Energía renovable.
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29/01/2021 08:58 CET | Actualizado 29/01/2021 08:59 CET

Cuando el desastre climático nos golpea es la energía renovable la que nos levanta

La energía solar y la eólica son más seguras en caso de catástrofe, además de ser necesarias para frenar el empeoramiento de la crisis climática

El Sandai Jitsuroku, un libro de historia japonesa de más de mil años de antigüedad, describe justo el instante: cuando el terremoto sacudió la tierra, un fenómeno luminoso cubrió el cielo nocturno e iluminó la costa. Entonces llegó el tsunami. El agua marina se extendió por la llanura de Sendai inundando la antigua ciudad-castillo y mató a unas mil personas. Al tsunami se le bautizó con el nombre de Jōgan, en honor al emperador de la época. Corría el año 869.

En 2001, un equipo de paleontólogos e ingenieros examinaron la arena encerrada en los estratos bajo la llanura de Sendai, un área que se extiende más de dos millas tierra adentro desde la costa. Sus tres capas, espaciadas uniformemente, nos dan pistas geológicas de que este lugar sufre una gran inundación cada 800 o 1.000 años.

“Han pasado más de 1.100 años desde el tsunami Jōgan”, escribió el equipo de investigación: “Dado el intervalo de frecuencia, la posibilidad de que un gran tsunami golpee la llanura de Sendai es alta”.

Diez años más tarde, el terremoto Tōhoku sacudió la costa nororiental de Japón, desencadenando un tsunami que devastó el país y acabó con la vida de cerca de 20.000 personas.

Si la destrucción de una vieja ciudad-castillo centró la atención tras el tsunami Jōgan, no hay duda de que la central nuclear de Fukushima Daiichi la monopolizó esta vez.

El agua marina inundó la central provocando el sobrecalentamiento de los tres reactores. La radiación se filtró al medioambiente circundante. Once de los 54 reactores nucleares japoneses fueron tapiados inmediatamente tras la fusión, lo que provocó cortes de electricidad y el racionamiento de energía en todo el país.

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Superior izquierda: El edificio del reactor de la Unidad 4 de la central nuclear de Fukushima Daiichi en el noreste de Japón el 28 de febrero de 2012. El tsunami y el terremoto que sacudió el país en 2011 provocaron el peor accidente nuclear desde Chernóbil en 1986. Superior derecha: Zona este de la Unidad 5 el 11 de marzo de 2011. Inferior izquierda: Los trabajadores utilizan un equipo de protección especial para limpiar el complejo nuclear de Fukushima Daiichi el 12 de junio de 2015. Inferior derecha: Vista aérea de la central nuclear de Fukushima el 12 de marzo de 2011. Créditos: Getty/AP

 El futuro de la costa japonesa estaba predeterminado, pero no las consecuencias. Si el Gobierno se hubiera preparado mejor para una gran inundación y no hubiera dependido de las vulnerables centrales nucleares costeras para producir casi el 30% de la electricidad podría haber sido capaz de soportar mejor estas fuerzas de la naturaleza.

La lección fue dolorosamente obvia: los sistemas energéticos deben ser resilientes a las catástrofes. Esta lección no solo debe aprenderla Japón; es una que el resto del mundo empieza a asimilar según nos enfrentamos a una serie de crisis interconectadas que van desde la COVID-19 hasta el cambio climático.

Nuestras fuentes energéticas condicionarán nuestra capacidad para evitar un cambio climático catastrófico y determinarán si somos capaces de hacer frente a las actuales consecuencias.

El desastre de Fukushima fue una situación única. El cambio climático no causó el tsunami y Japón es un país con mucho movimiento sísmico. La central energética, situada en la costa del Pacífico, no fue construida para soportar una ola de casi 13 metros y además la fusión nuclear es un evento especialmente peligroso.

Pero la central no es la única susceptible a sufrir un desastre y Japón no es el único país que ignora las advertencias sobre futuras catástrofes.

No hay motivo para que el cambio climático nos coja desprevenidos. Hace décadas que sabemos que debemos transitar hacia los sistemas de energía renovable, no solo para frenar el avance de la destrucción climática provocada por los combustibles fósiles, sino porque la energía renovable ha demostrado ser más fiable que los combustibles fósiles o la energía nuclear frente a los desastres y también podría ayudar a mejorar la resiliencia de la humanidad frente a las catástrofes climáticas que ya son inevitables. 

El mundo está expuesto a desastres climáticos cada vez más intensos que amenazan nuestra infraestructura energética, incluyendo las centrales térmicas y los oleoductos. La mayor parte de la energía mundial proviene de los combustibles fósiles todavía. La industria lleva décadas afirmando que la fiabilidad del petróleo, del gas y del carbón es mayor que la de la energía eólica y solar; sin embargo, los estudios demuestran que la infraestructura de los combustibles fósiles es intrínsecamente vulnerable al cambio climático.

