‘La batalla de los ausentes’ y ‘Los despiertos’ o la réplica supera al original

"Más allá de las similitudes evidentes a simple vista, como estar protagonizada por tres personajes y tener una escenografía oscura, coinciden en muchas cosas".
Los protagonistas de 'Los despiertos' en escena.
Paco Ureña
Los protagonistas de 'Los despiertos' en escena.

Coinciden en la cartelera dos obras de factura muy similar. Una es La batalla de los ausentes de la Zaranda que se despide este domingo del Teatro Español. La otra es Los despiertos de José Troncoso, que se acaba de estrenar en el Teatro del Barrio donde estará, al menos, todo el mes.

Más allá de las similitudes evidentes a simple vista, como estar protagonizada por tres personajes y tener una escenografía oscura, coinciden en muchas cosas. De tal manera que, si alguien que no conociese el sector ni tuviese ninguna información al respecto, podría pensar que han sido creadas por la misma compañía. Y no, no lo han sido.

La primera, La batalla de los ausentes, ha conseguido el beneplácito de la crítica formal e informal. Se encuentra alta en los rankings de la página de Tragycom y de la revista Godot, y tiene elogiosos post y tuits de los tuiteatreros.

Hay que decir que la invasión de Ucrania ordenada por Putin le ha venido como dios, la ha dotado de un sentido distinto. Y es que la estupidez, la tontería y la necesidad de la guerra viene a ser su tema. Motores de la ausencia y de los ausentes. Aquellos que ya no están, porque murieron en la batalla, y todos los que celebraron la victoria que, también, han desaparecido de las conmemoraciones. Hasta el enemigo se ausenta. Pues una vez ganada la guerra, ¿quién se acuerda de los que lucharon en el frente y de la batalla?

Ante a este ejercicio reivindicativo de la memoria de los que se la jugaron por la sociedad, a veces confundidos y alentados por los que mandan, se levanta Los despiertos. Obra que, a diferencia de la otra, parece menos profunda, más ligera, ya que sus protagonistas son tres simples barrenderos hablando de sus cosas y alimentando sus rencillas. Los roces del día a día de este grupo que se mantiene despierto mientras el resto del mundo duerme.

Ambas obras habladas en una especie de andaluz con cierto encallazamiento de la voz. A lo que se añade la repetición, como un claim, de algo que ya se ha dicho y que caracteriza al personaje. Repeticiones extemporáneas que por contraste con los que sucede o con lo que dice otro personaje mueven a risa. Tienen gracia.

Ambas también se parecen en su vestuario. En el sentido de que parecen ropas ajadas, sin glamour, usadas, viejas. Como compradas de saldo un domingo cualquiera en el rastro (Madrid). O encontradas en la basura, directamente.

Por si fuese poco parecerse en todo lo anterior, se añade una escenografía negra, negrísima, como corresponde a lo que se cuenta en ambas obras. Unos mínimos elementos escénicos que en La batalla de los ausentes son algo más y se ven como exceso.

Y para rematar se parecen hasta en su duración. Se trata de dos obras cortas. Exagerando, como harían los personajes de estas obras, y por tocar las narices, se podría decir que son como unos sainetes alargados. Un mediometraje, si se estuviese hablando de cine.

Por tanto, son obras muy similares. Sin embargo, producen experiencias muy distintas. La primera, La de la batalla, es un pasar, a pesar de la guerra actual, y poco más. La segunda, es un divertirse para ir más allá.

La diferencia seguramente está en los temas que tocan. La primera, con la guerra se pone estupenda. Salen de las bocas de los actores frases literariamente apreciables. Ese tipo de frases entre bonitas y hermosas que suele gustar mucho el público al que se le enseñó que el teatro es literatura y ahí se quedaron.

Una imagen de 'Los ausentes'.
Víctor Iglesias
Una imagen de 'Los ausentes'.

La segunda es mucho más contemporánea. Es decir, es mucho más consciente de que el teatro es un hecho escénico, que sucede encima de un escenario, y no solo un texto literariamente bueno al que se viste con actores, intenciones, vestuario, pertrechos y otros elementos.

Es esta diferencia la que probablemente hace que en el teatro La batalla de los ausentes se vea bien. La Zaranda lleva muchos años en esto y sabe vestir a sus santos, es decir, a sus textos creados a partir de la improvisación, la prueba y el error en la sala de ensayos. Pero que sea Los despiertos la que se disfrute.

Y, como se ha dicho, superficialmente son dos obras que no se diferencian tanto. Hasta podría parecer que José Troncoso con Los despiertos copia con mucho respeto y homenaje el método, las formas y las maneras de La Zaranda.

Un respeto que, como en la parábola bíblica de los talentos, le lleva a tratar de superar el original. A hacer fructificar lo recibido. Incluso a reírse de la misma propuesta. Como hace con el personaje de Grande, que es del norte, pues, y que no pierde el norte hablando, pero parece que lo hace en el mismo registro andaluz o del sur que los otros.

Y mientras, en la primera se habla de guerra, tratando de ridiculizarla a ella y a sus protagonistas, de mostrar los mecanismos de su inutilidad, ratificando una a una todas las ideas preconcebidas y comúnmente aceptadas, lo mala que es y, a la vez, la imposibilidad de los seres humanos de vivir sin un gran conflicto; la segunda, consigue que el grito de “¡haya paz, haya paz!”, que uno de sus personajes repite cada vez que los otros dos están a punto de pelearse, resuene con fuerza en la situación actual. Y eso que la vida laboral nocturna de los tres barrenderos es de lo más alejado que se ve en estos momentos en los telediarios, pues solo se barre y se habla cuando hay paz.

Pues eso, “¡haya paz, haya paz!”.