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01/07/2019 21:35 CEST | Actualizado 02/07/2019 11:19 CEST

Del win-win al lose-lose

El hartazgo de la ciudadanía es notable y el riesgo de esa segunda convocatoria electoral, impredecible.

EFE

Ni estamos solos ni somos tan distintos. En el parqué de la política comunitaria los egos y el disenso también cotizan al alza. Los 28 líderes europeos han sido incapaces de encajar las piezas del rompecabezas sobre los cargos institucionales para los próximos cinco años. Las divisiones internas de los conservadores sobre la candidatura del socialdemócrata Timmermans para la Comisión, la oposición frontal de los cuatro países del Grupo de Visegrado (V4) y la falta de entendimiento entre Populares y Liberales ha empujado a un receso de 24 horas, a tan sólo 48 de que el Parlamento vote a su presidente.

En España, seguimos igual que estábamos. Bloqueados, instalados en el cortoplacismo y con el presidente en funciones de cumbre en cumbre internacional sin desvelar la fecha de la investidura. El “secreto” mejor guardado se lo desvelará Sánchez en unas horas en conversación telefónica -y también por carta- a la presidenta del Congreso, Meritxell Batet, y esta a los grupos parlamentarios. Sea el 9, que no parece, o el 23, como ahora se especula, servirá de poco. Más allá de algún optimista “monclovita”, que aún confía en doblar el pulso a Pablo Iglesias para que renuncie al gobierno de coalición, a estas alturas no hay quien crea que, tras este primer intento, vayamos a tener nuevo Gobierno antes de las vacaciones de agosto.

Habrá que esperar las propuestas que Pablo Iglesias tiene intención de anunciar en breve para desbloquear la negociación. En Común Podem ya ha planteado un pacto de mínimos e incluso su renuncia al referéndum de autodeterminación en Catalunya. Nada, por otra parte, que no hubiese planteado el líder de los morados a Sánchez en su última visita a La Moncloa, si bien se ha querido explicitarlo en un documento que se limita al hablar del “blindaje de las competencias previstas en el Estatut, pero que no parece haber movido a Sánchez de la pantalla del gobierno de cooperación sin ministros de Podemos.

EFE

De hecho, en los cuarteles generales de los partidos ya han activado el modo elecciones. Otras generales en otoño. Las cuartas en menos de cuatro años. En esto sí somos excepción porque la norma en la UE son los gobiernos en coalición o minoría. Alemania, Italia, Austria, Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Finlandia -donde jamás ha habido una mayoría absoluta-, Dinamarca, Rumanía, Bulgaria… La lista sigue. No en vano, solo hay tres grandes países -Francia, Hungría y Polonia- donde haya Gobiernos en minoría. Pero aquí vamos a lo nuestro. Más bien a lo de ellos, a lo que les conviene a los líderes políticos y a sus respectivos partidos.

En La Moncloa se felicitan de ir a bordo de una nave con viento a favor e indestructible. El famoso win-win del más famoso gurú presidencial. Gobierno  en julio o unas nuevas elecciones de las que el PSOE saldría beneficiado. O no. No está escrito que así fuera. Las últimas encuestas publicadas alertan sobre las dificultades que seguiría teniendo la izquierda para sumar, tras una repetición de las generales. Y eso que el pronóstico de Sigma-Dos es que Ciudadanos y Vox se hundirían. No extraña que el 70 por ciento de los votantes de Rivera se declare partidario de facilitar la investidura de Sánchez o que el 45 por ciento prefiera que el PSOE forme Gobierno incluso con la abstención de ERC y Bildu. 

En los cuarteles generales de los partidos ya han activado el modo elecciones. Otras generales en otoño.

El hartazgo de la ciudadanía es notable y el riesgo de esa segunda convocatoria, impredecible. El precio de la fatiga de un cuerpo electoral sometido a semejante bucle político desde 2015 lo describió de forma magistral José Saramago en Ensayo sobre la lucidez. Pocos textos pueden ser más oportunos para el momento que en el que el Nobel de Literatura plantea una especie de experimento sociológico en el que la mayor parte de los habitantes de una ciudad sin nombre deciden de forma espontánea y sin acuerdo previo votar en blanco en unas elecciones municipales. Los políticos esperaban una gran abstención pero, para su sorpresa, el 60 por ciento votó en blanco. Se repitieron las elecciones ocho días después, y el 83 por ciento volvió a votar en blanco. Esa mayoría social prefirió no quedarse en casa y no abstenerse en una especie de revolución pacífica de quienes estaban hartos de lo que pasaba y de lo que les ofrecían. Una crítica implacable ante el funcionamiento de la política sin distinción ideológica, de edad o condición social.

Todo un tratado sobre el significado del voto en blanco presentado como muestra del inconformismo y la fatiga con las opciones políticas y su forma de estar en la vida pública. El planteamiento es hiperbólico, si quieren rocambolesco, pero una mayoría mayoría social tendría hoy razones para participar de él ante la falta de entendimiento en un Parlamento fragmentado y en el que no parece que vayan a volver pronto las mayorías absolutas. De ahí que convenga ahora más que nunca que quienes solo ven ventajas a la repetición de las elecciones extremen la prudencia porque detrás de lo que se cree saber, “se oculta una cadena interminable de incógnitas”, como dejó escrito Saramago. Y es entonces, en esos casos de rotundas certezas, cuando el win-win puede mutar a un lose-lose.

Pues eso: que la historia, y también la política, están llenas de profecías de toda índole que nunca se cumplieron.

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