Las centrales eléctricas, especialmente en las zonas costeras, se verán afectadas por huracanes, tormentas y por la subida del nivel del mar. Los incendios forestales, como los que se producen regularmente en Estados Unidos y Australia, ya provocan cortes de luz que ponen en peligro a las comunidades. Un paisaje cada vez más árido podría dar lugar a cortes temporales a medida que el agua necesaria para el funcionamiento de las centrales eléctricas escasee; las sequías y el calor extremo ya han afectado al suministro eléctrico de países como India, Kenia o Francia.

El personal de las minas de carbón a cielo abierto se enfrenta a inundaciones y desprendimientos de tierra debido al aumento de las lluvias. Los oleoductos y las redes eléctricas se enfrentan a todos los impactos climáticos: aumento del nivel del mar, deshielo del permafrost, fuertes vientos, incendios forestales y desprendimientos de tierra.

Aunque las instalaciones eólicas y solares también son vulnerables, hay menos probabilidades de que el clima extremo las destruya por completo y pueden evitar que la ciudadanía dependa de una fuente energética centralizada.

Los paneles solares y las turbinas eólicas son mini centrales eléctricas en sí mismas, están distribuidas por toda la geografía y se pueden desconectar de la red central, lo que significa que pueden seguir funcionando incluso cuando el principal suministro energético se interrumpe. Si cuentan con acumuladores de energía pueden ser una fuente energética vital durante los cortes críticos.

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Izquierda: Jermaine Brisco frente a su casa en Lower 9th Ward en Nueva Orleans, la vivienda fue seriamente dañada por el huracán Katrina en agosto de 2005. En mayo de 2006 el agua de la zona todavía no era potable y la electricidad casi nunca funcionaba. Derecha: Una fila de casas dañadas por el huracán y sin electricidad en Lower 9th Ward el 20 de febrero de 2006. Créditos: Getty Images

Por tanto, no es de extrañar que cuando los residentes de Fukushima empezaron a recomponer sus vidas tras el desastre, muchos negocios y comunidades optaron por las energías renovables, especialmente la energía solar. Jun Yamada fue uno de esos empresarios.

Yamada trabajaba en tecnologías de la información, pero tras el desastre se asoció con Yauemon Sato, otro residente de la zona cuya familia tenía una fábrica de sake en la prefectura de Fukushima desde hacía nueve generaciones.

“Estudiamos lo que un número limitado de ciudadanos que viven en el campo como nosotros podía hacer”, señala Yamada: “Nuestra conclusión fue: ¿por qué no generamos energía renovable y la distribuimos a la comunidad?”

En 2013, fundaron juntos la empresa eléctrica Aizu Electric Power Company; hasta la fecha han instalado paneles solares en 80 áreas distintas de la región.

Historias similares se dan en todas las zonas japonesas afectadas por una catástrofe, donde las nuevas instalaciones solares aumentan a un ritmo que a menudo supera con creces el del resto del país. Para muchas personas, esto fue en parte una respuesta psicológica al desastre, el deseo de construir algo más seguro y resiliente sobre lo que tener más control.

Las políticas gubernamentales favorecieron el proceso: la introducción de una tarifa de inyección que garantiza un precio alto para la electricidad renovable, el acceso a la red y un mejor acceso a los terrenos (tras el accidente nuclear muchas hectáreas de tierra quedaron inservibles para la agricultura). También jugó un papel importante la predisposición de las comunidades para aceptar el cambio.

“Muchas de estas comunidades invirtieron en iniciativas públicas de energía solar porque vieron lo importante que resulta superar las primeras 72 horas después de un desastre”, afirma Timothy Fraser, investigador de la Universidad Northeastern de Boston, que pasó un tiempo con las comunidades japonesas en 2016 haciendo un seguimiento de la transición a la energía renovable tras el tsunami.

“Si una comunidad puede sobrevivir a esos tres días, con electricidad para las instalaciones vitales como los hospitales y los refugios públicos, en la mayoría de los casos, pasado ese tiempo, las ONG de ayuda en casos de desastre pueden llegar y dar soporte”, añade Fraser.

Pie de foto - Trabajadores reparan un oleoducto de una instalación de Chevron Texaco el 11 de septiembre de 2005 después de que fuera dañado por el huracán Katrina. Créditos: Joe Raedle/Getty Images

La energía solar ha demostrado ser esencial para superar un desastre en cualquier parte del mundo; sin embargo, lo ideal sería que las comunidades contaran con sistemas de energía resilientes antes de que ocurra cualquier catástrofe.

