Cloroformo

Cloroformo

Sobre la temprana y no esclarecida muerte de Buenaventura Durruti, hay una ráfaga de versiones ya imposibles de cotejar.

Cloroformo.CARLOS ALEJÁNDREZ "OTTO"

Es imposible no sentir admiración por un personaje tan abnegado y altruista como Buenaventura Durruti, que, tal día como un 20 de noviembre, perdió para siempre su pistola y su aliento en el barro de la Ciudad Universitaria. 

Sobre su temprana y no esclarecida muerte, hay una ráfaga de versiones ya imposibles de cotejar. La mayoría, más improbables que esta entrevista en su memoria.

El individuo que franquea la puerta del bar no necesita insignias para mostrar su autoridad; la exhibe en el sudor que perla su frente a pesar del frío, en las manos sucias de hollín y polvo de ladrillo, en el olor a cordita que exhala su dos cuartos.

También en el revólver que cuelga del cinturón, acechando en su funda, peligroso, casi despierto.

-Tiene cojones la cosa; los tiros a la vuelta de la esquina y vosotros aquí, tomándoos unos vinos…

-A ver, camarada, hemos parado un momento para reponer fuerzas, que llevamos todo el día en el frente y es mucho frío para un diecinueve de noviembre…

El recién llegado acerca su rostro al del tipo que le ha hablado, que empieza a temblar como la avena loca ante el ábrego.

-¿Todo el día en el frente? No me jodas. Anda, vete p´allá y échales el aliento a los fascistas, que lo mismo ganas la guerra tú solo.

Le basta una mirada para que los cinco milicianos recojan sus equipos, dejen unas pocas monedas en el mostrador y salgan a la carrera del local, musitando un “salud, camarada” acobardado.

-Y tú, tabernero, ¿qué? ¿Incitando a la deserción?

El obeso hombre tras el mostrador de zinc se ajusta el mandil mostrando su dignidad de trabajador.

-Tengo permiso de la Junta de Defensa para abrir y vender vino.

-De acuerdo, pero no vuelvas a servir a milicianos armados, no vaya a ser que tu morapio nos cueste la ciudad.

El recién llegado centra su atención en el hombre sentado en la mesa del fondo, cuyas manos compiten por escribir en cuartillas que se arraciman sobre el hule y en atacar una botella de líquido incoloro que no es agua. No necesita dirigirse a él; sin apartar la vista de sus papeles, levanta la mano izquierda en clara señal de alto.

-Por mí no se preocupe, amigo corresponsal extranjero—su español es bueno, pero lo lastra el acento bronco de un extraño y la lengua dormida de un beodo—. Ya he estado por ahí abajo y ahora escribo mi crónica. Aunque no me importaría invitarle a usted a un trago. Lo he reconocido y me parece que podría vender muy bien su entrevista.

El miliciano sonríe con sorna.

-Una idea excelente, míster. Echo a los soldados del bar y me siento yo en la silla libre…

-Propaganda para la causa. Son las servidumbres del mando, compañero. Después de usted, pienso hacer un reportaje sobre la brigada de los toreros.

-Flojitos de remos —musita el miliciano mientras se acerca con curiosidad; él también ha reconocido a su interlocutor; miaja le ha enseñado alguna de las crónicas que envía desde Madrid, presididas por la foto en que aparece disfrazado de viejo corsario, con el mismo chaleco de cien bolsillos que lleva en ese instante, las gafas que parece no necesitar y la boina colocada (y le cuesta creer que nadie se lo haya dicho) como se la ponen las mujeres francesas. Crónicas que le recuerdan demasiado a las películas del Oeste de los cines de baratillo, repletas de héroes románticos y vacías de revolución. Pero se las perdona; sabe que han tenido más peso en el reclutamiento de los internacionales que todos los llamamientos de los comités.

-Usted es Ernesto Emingüey, el americano.

