Antonio Lucas: "Navegan por un agua que tiene en el fondo a padres, a hermanos, a tíos, a amigos…"

En 'Buena mar', un periodista se embarca en el Carrumeiro para adentrarse en el Gran Sol y conocer de primera mano la dureza de la vida en el océano.
El periodista y escritor Antonio Lucas, fotografiado por José Aymá.
Penguin Random House
El periodista y escritor Antonio Lucas, fotografiado por José Aymá.

Buena mar es el debut narrativo de Antonio Lucas ( Madrid, 1975). Algunos lo conoceréis por sus columnas en El Mundo, otros por sus libros de poesía. Antonio es periodista y licenciado en Ciencias de la Información, pero sobre todo es poeta. Una pasión que le atraviesa y ejerce en cada conversación porque ser poeta es una forma de ver la vida, además de una muestra apabullante de talento. Buena mar es su primera novela. Una prosa distintiva y bella. Con cada frase, un abrazo. Con cada línea, una hostia. Las páginas de Buena mar huelen a yodo, sudor, whisky, miedo, enfado, combustible, frustración, humedad, ternura, tabaco, sal… muerte. Saben a perder la vida.

Buena mar es un viaje introspectivo lleno de aprendizaje donde el tiempo se para y la vida se aprecia desde una emoción que te muerde el alma.

Quedo con Antonio en un gallego cerca de Fuencarral. Charlaremos mientras cenamos un buen pescado.

Comer pescado ya no será lo mismo después de leer este libro. Para mí al menos, ya no. Imagino que para ti tampoco.

Lo disfruto de otra manera, porque he visto de dónde viene. Y, sobre todo, quiénes se dejan la vida para capturarlo. Cuando conoces Gran Sol, uno de los caladeros de pesca de altura más peligrosos, y convives con los marineros que pasan allí la mitad de su existencia te das cuenta de que esos hombres son ‘los invisibles del mar’. Casi nunca los recordamos. Para dar a conocer algo de sus vidas en el Atlántico Norte, escribí también Buena mar.

En Buena mar, un periodista se embarca en el Carrumeiro para adentrarse en el Gran Sol y conocer de primera mano la dureza de la vida en el océano. Antes de bucear en ese viaje literario hablemos de ti, de tu motivación, del por qué Antonio Lucas decide escribir esta historia. ¿Qué te lleva a embarcarte metafórica y literalmente en esta aventura literaria?

Buena mar es a la vez un homenaje y una exploración íntima. Homenaje a las gentes del mar y a sus vidas en aquel océano terrible e intempestivo; y la exploración íntima es la del narrador de la historia, un sujeto ajeno a las exigencias de la vida en el mar que se embarca con ellos para huir del propio desconcierto en el que vive. Después de muchos días en el océano más crudo, desconcertado, arrasado, incapaz de adaptarse, se da cuenta de que la distancia y el mar pocas veces son la solución. Diría que Buena mar es también la exploración de dos viajes: uno hacia adentro y otro hacia afuera. Del mar a uno mismo.

Nos adentras en el mundo naviero, con toda su crudeza, sin el romanticismo o la poesía que muchas veces se le supone. Y esto me lleva a un tema que está de actualidad y que está presente de una forma natural en el libro: la salud mental. ¿De qué forma está vinculada con el mar y los protagonistas de Buena mar?

No había pensado en ello, pero es una cuestión interesante. El mar puede ser lenitivo. Y de hecho lo es. Ese mar que casi todos disfrutamos, el de la orilla, el de los acantilados, el de los pantalanes. Pero eso no es todo el mar. Cuando te adentras en él entiendes la brutal capacidad que tiene para arrasarlo todo: desde un barco poderoso al ánimo mejor apuntalado. El mar de Gran Sol, que es el que más conozco ahora, es también un reto de resistencia mental. Los hombres que lo ‘habitan’ han desarrollado una relación psíquica extraordinaria con el mar. Es una combinación de respeto y rechazo, de amor y asco, de necesidad y espanto. El corazón de estos hombres no vive —como el nuestro— en las oportunidades, sino en las intemperies. Y eso afianza la cabeza y a veces también la derrota. Allí es muy raro todo.

Portada de 'Buena mar'.
ALFAGUARA
Portada de 'Buena mar'.

El océano para huir. “No se puede huir de uno mismo”. ¿Por qué y de qué decide huir el protagonista? ¿Por qué allí?

El narrador, Mauro, huye de su propio desconcierto. De una vida plácida, incluso con ciertos estímulos favorables, pero algo en lo hondo se le está desbaratando sin saber muy bien por dónde sopla el huracán. No tiene una gran tragedia, pero sí tiene el drama de quien no quiere seguir en el sitio en el que está, con lo logrado, con lo reconocido, con lo aplaudido. Decide huir, como hacemos casi todos, porque equivoca el itinerario de su intemperie. A veces no es lejos donde uno encuentra la lumbre que abriga, y de eso se da cuenta cuando es tarde, en medio del océano, pero a cambio descubre la pureza y la lealtad de once hombres de mar que son una revelación de autenticidad.

“Si desaparecen no siempre hay quien reclame el cadáver. Los seres más invisibles del mar”. En referencia a esos seis africanos que trabajan a bordo. ¿Cómo es la convivencia de la tripulación? ¿Qué códigos existen en alta mar?

La convivencia en un barco arrastrero siempre está al borde de muchas cosas. Son gente que llevan, algunos, muchos años surcando juntos Gran Sol. Todo se lo tienen dicho. Pero cuando la amenaza llega, casi siempre en forma de temporal, son un conjunto imbatible. Tienen esa nobleza intacta de quienes escuchan demasiadas veces a la muerte silbar cerca. Además, manejan unos códigos propios. A Gran Sol se va a trabajar. Aquello no es un crucero. Y el mar da señales difíciles permanentemente. El silencio entre ellos, por ejemplo, es uno de los códigos que tienen. Nunca hablar de más. Nunca preguntar de más.

El amor está tan presente como el propio desamor y el odio. En el caso del protagonista hace una catarsis voluntaria, pero en el resto de la tripulación están vinculados con el mar en una relación tóxica e imposible de cortar. ¿Qué aprendizaje extrae el protagonista y cuál ha extraído el autor?

Vivir con ellos las semanas que pasé embarcado fue una de las experiencias más alucinantes que he tenido. Aún hoy aprendo de tantas cosas que experimenté allí. De los ratos de conversación que tuvimos. De la inclemencia de un mar de un azul que llega a negro y que no tiene piedad. Un mar que no acepta héroes ni poetas. Un mar en crudo. Y esos hombres lo surcan alrededor de 300 días al año. Y a muchos de ellos les ha arrancado partes de su vida. Navegan por un agua que tiene en el fondo a padres, a hermanos, a tíos, a amigos… Pero por que no parezca todo tan dramático, también te diré que comí un pescado que ni en las Pescaderías Coruñesas y que bebí el mejor licor café casero de la historia de la navegación. Y que me reí en muchos momentos. Y cantamos algunas canciones. Y al final de la marea, cuando me dejaron en tierra, en el puerto de Castletownbere (en la costa suroeste de Irlanda), después de 21 días de océano, bebimos unas pintas de cerveza Murphy’s esplendorosas.

Cenamos lubina. El sabor en tierra firme es diferente después de lo de Antonio Lucas. Leed Buena mar.