenado a galeras y, posteriormente, adoptado por un patricio que le convirtió en ciudadano libre que podía retar a su odiado Mesala. Todo esto en tiempos en los que por aquellas tierras se movía un tal Cristo hacedor de milagros y líder in pectore de los desdichados bienaventurados.

Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida - Jero Morales
Escena de Ben-Hur de Yllana

Si después de leer todo lo anterior cualquiera piensa que es imposible hacer una comedia teatralmente atractiva, no le queda otra que acudir al teatro y disfrutarlo en sus carnes y en sus mandíbulas. Sin duda la tecnología ayuda, aunque a decir verdad lo que mejor funciona son los efectos teatrales más tradicionalmente kitsch (que es preferible no contar para mantener la sorpresa de los chistes) jugados voluntariamente con torpeza por unos actores duchos en la comedia. Entre todos destaca, sin lugar a dudas, Richard Collins-Moore del que nadie se cansará de su estereotipado Cristo (a medida que pasa la obra el público ríe cada vez más cuando aparece en escena) y del que se recordarán el resto de los personajes que hace en la obra (como su rey mago egipciaco). Pues excepto el protagonista, todos los demás actores y actrices tienen que interpretar varios personajes.

Aunque no es este el orgullo al que se refiere el título del post, no. Sino al que reivindica la obra en estos días de orgullo LGTB.

Elementos todos ellos para, en el ámbito del teatro comercial, estar orgullosos de lo que hacen. Aunque no es este el orgullo al que se refiere el título del post, no. Sino al que reivindica la obra en estos días de Orgullo LGTB. Ya que Judea Ben-Jurrr, interpretado por un musculado Víctor Massan, se pasa el día (y la obra) mostrando sus músculos y modelitos y mirando las cachas de Mesala (Fael García), su hermano y antagonista, que también se las mirará a él. Miradas de deseo que no pasan desapercibidas ni al espectador ni al resto de personajes de la obra, permitiendo jugar con la broma y el equívoco. Aspectos sobre los que triunfa el amor con el beneplácito de todos, que no solo les animan a quererse con luz y taquígrafos sino a subir orgullosos a un(a) carro(za) emplumada y terminar la obra como una fiesta. Como debería ser siempre que dos personas o más se quieran. Historia que, al menos en la ficción comercial, clásica o no, siempre tiene un happy ending.

Síguenos también en el Facebook de El HuffPost Blogs

EL HUFFPOST CON ROYAL CANIN