Crisis

Crisis

Me encabrona sentir la desgana de la creación artística en este momento en que los científicos asaltan con pasión y entrega todos los rincones del mundo.

Crisis.CARLOS ALEJÁNDREZ 'OTTO'

No sé ustedes, pero yo, de un tiempo a esta parte, me encierro más y más en la relectura de mis viejos libros, en cuyas cuarteadas cubiertas y ajadas hojas reconozco mi propia piel, hecha de arrugas y recuerdos. En ellos encuentro el nervio y el fulgor que me mantienen pegado al asiento (alguna vez arropado en la toquilla de la noche, leí, con avidez sin tregua, hasta que se levantó la página del alba).

Y sé que soy injusto generalizando, pero no encuentro en las últimas añadas el sabor arriesgado y mordiente de la literatura, esa profesión de fe que salta de la plegaria a la blasfemia en honor a un dios oscuro e intangible. Lo que me llega a la boca con demasiada frecuencia es la gaseosa de la escritura funcionarial, desganada y sin más aspiración que entretener un rato mientras se recarga el móvil o el topo del Metro alcanza tu destino.

Por supuesto que hay excepciones, pero su rareza convierte la búsqueda por los anaqueles de las librerías en tarea de cerdo trufero.

Pareja atonía percibo en las columnas de los periódicos, en las que ya no reconozco la maestría que me hacía olvidar en el plato los churros del desayuno. Enterramos la bufanda de Umbral, apagamos el mechero de Alvite, colgamos los guantes de Manolo Alcántara y David Gistau. Suerte que David Torres y Manuel Jabois mantienen su banqueta en el rincón, y que Juan José Millás moja su esponja en el cubo de la ironía.

Y cómo olvidar la prosa quevediana, relámpago de lucidez y erudición, con que a diario nos premia en El Mundo Raúl del Pozo.

Y permítanme recomendarles las columnas de Leila Guerriero en El País. Desde que Alvite dejó el tabaco (fuera del ataúd), no había leído nada tan emotivo y hermoso como su artículo Los nadies. Joder, se me humedecieron las gafas, que a mí la envidia me afecta al lagrimal.

Pero, en buena medida, lugares comunes, refritos, bulos y chistes vacuos ocupan el recuadro que antes se reservaba a las obras maestras de tres minutos.

Discúlpenme si yerro, pero solo leo los periódicos de Madrid, y no todos.

Mientras, los críticos y estudiosos del arte se desgañitan discutiendo los méritos de un vaso de agua puesto en una repisa o de un plátano pegado a la pared con cinta adhesiva.

O bate records de dólares la pintura epidérmica de Frida Kahlo, por la que yo no levantaría una mano, ni siquiera una ceja.

Nunca he compartido la admiración casi unánime a Pablo Picasso, pero no estoy tan ciego como para no temblar ante la delirante fuerza de sus pinceladas.

Ni tan muerto como para no echar de menos sus fogonazos de erotismo y srebeldía.

Al modo de muchos cocineros en boga (perdón por arrimar el ascua a mi sartén), sobran los artistas que confunden creativo con fatuo, experimentación con onanismo y los churros con las Meninas.

Hacerse un 'piercing' no lo convierte a uno en David Muñoz

Y es que hacerse un piercing no lo convierte a uno en David Muñoz. Es preciso, además, poseer una sensibilidad innata, un paladar avezado, y aceptar como un dogma que, en la cocina, y en la vida (añado) “el fondo es fondamental” (gracias, Azcona).

De la música actual, nada diré, salvo que a veces sintonizo la COPE para limpiarme los oídos.

Y me encabrona sentir la desgana de la creación artística en este momento en que los científicos asaltan con pasión y entrega todos los rincones del mundo, desde el fondo del tiempo a la invisibilidad que ya no es materia. Logros tan hermosos y necesarios como la fotografía de un agujero negro o la obtención de una vacuna capaz de aplacar al último virus (o que un corazón porcino hoce en un hombre) no van acompañados de la furia creadora con que los poetas se colocaban al frente de la exploración de la realidad.

Al igual que los suicidas que renuncian a la inyección y a la inteligencia, los verseros, como los sifoneros de la cocina, se conforman con lugares comunes y sentimientos ramplones, ignorando que es la sustancia la que hace un buen caldo, no el color de la taza.

Aunque de la desazón me salvan los mejores momentos de Karmelo Iribarren, la voz retumbante y comprometida de Jesús Urceloy y la escritura en carne viva de David González, por más que ahora, embozados con la mascarilla, este aforismo del asturiano haya perdido fuerza: “La cara es el espejismo del alma”.

Benditas sean la erudición y la sensibilidad de Irene Vallejo, cuyo 'Infinito en un junco' he disfrutado hasta la lujuria

Benditas sean la erudición y la sensibilidad de Irene Vallejo, cuyo Infinito en un junco he disfrutado hasta la lujuria. Necesitábamos esta declaración de amor a los libros, este viaje ilimitado a la sabiduría. Necesitábamos su ironía, su estilo fluido, vivaz y entregado, su pasión descarada y sus abrumadores conocimientos de aquel tiempo lejano (y, a veces, mejor) cuando los monologuistas se llamaban Sócrates, Diógenes, Protágoras….

Necesitábamos, y así seguirá siendo, encontrar el presente en el pasado, y a nosotros mismos en las palabras que otros, con generosidad, nos ofrecen sin conocernos.

Leer, en fin, para leernos.

Vuelvo a recorrer el libro de Irene por segunda vez. Y no será la última.

Lo quiero a mi lado hasta que su cubierta y sus hojas se transformen en mi piel.