Para Blue Lake Rancheria, una pequeña comunidad tribal nativa americana de California, el valor de contar con una fuente de electricidad resiliente no conectada a la red es evidente.

“Esta zona es muy rural y además hay incendios, tormentas e inundaciones. La región ha sufrido cortes de luz que han durado una o dos semanas, e incluso más”, señala Jana Ganion, la directora de sostenibilidad y asuntos gubernamentales de la tribu: “La tribu sabía que de alguna forma el cambio climático aumentaría estos eventos y efectivamente así ha sido”.

En 2015, la tribu creó su propia microrred que cuenta, entre otras cosas, con 1.500 paneles solares y puede operar de forma independiente, lo que convierte la reserva en una pequeña isla energética.

Esta inversión resultó ser vital. Cuando los incendios forestales arrasaron el condado de Humboldt en 2019, causando cortes de energía generalizados, la microrred fue capaz de suministrar energía. Miles de personas de los alrededores acudieron en masa a las instalaciones de la reserva. Varias habitaciones del hotel propiedad de la tribu se cedieron a ocho pacientes en estado crítico que dependían de la energía eléctrica para recibir un suministro constante de oxígeno. El Departamento de Salud y Servicios Humanos del condado reconoció que gracias a la tribu se habían salvado sus vidas.

Sarita Turner cree que las energías renovables gestionadas por la comunidad pueden ser algo más que un salvavidas durante una crisis; las considera una herramienta importante en la lucha contra el racismo sistémico y una forma de que las comunidades tengan una estabilidad duradera gracias al empleo, la educación y el empoderamiento.

Su puesto como vicepresidenta de los programas estadounidenses del Institute for Sustainable Communities, organización internacional sin ánimo de lucro con sede en Vermont, la lleva a trabajar con organizaciones comunitarias en ciudades de todo Estados Unidos que emplean los proyectos energéticos para crear resiliencia local en las comunidades de color vulnerables al clima.

Una de estas iniciativas es Power52 de Baltimore. Fundada en 2015, Power52 se propuso devolver la esperanza a una comunidad que sufría tras las protestas y disturbios sociales que provocó el asesinato de Freddie Gray a manos de la policía. Esta organización sin ánimo de lucro, que cuenta con la antigua estrella de la NFL Ray Lewis entre sus fundadores, capacita a las personas para instalar y mantener paneles solares.

En 2018, los graduados del Instituto de Energía Power52, personas que previamente habían estado desempleadas y de las cuales el 65% había estado encarceladas, instalaron paneles solares y acumuladores en un centro comunitario del East Baltimore: el edificio se convirtió en un centro de resiliencia donde los residentes de algunos de los barrios más desfavorecidos de la ciudad se pueden reunir durante un corte de luz. El centro, que puede proporcionar 72 horas de electricidad, está aprovisionado con alimentos y agua, estaciones de carga y otros objetos que la gente puede necesitar para superar una crisis (grande o pequeña) de forma segura.

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Izquierda: Jermaine Brisco frente a su casa en Lower 9th Ward en Nueva Orleans, la vivienda fue seriamente dañada por el huracán Katrina en agosto de 2005. En mayo de 2006 el agua de la zona todavía no era potable y la electricidad casi nunca funcionaba. Derecha: Una fila de casas dañadas por el huracán y sin electricidad en Lower 9th Ward el 20 de febrero de 2006.

Cuando ocurre un desastre, como el huracán Sandy o el huracán Harvey, las comunidades de color suelen ser las más afectadas, sus propiedades sufren mayores daños, se cortan más servicios como la electricidad y el agua y su seguridad económica se ve más amenazada a largo plazo. Las vulnerabilidades preexistentes, como empleos precarios, unidas a la distribución desigual de ayudas en caso de desastre, hacen que sea mucho más difícil para estas comunidades recuperarse de un desastre.

Por ejemplo, después del huracán Katrina los residentes negros de Nueva Orleans tenían tres veces más probabilidades de perder su empleo que sus homólogos blancos. “Nuestro trabajo empieza a enmendar esto”, dice Turner: “Sirve para que la gente entienda estas conexiones y mejore la resiliencia de sus comunidades”.

En teoría, si se fomenta la capacidad de las comunidades vulnerables de Baltimore para instalar y mantener sistemas energéticos no contaminantes, no solo estarán mejor equipadas para hacer frente a las consecuencias inmediatas de un desastre relacionado con el clima, sino que el proyecto también mejorará la resiliencia a largo plazo, ayudando a romper los ciclos de pobreza, desempleo y encarcelamiento.