-Sí, señor. El americano. El único americano en todo el planeta. Solo Gertrude Stein es más americano que yo. Venga, tome un trago. Es ginebra yanqui, mucho mejor que la inglesa, digan lo que digan esos estirados.

-La conozco. Los ricos de Chile la importaban incluso cuando su fabricación era clandestina.

-¿Se trataba usted con los ricos de Chile?

-No. Les robaba.

Hemingway, el corresponsal extranjero, sirve dos vasos y ofrece uno al miliciano, que lo acepta, aunque no se sienta; ni siquiera se quita la gorra de piel.

-¿Robar? No me imagino a un revolucionario cayendo en el delito. No sé si debo escribir que Durruti fue un vulgar ladrón.

Durruti, el miliciano, ladra una sonrisa de desdén.

-Claro que sí. Los revolucionarios son seres angelicales que responden a la explotación con cánticos y marchas pacíficas, esperando que el fascista se conmueva. Pero lo cierto es que el que delinque contra la propiedad es el auténtico revolucionario. Los compañeros de Chile sufrían de la misma miopía burguesa. Cuando Jover, los hermanos Ascaso y yo montamos el primer atraco, se escandalizaron. Aquel día nos sorprendió la extraña reacción de los oficinistas, como si no se creyeran lo que estaba sucediendo. Incluso dos de ellos se auparon a la trasera del coche y tuvimos que bajarlos de un tiro. Luego supe que aquel había sido el primer atraco a un banco en la historia del país.

-Todo un honor.

-No hay honor en la lucha revolucionaria. Hay victorias y derrotas.

-No sé si esta es la entrevista que esperan mis lectores.

-Sus lectores ejecutaron a Sacco y a Vanzetti. Será mejor que no sepan lo que pueden esperar de mí.

Hemingway da un puñetazo en la mesa y se levanta para encararse con Durruti.

-¡No nos juzgue a todos por igual! ¡Ahora mismo, los mejores jóvenes de mi país están matando y muriendo en la Casa de Campo!

La tranquilidad de Durruti lo agranda frente a la impresionante mole vociferante del americano.

-Lo sé, y los respeto. Son buenos luchadores, pero no buenos revolucionarios. Muchos de ellos ansían salvar la democracia burguesa y el pavo relleno, pero no crea que no los admiro o que soy un desagradecido. Si seguimos en la lucha es —exageró— gracias a los brigadistas. Aquí aprenderán el verdadero internacionalismo.

Hemingway vuelve a su asiento y a sus cuartillas.

-¿Piensa lo mismo de los comunistas? ¿También ellos aprenderán?

-Ahora nos toca aprender a nosotros. Ellos saben organizar un ejército, que es lo que necesitamos. Pero nunca dejarán de ser enemigos de la anarquía.

-Un ejército de civiles —musita Hemingway— es un oxímoron.

-¿Un qué?

-Algo imposible, como la sangre azul. La sangre siempre es roja como el bloody mary que me derramó Chicote augurando lo que llegaba.

Y escribe la frase con premura. Es buena para cerrar su artículo de esa noche.

-¿Quién no es su enemigo, señor Durruti?

-No tengo ni puta idea. A veces pienso que todos estos tiroteos son para decidir quién me mata. Me marcho. Si quiere una entrevista, hable con Prensa y que ellos la concierten. Intentaré complacer a sus lectores del Toronto Star.

-Ahora trabajo para la NANA.

-Pues esto suena más bien a réquiem… —farfulla para sus adentros—.

Retumba una explosión cercana.

-Debería tener cuidado, míster. Es usted un personaje valioso y las bombas no miran credenciales.

-Tranquilo, hombre. La muerte me ha toreado muchas veces, pero siempre me ha indultado.

Durruti se ajusta las trinchas y bebe la ginebra de un trago. Al apartar el vaso de sus labios, queda un gesto de repugnancia.

-¿No le gusta?

-Es raro. De repente me ha sabido toda la boca a cloroformo.