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09/03/2021 12:46 CET | Actualizado 09/03/2021 12:46 CET

Feminismo y socialdemocracia

Ser socialista pasa inexcusablemente por ser feminista.

Pablo Blázquez Domínguez / Getty Images
Un grupo de mujeres protesta junto al mural feminista de Ciudad Lineal, que ha sido vandalizado.

Desde que el mundo es mundo existe desigualdad sexual. Historiadores y antropólogos han descrito algunas sociedades singulares donde la organización social ha propiciado que hombres y mujeres vivan con un grado considerable de igualdad, pero por regla general en todas las sociedades conocidas hombres y mujeres desempeñan roles diferenciados y los hombres han ocupado de modo casi invariable las posiciones de mayor estatus y poder.

En pleno siglo XXI, cada año muchas niñas siguen muriendo por desatención o infanticidio en gran número de países. Muchas siguen siendo entregadas por sus familias en matrimonio en la adolescencia. Un número considerable tiene embarazos prematuros o soportan cargas de cuidado desde edades muy tempranas. Muchas niñas y mujeres que viven en zonas de conflicto sufren directamente o viven con temor a sufrir violencia sexual, como nos recuerda un informe recientemente de Save the Children.

En términos comparativos, España es un buen país para ser mujer. El Global Gender Gap Index de 2020 nos sitúa en octavo lugar en el mundo, por encima de la mayoría de países europeos. Pero no podemos descansar hasta que sea el mejor. Hasta que hayamos desterrado la última desventaja que todavía trae consigo ser mujer en nuestra sociedad.

Nos lo impone el más elemental sentido de la justicia. Un sentido de la justicia que abrazamos sin matices los socialdemócratas. La obligación de un socialdemócrata es dar la batalla incansablemente hasta que la sociedad no haya desterrado desventajas que afectan al 50% de la ciudadanía, hasta que tengan garantizada la igualdad en áreas claves para su desarrollo y el ejercicio pleno de la libertad.

Muchas mujeres occidentales siguen siendo socializadas desde la infancia para desarrollar preferentemente las labores domésticas y de cuidados. Esas actitudes y comportamientos adquiridos son interiorizados como si fueran naturales y, como tales, se ponen en práctica en su vida adulta, en sus relaciones de pareja y sus vínculos parentales cuando han constituido sus propios hogares.

Mujeres de toda condición sufren penalizaciones en el mercado de trabajo: en la contratación, en la promoción, en sus salarios

Mujeres de toda condición sufren penalizaciones en el mercado de trabajo: en la contratación, en la promoción, en sus salarios. Suelos pegajosos y techos de cristal. La maternidad o simplemente la posibilidad de ser madre representan todavía un factor de discriminación en muchas empresas, que lastra las carreras de las mujeres en distintas etapas de su itinerario laboral. La estereotipación y el prejuicio malogran todavía ambiciones y sueños de muchas mujeres.

Muchas más mujeres que hombres sufren acoso sexual, intimidación verbal, o son víctimas de violencia en el ámbito doméstico y en el espacio público. Muchas más mueren a resultas de esta violencia. Esta violencia se ceba de manera especial y de forma estructural contra las mujeres. Por eso, a esta violencia hay que llamarla por lo que es, violencia machista o violencia de género. No debemos admitir etiquetas edulcorantes que no invitan, de manera insidiosa, a apartar nuestra mirada de lo fundamental.

Todas estas desventajas (y otras) ponen cortapisas a la libertad de las mujeres. Como socialdemócratas, mujeres y hombres, sabemos que no hay verdadera libertad sin igualdad. Ser socialista pasa inexcusablemente por ser feminista.

Ser socialista pasa inexcusablemente por ser feminista

Pero también tenemos motivos para ser feministas por una cuestión instrumental. Las sociedades igualitarias son mejores sociedades para vivir. Las parejas igualitarias suelen ser más felices y tienen hijos con mejor salud y progreso educativo.

Las empresas que introducen medidas de corresponsabilidad son más productivas. Los países igualitarios sacan mejor partido del talento de su ciudadanía y crecen más. En un contexto de globalización y creciente competitividad, ninguna economía sana puede privarse de facultar al 50% de su ciudadanía a realizar las todas las contribuciones de que son capaces, capitalizando al máximo su energía y creatividad.

Por si esto fuera poco, las sociedades igualitarias traen beneficios para los varones. Son un entorno propicio para cultivar una masculinidad más protegida, menos tóxica, menos propensa a comportamientos que afectan negativamente a su salud e incrementan su riesgo de fallecer.

En los últimos años se acumula la evidencia científica de que los varones que mantienen valores y actitudes más machistas prestan menos atención al autocuidado. Son menos proclives a adoptar hábitos y prácticas preventivas para su salud, como realizarse chequeos médicos o consumir una dieta equilibrada rica en verduras. Por el contrario, tienden a incurrir más habitualmente en comportamientos de riesgo, como el consumo de tabaco o episódico de alcohol en grandes cantidades. En contexto sociales donde todavía prevalecen normas y valores patriarcales, los hombres están también más expuestos a morir por un incidente violento o a cometer suicidio.

Las sociedades igualitarias son, en definitiva, sociedades donde hombres y mujeres viven mejor y son más felices. Si renunciáramos a pelear por la igualdad efectiva entre hombres y mujeres estaríamos abdicando de nuestra responsabilidad de perseguir la justicia social y optar a las mayores cotas posibles de bienestar. Estaríamos renunciando al ideal socialdemócrata.

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