Hasta la fecha, Power52 ha creado cuatro centros de resiliencia en Baltimore y formado a 209 ingenieros solares, ayudando al alumnado a encontrar empleo. En una de las últimas graduaciones, cinco de los ocho alumnos tenían ya asegurado un empleo en la energía solar.

Además de las oportunidades de empleo, según un informe de la National Trust, organización medioambiental británica sin ánimo de lucro, “los planes comunitarios de energías renovables pueden ofrecer a las comunidades locales una serie de beneficios sociales y económicos ”, incluyendo “mayor autonomía, empoderamiento y resiliencia, oportunidades educativas, mayor sentido de la pertenencia y una mejor economía local”.

“La evidencia es clara, ya no hay duda, ya tenemos encima la anunciada crisis climática”JANA GANION, BLUE LAKE RANCHERIA

Junko Mochizuki, experta en riesgo y resiliencia del Instituto Internacional de Análisis de Sistemas Aplicados de Viena, que estudió el interés en la energía solar en Japón tras el desastre, observó algo similar en las comunidades japonesas, los residentes se habían unido para poner en marcha proyectos solares locales en terrenos que ya no se podían cultivar.

Según ella, una reconstrucción de este tipo, “más orientada al ámbito local”, hará que estas comunidades “sean más resilientes en el futuro. Tienen una mayor identidad comunitaria y están más implicadas”.

La mayoría de los proyectos comunitarios energéticos son a pequeña escala, una turbina de viento por aquí, unos pocos paneles solares por allá: generan suficiente energía para abastecer los edificios locales o son una pequeña fuente de ingresos.

Pero el reto que tenemos por delante es enorme. A medida que la población aumente y tenga más recursos económicos, se prevé que el consumo energético mundial aumentará casi un 50% para 2050.

Satisfacer esta demanda con combustibles fósiles crearía una catástrofe climática aún mayor y las comunidades serían todavía más vulnerables a las consecuencias. Si la humanidad quiere evitar ese destino, las energías renovables deben aumentar.

Por suerte, algunos países ya se han puesto en marcha. A principios de 2020, el Banco Mundial se asoció con el Gobierno de Kenia para financiar proyectos solares no conectados a la red por todo el país, que proporcionarán energía a 250.000 hogares y a más de 800 instalaciones públicas. Además de ir eliminando los combustibles fósiles del país, esta alianza sirve para traer luz a los hogares de algunos de los 12 millones de personas del país que no tienen acceso a la electricidad y permitir que niños y niñas estudien a distancia durante una pandemia.

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Izquierda: Se instala luz solar en una casa cerca de Nairobi, Kenia. Derecha: Una familia se reúne bajo una bombilla LED iluminada por un kit de generación de energía solar en una zona rural cerca de Nairobi el 31 de enero de 2019. 

Las condiciones para implantar la energía solar a gran escala ya están aquí: Este año, la energía solar se convirtió en la fuente eléctrica más barata de la historia. La Agencia Internacional de la Energía la denomina la “nueva reina” de la electricidad, y prevé que la combinación de energía solar y eólica pueda superar al carbón como la mayor fuente de energía del mundo para 2025, esto si -y es un gran si- los Gobiernos nacionales aprueban todos los cambios que prometen implementar en sus sistemas energéticos para hacer frente a la crisis climática.

El terremoto y tsunami de Tōhoku pusieron de relieve la necesidad de un sistema energético resiliente. Sin embargo, el esfuerzo japonés por suministrar energía al país después del desastre demuestra que una crisis no es un buen catalizador para implementar un cambio generalizado a largo plazo. Mientras que la prefectura de Fukushima aspira a tener un suministro energético 100% renovable para 2040, Japón en su conjunto avanza en dirección opuesta, apoyándose en el carbón para compensar el déficit de sus centrales nucleares cerradas, esto a pesar del compromiso adquirido en octubre de 2020 de no emitir emisiones de carbono para 2050,.

Como dice Mochizuki, después de una catástrofe no es buen momento para reinventar el sistema energético.

“La evidencia es clara, ya no hay duda, ya tenemos encima la anunciada crisis climática”Ganion de Blue Lake Rancheria

“Hemos pasado tiempo más que suficiente contemplando el problema climático”, señala Ganion de Blue Lake Rancheria: “La evidencia es clara, ya no hay duda, ya tenemos encima la anunciada crisis climática”.

Su consejo: “Es hora de luchar”. Añade que tenemos las soluciones delante de nuestras narices y que la transición ya ha comenzado, “pero debemos pisar el acelerador, empezando hoy mismo”.

Este artículo forma parte de la colaboración entre Huffpost UK y Unearthed, el equipo de investigación periodística de Greenpeace UK, y ha sido traducido del inglés.